Hieles y mieles

Un acoso agobiante

No voy a ponerme en plan derrotista y empezar a despotricar aquí en contra de los avances tecnológicos de los últimos cien años, que tanto enriquecen nuestras vidas. Todo lo contrario: pienso que me ha tocado vivir en la mejor época de la humanidad, en la que lo aparentemente increíble se ha convertido en cotidiano, con lo que hemos llegado a perder por completo la capacidad de asombro.

Allá, por los años 70, un ingeniero de telecomunicaciones me aseguró que, con el tiempo, llevaría cada persona su teléfono en el bolsillo. Yo no podía concebir entonces un teléfono que no tuviese un cable conectado y pensé con desprecio en la chorrada que acababa de decirme aquel majara: ¡aquello era imposible!

Hoy día, el teléfono es no sólo un teléfono, sino que nos aporta una gama (en mi opinión, infinita) de utilidades, ante las que ya nadie se asombra, porque cualquier cosa, por muy disparatada o misteriosa que nos parezca, podría ser real. Me digan lo que me digan, jamás pensaré que el informador está majara, como me ocurrió con el ingeniero. Mantendré una duda respetuosa y expectante, hasta que hable el tiempo.

Pero el objetivo de mi disertación no es este panegírico justo y merecido a las nuevas tecnologías, sino mi queja por los abusos a que dan pie.

Sí. Entre sus innumerables ventajas, se han colado también algunos inconvenientes que, sin duda alguna, resultan molestos.

Uno de ellos es el acoso pertinaz a que nos someten las compañías de electricidad, gas o telefonía: nos llaman obsesivamente, fingiendo generosidad y altruismo, para ofrecernos una reducción considerable de nuestras facturas actuales. Si les haces caso y cambias de empresa, tendrás al día siguiente las llamadas insistentes de la competencia, que te demostrarán que te estás dejando robar y te prometerán más descuentos todavía.

Si me pillan en un día de esos en que me levanto con el pie izquierdo, corto la comunicación de inmediato; pero, si me estoy de buen talante y quiero distraerme un rato, le doy cuerda para que me suelte su perorata y, una vez terminada, le argumento que lamento no poder cambiarme, porque disfruto muchísimo cuando me roban y no estoy dispuesto a verme privado de ese placer. Unos cuelgan de inmediato y otros, con mejor sentido del humor, me siguen la corriente, con lo que mantenemos una charla breve; pero amena.

Pero, lo mismo que, según el Catecismo, “contra estos siete vicios hay siete virtudes”, contra este del agobio telefónico tenemos la virtud del bloqueo. Vivo mucho más tranquilo, desde que, en la lista de contactos del móvil, tengo ya bastantes que, denominados como “Bloqueado” y su número correspondiente, tropiezan con esa muralla que les impide molestarme.

Y, por si esto fuera poco, he tenido que sufrir, además, el agobio de los acreedores.

¡Sí, querido lector! Hay una empresa de electricidad y gas que ha estado reclamándome durante años, por medio de un incansable gabinete de abogados, las importantes cantidades de 1’50€ y 7’50€, argumentando que tengo esas deudas pendientes y sin querer comprender mis argumentos para demostrar que es un fraude. Los abogados han llegado a amenazarme con pasar el asunto al juzgado, con lo que mi quebranto económico podría subir a más de 1.000 en costas; pero en más de tres años no le han dado curso.

Ni que decir tiene que, tanto la eléctrica como los abogados, están ya en el rebaño de los “bloqueados”; pero no descarto liberarlos algún día para entretenerme a su costa, porque cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas.

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