Un zángano en el palmeral

VEINTE AÑOS DESPUÉS

El cielo de los cuentos es un sube y baja de enseñas, un árbol de paños al aire para gobernar la proa de las emociones por entre nubes y mareas. Como si habláramos de la imaginación... Pero qué sería del cielo sin el suelo. El suelo de piedra, las columnas, los leones, la fantasía de la fortaleza, la arquitectura desde la que se convoca a tantos y a los que acoge.


El suelo para la ceremonia de la palabra, para la fiesta de la oralidad... que podría suceder igual en una cumbre o en el desierto más inhóspito, pero, cuando toca recibir a propios y extraños con el único requisito de ocupar un asiento, o permanecer de pie, mientras el silencio de todos es manifestación de escucha y reconocimiento a la generosidad de los presentes sobre el singular altillo, que la casa más hermosa, sin duda el corazón de la comunidad, constituya un palacio de maravilla. Un palacio que es el Palacio, el Palacio del Infantado de Guadalajara. Quienes hayan desalojado su plaza en el zaguán del mismo durante unos momentos, disfrutando con los que resisten las acometidas del cansancio y el sueño, para estirar las piernas por ejemplo, salvando las escalinatas que permiten llegar al patio, saben lo que digo. Porque, como afirmé, bastan dos: uno que hable y otro que atienda al verbo magnífico que enumera mundos, describe personajes y despierta, a través de la imaginación, una realidad que no puede ser despreciada. Basta y, sin embargo, suma. Suma sensibilidad y belleza disponer tanto bueno en el mismo centro de lo mejor. Por eso quería hablar del suelo, del recinto donde las consecuencias del sortilegio refutan la desgana, sustituyen el aburrimiento y potencian la alegría. La casa, lo diré de nuevo, que, durante cuarenta y seis horas, sin interrupción, no tiene dueño porque pertenece a todos. Hay otros lugares, en Guadalajara, otros apreciadísimos monumentos, otros escenarios. Pero, nada de lo que sucede sería lo mismo sin esta gran ventana a las estrellas a las que se puede llegar incluso sin verlas.

Todo lo dicho es pálpito y sustancia del Maratón desde hace veinte años. No siempre, por diversas circunstancias, materia que haya dispuesto de ese suelo como carcasa magnífica y, no obstante, vivencia que difícilmente puede desligarse de la legendaria edificación concluida a finales del siglo XV. Allí estuve ahora, en 2011. Reí, me emocioné, tuve tiempo para reflexionar repartí abrazos e incluso tuve el honor de apreciar la versión gráfica de la primera narración que ofrecí antes de las primeras luces del sábado, gracias a la joven pluma de uno de los muchachos intervinientes en el Maratón de Ilustradores. Ya se sabe que libreros, músicos, fotógrafos y otros artistas y animadores, contribuyen a la fiesta con lo que saben hacer y todos lo hacen satisfechos de la experiencia. Este año hubo novedades de las que no haré crónica como declino hacerlo de cada una de las horas de cuentos en el palacio y de todos los otros lugares donde se ofreció el lujo de muchas lenguas al servicio de lo más hermoso de la humanidad. Soy de inclinaciones nocturnas y a esas instancias, entre la hora bruja y los primeros soles, me debo. Por eso, porque la plenitud física es condición que dejé atrás, y necesito mediar descanso entre atracón y atracón, entre sentada y sentada, me excuso a mí mismo y evito hacer acto de presencia cuando la dulzaina del romance y la fábula- nada que ver con aquel aflautado secuestrador de niños de Hamellin- llama a la fiesta por calles y recintos de antaño.

El Maratón de los Cuentos de Guadalajara, pues, está más vivo que nuca, tras veinte años de vida y muchos somos los que sin prisas, pero con muchas ganas, esperaremos a la próxima cita. Dispuestos a continuar nuestras rutinas atentos a lo cotidiano como fundamento de lo inesperado. Vivir lo que tenga que venir y de mil amores: pudiera dar lugar a una página de la historia que, de ser, en verdad pertenecería al bien común. Dirán los que tengan más datos y puedan hacer un juicio general, cuál es el resumen pormenorizado de todo lo que sucedió. Y lo dirán con acierto, seguro. Yo tengo mi “pin”, regreso a Elche con alegría y sólo contaré una cosa más... Después de la hora de los Cuentos Mínimos, eléctrica y divertida como siempre, quise permanecer aún un rato y distraerme hasta que llegara la hora de preparar el hatillo y volver a Ílice. Levanté mis posaderas de la escalinata a la que ya hice alusión y reposé sobre una de los asientos de plástico que son patio de butacas allí, por estar algo más cómodo... y me sobrevino el sueño. Al rato, una compañera narradora- decir compañera tal vez es estimar mucho porque ella es una gran profesional y yo tan sólo un aficionado- que se llama Charo Jaular*, zamorana de origen, con varios y muy dulces besos, me despertó. Fue el broche final, delicioso, a unos días inolvidables.

Con todo y veinte años, los cuentos no se terminan.


(*) Charo Jaular:
http://www.charojaular.com/charo.htm



SOLSTICIO DE SOL CRECIENTE Y MÁS SOLES
QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA