Un zángano en el palmeral

VACACIONES: ADIÓS AGOSTO

Me gusta el olor de los melocotones. Lo constato al pasar al lado de la frutería donde, en otras ocasiones, compré cerezas. A la vez- o acto seguido- pienso en los detalles de una actividad literaria que practiqué hace tiempo. Se trataba de un material lúdico que recibía como parte de las iniciativas correspondientes al taller literario por el que opté para contrastar con terceros mis, por esas fechas, incipientes habilidades… Quizás eso no haya cambiado mucho…

En fin. Consistía en redactar algo de manera casi automática. Me gusta, no me gusta. Pero sin meditarlo, conforme a lo primero que viniera a la memoria. Prefiero, sin embargo, inventar, concebir algo nuevo. Camino y repito la primera frase. Me gusta el olor de los melocotones. Puede resultar un mantra. Busco, en el eco del original, un resquicio. Y lo encuentro. El olor de los melocotones es el aroma de alguna mujer. Su presencia fue advertida por mí al ser usuario de un ascensor. Lo suficiente como para desear que el rastro no se perdiera al salir a la calle. Y en el trayecto hasta la frutería, pocos ciudadanos porque fueron fiestas y es costumbre que marchen a sus casas de verano una vez finalizan las mismas, simplemente distancia… Así pues, el olor de los melocotones es una mujer lejana, inalcanzable, tal vez admiradora del sol en una playa, tumbada sobre las arenas que, como recuerdo, son alfombrilla que pisé antes de iniciar mis inmersiones   veraniegas, como bien saben quienes leen mis elucubraciones, atentos a la nadadora de gafas negras que mencionaré más tarde... Si es como me he prometido y han izado la bandera amarilla, permanezco en una butaca a la sombra, en la terraza del hostal. Son paños, junto con el de brillos encarnados a las que tengo muchísimo respeto. Cuando ondean- no sé todavía cual es la razón que se aduce, por ejemplo al izarse la bandera verde, para evitar toda ceremonia e interpretación del himno del baño estival por parte de los socorristas- cuando ondean, yo firme, quieto en tierra. Apurado como un marinero asustadizo, desde luego, pero a salvo del oleaje y las corrientes. Y, si la descolorida enseña “amanzanada” de este paraje conocido como El PINÉT, avisa de lo apacible de la mañana- cierto que, cuando los encargados del rescate del merluzo o la merluza, llegan, la parroquia tuesta sus mimbres en número tal que pareciera reunión de forofos alrededor de una fuente pública- habré empapado mi humanidad, seguramente para tumbarme flotando en un charco espiritual. Es relajadísimo mirar la bóveda celeste. Sin peso. Pensando en Armstrong, el astronauta que pisó la luna, recientemente fallecido, no el ciclista en vías de “defenestración”... ¿Será así la ausencia de gravedad? Pero acabo de escuchar que las ranas son arrastradas mar adentró y mi proyecto sapo se estremece. Mejor volcarse, morder la sal y toser hasta la orilla. Una vez a salvo, en vez de la media tostada con aceite y queso manchego, un melocotón. Me lo sirve la sirena.

Vendrán los días de restaurarse con oficio, de facilitar un alfabeto de opinión tal y como el que se espera: recortes, manifestaciones, huelgas, juicios, detenciones, comicios, trincheras, sensibilidades paradójicamente irreconciliables, nuevas tecnologías para la necedad, versos del amor cursi, izquierdas, derechas, sentencias, crímenes, gente y gentuza. El mal mucho más cerca de lo que creemos. En nuestro rostro. Como el bien. Al fin, somos sólo caras de una misma moneda: el euro.

EL AMIGO DE MI HERMANA
Dimitir de ciudadano