Un zángano en el palmeral

VACACIONES

Este año, como cada verano, se quema todo. La economía se ha prendido hace tiempo, arden las plazas de empleo, las empresas son un horno improductivo y huele a chamusquina en el entramado bancario y la política, mientras la sociedad entera, de un modo o de otro, echa leña al fuego. Somos pirómanos y queremos ser bomberos. Nos quejamos de las llamas pero no nos importa arrojar colillas encendidas a la espesura. Sin embargo, más allá de la metáfora, se calcinan los bosques… En busca de algunas de esas aves migratorias que hacen su agosto en las lagunas del país, en terreno de dunas y pinos, la pregunta es: ¿cómo es posible que resista la vegetación de la zona en vez de perecer achicharrada como tantos otros parajes en su momento fulminados, casi siempre, por obra y gracia del ser humano? ¿La respuesta? Porque no interesa, de momento. Porque no interesa o la fortuna los guarda del imprudente o del temerario. Ocurre en las carreteras, es muy común. Si todos los disparates que se ven a la vez que se circula por tanta vía asfaltada ocurrieran, el número de muertos y heridos sería apabullante. De modo que, mucha suerte… No lejos un convoy de dos niños de muy corta edad y un adulto circulan en bicicleta. Es un paraje cercano a la playa por el que están transitando constantemente los autos. Una carretera llena de sinuosidades. Los pequeños van a su aire, como si pedalearan en un circuito privado. Un coche se acerca peligrosamente. Seguramente quien esté al volante, ante la perspectiva cierta, no por su culpa, de haberse llevado por delante a uno de los niños, tendrá que visitar a su cardiólogo en las próximas fechas. El supuesto responsable de los críos, luego de sancionar sonoramente al pequeño, continúa su rumbo si mayor precaución: lo dicho, cuando la razón no es suficiente, cuando el sentido común es inútil, solo el miedo, la sangre derramada, la que queda contenida en tantas ocasiones porque la suerte es así de generosa, hace reflexionar a quien corresponda. Como no hubo tal, a tentar a la vida… Mas, que nadie se inquiete. Cerca, el mar. Gente que se acuesta sobre la arena, ociosos que se sirven de su propio mobiliario y bañistas. El Mediterráneo está tranquilo, bronco hace unos días. A lo lejos la isla de Tabarca. Siempre me parece la de un submarino que emerge su silueta. Santa Pola a la izquierda, Guardamar a la derecha y, cerca de la orilla, como es habitual, mierda, desperdicios humanos de todo tipo. ¿Lo merece la mar? ¿Merecen los bosques su abandono y la inmundicia que depositan en ellos los que acampan o transitan por ellos? No, creo que no. Claro que no. En fin, luego como luciérnagas que flotan en su sitio, brillará la fluorescencia de las puntas de las cañas de los pescadores nocturnos, pero ahora, porque vine acompañado de ella, surge una sirena del viejo mar. Me importa disfrutar de ella. Perdonen si les ignoro hasta la próxima ocurrencia.

Dimitir de ciudadano
Y Cañete en los toros…