El blog de la señora Horton

Tormentas primaverales

Estoy convencida de que las explicaciones que da la ciencia sobre los acontecimientos más bellos y misteriosos de la naturaleza no destruyen ni su misterio ni su belleza. Una aurora boreal puede describirse con una  ecuación matemática o con un puñado de adjetivos. Una tormenta de primavera es lírica y épica, pero también es ocasión de lamentarse por no haber suscrito un seguro contra el granizo. Por muchos números que saquemos de la bolsa de la Física para explicarla, la primavera aún en este momento de calentamiento global, es un decorado celestial, un espectáculo de agua, luz y sonido proyectado en la pantalla suntuosa del firmamento.

 

Después del frío y la lluvia, mirando mi huerto en agraz, comprendí el sufrimiento de los vegetales que no pueden defenderse de las ventosidades de nuestra cabaña bovina, que, al parecer, es la verdadera causante de este estropicio meteorológico. Claro que, me dije, recuerdo que en mi infancia el tiempo se parecía mucho al de ahora...¿Será mentira lo que afirman los ecologistas al mando de ese merluzo americano que ha hecho sus américas acojonando a todo el mundo con una especie de apocalipsis inminente? En las anécdotas de la historia sagrada, siempre dios castigaba a los mas sinvergüenzas con grandes catástrofes naturales que padecían todos, los chorizos y los buenos. Y en esta época descreída ¿también?¿Es que no se le ocurre otra cosa, más que chinchar a mis lechugas a cuenta de los pedos de unas vacas? ¡Qué terrible injusticia, señor!

Pero vayamos a la lírica del asunto: durante estas frías y húmedas tardes, sólidos bancos de nubes ascienden encendidos por el horizonte azul casi en secreto; se aplastan luego, como por casualidad, contra nubes que, navegantes, bordeadas de oro, solo eran a medio día figuras para el ensueño. Después, a traición, masas nuevas, bajas, torpes, salpicadas de cuarzo, brotan de todos los lados y por fin ascienden unidas en un hongo tipo bomba atómica, repleto de agua como un estanque cenital: no queda en ese escenario ni un átomo de azul en lo alto y, abajo, lo que fue jardín o cordillera lejana, se vuelve oscuramente oro puro atrapado en un saco de carbón.

Como todo lo que atrae, el cielo tiene algo de bestial; jugar abrazando a un tigre no es menos peligroso que enfrentarse a esa iluminación rasgueante de la tormenta pues el terror más hondo es el que nace de la confrontación con los poderes del Universo. Nos emociona la gratuidad de esa belleza a la que damos una explicación miserable, el poder de esa silenciosa luz quebrada que se retuerce bajo las nubes de plomo, el inesperado viento que ha perdido sus facultades ventales, que locamente va en remolinos antipáticos, agresivos, como dentelladas, descomponiendo árboles, mareando flores, arrebatando para su cubil nuestras sábanas tendidas, nuestras pequeñeces interiores, todas frágiles, eróticas, volátiles.

En los fucilazos brutales de la tormenta viajan unos gramos de la verdad del mundo; con la violencia que se aleja, se aleja también un sentido. Los hombres somos complicados cálculos de la naturaleza y también lo son los animales; ya en la simplicidad de los vegetales tiembla algo muy verdadero, pero es en ese puñado de ira donde se oculta, pura, toda la fuerza del principio.

En resumen que escribo esto en nombre de mis guisantes y lechugas que, humildemente, solo pueden aguantarse ante tanta grandeza.

El plan B
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