Apuntes de un becario

Una década del desastre

Han pasado ya 10 años desde que,  el 16 de julio de 2005, se desatase un auténtico infierno en el corazón de la provincia de Guadalajara.  Fueron seis días de llamas que finalizaron con 13.000 hectáreas calcinadas y 11 muertos en escena. Uno de ellos, muy cercano a mí: era mi hermano. Imagínense cómo lo vivimos en mi familia. ¡Horrible! Incertidumbre, nervios…. y finalmente, pensar. Un profundo pesar que persiste a día de hoy, y que continuará durante mucho tiempo. 

 Desde aquel momento mucho se ha escrito y se ha dicho sobre este suceso. Incluso los tribunales han intervenido, haciendo una investigación concienzuda. Sin embargo, me pregunto: ¿para qué sirvió la tragedia? En todo este tiempo, ¿qué medidas se han tomado para evitar los incendios que, año tras año, asolan nuestro país?

En el caso de Guadalajara, una vez extinguido el fuego, es verdad que el gobierno de José María Barreda intentó enmendar lo ocurrido, con mejoras laborales y más medios técnicos y humanos para los retenes. Pero todo esto llegó tarde. Además, fueron decisiones insuficientes, ya que el medio rural y natural necesita una política mucho más amplia y a largo plazo si se quieren evitar situaciones como la de 2005.

 Siempre se ha dicho aquel tópico de que los incendios se apagan en invierno. Una aseveración que, a pesar de todo, es real, y que para que se cumpla se necesita un gran compromiso gubernamental y bastante inversión. Mucho dinero con el fin de que las personas que habitan en los pueblos no los abandonen. Porque son ellos, y no otros, los que conocen el entorno como la palma de su mano. Y son ellos los que diariamente se tienen que enfrentar a él, bien sea a través de la ganadería y la agricultura, o mediante otro tipo de actividades. Son los que, en definitiva, mantienen los bosques vivos.

Y para que estos ciudadanos tengan la posibilidad de vivir en sus localidades requieren servicios de calidad. Algo que, desgraciadamente, el último gobierno regional, el de Cospedal, pareció no entender. El cierre de las urgencias y de las escuelas rurales, el abandono de los transportes públicos y, en definitiva, la falta de estímulos económicos, ha provocado que habitar en estos lugares sea prácticamente imposible.

Por ello, después de medidas como las de Cospedal es de mal gusto ponerse medallas u otorgar indemnizaciones a los familiares del incendio del 2005, como hizo el ejecutivo conservador no hace mucho. Máxime cuando, además, desde el gobierno regional del PP aprovecharon para  hacer un ERE que dejó en cuadro a GEACAM, el organismo responsable de coordinar la extinción de los incendios.  Eso, a pesar de que los fallecidos de 2005 fueron la justificación electoral de los populares durante años.

Sin embargo, ahora hay nuevos gestores en Fuensalida. Y parece que han comenzado con buen pie, devolviendo las escuelas a los pueblos más pequeños, aquellos que cuenten con un mínimo de cuatro alumnos en edad de escolarización. Pero si García Paje y los suyos no quieren pecar de oportunistas y cortoplacistas, deben apostar por un plan ambicioso, que extienda el Estado de Bienestar al medio rural, para que sus vecinos puedan permanecer en él. Todo ello, además, sin dejar de lado una política ambiental seria y que, verdaderamente,  apueste por una conservación de la naturaleza. Si queremos que se eviten situaciones como las de julio de 2005, sobran titulares y falta compromiso. ¡Por nuestros héroes!

PD: No quiero terminar sin mencionar que todas estas medidas deben ir acompañadas de mayor control hacia la actividad agrícola y ganadera. A lo largo del año, son muchos los fuegos generados por cosechadoras o descuidos de los profesionales del campo. Por ello, y para evitar estas situaciones, las instituciones públicas deben financiar la compra de maquinaria moderna, capaz de evitar este tipo de sucesos, así como perseguir aquellas negligencias que acaben en incendios.

Gobernar para la minoría
Revivir el infierno