Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

Un alcarreño y el idioma universal: Francisco Fernández Iparraguirre

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Entre todas las personas que han habitado la ciudad de Guadalajara a lo largo de su historia, la figura de Francisco Fernández Iparraguirre es quizá la que mejor representa el ideal del sabio humanista que no solo domina simultáneamente varios campos de la ciencia, el arte o la literatura, sino que también es capaz de transmitir su conocimiento con entusiasmo a aquellos que le rodean. Conocido en la actualidad entre sus paisanos más por haber dado nombre al céntrico paseo de las Cruces que por sus aportaciones al mundo del saber, este arriacense nacido en 1852 consiguió, por méritos propios, ser uno de los intelectuales más destacados de su época, a pesar de su temprano fallecimiento, así como el hombre de referencia en todo lo que estuviera relacionado con el conocimiento en la ciudad en aquellos años, pues Fernández Iparraguirre, movido por su afecto a Guadalajara, prefirió quedarse en ella promoviendo su desarrollo cultural y social, antes que buscar mayor gloria en lugares en los que el reconocimiento a su excepcional labor hubiera sido más fácil de alcanzar.

Fernández Iparraguirre era hijo de farmacéutico. Tras superar el bachillerato en Guadalajara decidió seguir la tradición paterna y estudiar Farmacia en la Universidad de Madrid, donde obtuvo la licenciatura y el doctorado, que le permitieron ejercer la profesión, llegando a ser en 1885 Decano de los farmacéuticos de Guadalajara. De mente inquieta, comenzó desde muy joven a realizar investigaciones en los campos de la química y la botánica, publicando un estudio de la flora silvestre cercana a Guadalajara, y descubriendo en aquella investigación, una variedad de zarza, desconocida hasta entonces en el mundo científico, que denominó “zarza milagrosa”, y que le valió la medalla de bronce en la Exposición Provincial de Guadalajara en 1876.

Su vocación por el conocimiento le llevó también a formarse como profesor de primaria, de sordomudos y de ciegos, obteniendo la cátedra de profesor de Francés en el Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara, donde ejerció la docencia, a la vez que se encargaba de promocionar la vida cultural de la ciudad, siendo uno de los fundadores del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara, cuya revista permitió la publicación de interesantes trabajos sobre el arte, la cultura y la historia arriacenses.

El Ateneo arriacense, que marcó un hito en la evolución cultural de la capital alcarreña, se enmarca dentro de la llamada Primera Restauración, momento en el que la clase intelectual española trató de promover iniciativas para mejorar el nivel intelectual del país, al margen de toda connotación política o religiosa, y que hizo florecer interesantes iniciativas en varias provincias como la nuestra. En el caso de Guadalajara la institución nació de la mano de Fernández Iparraguirre y otros notables arriacenses, como Blas Hernández Santamaría, Juan Antonio Reyes, Román Atienza, Miguel Mayoral o Tomás Escariche, con la finalidad de promover la cultura y el progreso de Guadalajara, para que “los jóvenes se acostumbren a manifestar sus conocimientos con la facilidad debida”, y “los encanecidos en la ciencia no caigan en profundo adormecimiento propio de estas pequeñas localidades donde se carece de círculos literarios en los cuales las inteligencias, con el mutuo y frecuente trato, se fortalecen y avivan”

Esta inquietud científica y cultural de la que hizo gala le granjeó un sincero reconocimiento social, no solo en Guadalajara, sino por toda España, como demuestra el hecho de que llegara a ser presidente y socio honorario del Ateneo de la Habana, del Club Filológico Matritense, miembro de la Asociación de Escritores y Artistas de Madrid, de la Asociación Fonética de Profesores de Lenguas Vivas de París, o vicepresidente en el Congreso Internacional Farmacéutico de Bruselas de 1885 en representación de los farmacéuticos españoles, por poner solo unos ejemplos.

Pero quizá donde más destacó su labor fue en el campo lingüístico, cuyos secretos le apasionaban. Además de escribir varios libros sobre la materia, fue el mayor promotor en España de la primera lengua universal, llamada “volapük”. Este idioma fue inventado en 1879 por un sacerdote alemán llamado Johann Martin, quien pretendía crear una lengua que sirviera para comunicar a personas de todo el mundo, al estilo de lo que habían sido el latín y el griego en la Antigüedad, o lo es el inglés actualmente, pero con la característica original de ser un idioma creado desde cero, evitando así connotaciones nacionalistas.

El volapük fue bien acogido inicialmente, llegando a contar con unos cien mil hablantes, especialmente en Europa y conociendo un rápido desarrollo, pues apenas un año después de su fundación ya se publicó el primer libro escrito en este idioma, y en 1884 se convocó el primer congreso de la lengua en Alemania. Sin embargo, su evidente complejidad, derivada de la influencia germánica en su concepción, unida a las disensiones entre sus hablantes y a la aparición de un nuevo idioma universal más sencillo, como era el esperanto, causaron el declive del volapük, a pesar de que en 1887 se creara la Academia Internacional de esta lengua, con participación de nuestro insigne alcarreño, y cuya finalidad era regular la evolución del mismo, al estilo de lo que hace la R.A.E. con el castellano. A pesar de haber quedado reducida a una mínima expresión de lo que podría haber sido, en los años 20 del siglo XX, los escasos hablantes que todavía quedaban del volapük trataron de recuperarla simplificando la gramática y modernizando aspectos importantes de la misma, consiguiendo un efímero resurgimiento en Alemania y Holanda, que fue aplastado por el nazismo, provocando que en la actualidad sea una lengua completamente muerta.

Fernández Iparraguirre, con el entusiasmo y el optimismo propio de los intelectuales decimonónicos, abrazó esta idea de promover un idioma universal, movido por el deseo de crear un vehículo lingüístico que superara las barreras que las lenguas tradicionales imponían al comercio y la ciencia, en un momento de la historia de la humanidad en el que la máquina de vapor había permitido construir nuevos medios de transporte que acercaban como nunca antes a las distintas regiones del mundo y en el que cada país europeo pugnaba por liderar los avances de un mundo científico en plena ebullición. Movido por esa inquietud intelectual que demostró a lo largo de su vida, Fernández Iparraguirre empezó a dar lecciones para enseñar el volapük en España, escribiendo una interesante “Gramática para aprender el volapük”, publicada en 1886, así como un diccionario castellano-volapük. Su actividad no quedó ahí, pues el entusiasmo del humanista arriacense consiguió situar a Guadalajara como la capital del volapük en España, utilizando la Revista del Ateneo Caracense como vehículo para publicar artículos en este idioma. Tal fue el éxito de estos escritos, que en 1887 la revista pasó a llamarse “Ateneo Caracense y Centro Volapükista Español”, comenzando el ilustre farmacéutico a dar concurridas conferencias en la ciudad, y a intercambiar afanosamente correspondencia con todo el mundo, escrita, por supuesto, en este idioma. También editó otra revista, ésta de manera independiente, llamada simplemente “volapük”.

Fernández Iparraguirre falleció con solo 47 años, en 1889, apenas unos meses después de haber pedido el traslado a Cádiz, posiblemente porque su maltrecha salud le recomendaba buscar un clima más benigno, tras lo cual el ayuntamiento de Guadalajara, en agradecimiento por su incansable labor docente, cultural e investigadora, puso su nombre al bulevar más importante de la ciudad. Lamentablemente, la ausencia de su entusiasmo provocó que gran parte del entramado cultural que creó en la ciudad cayera pronto en declive, y posteriormente en el olvido. Sirvan estas líneas para recordar a una de las personas que más han contribuido a dar esplendor a la cultura de Guadalajara a lo largo de su historia.

La España vacía
ETA GRAPO CARRERO BLANCO