El blog de la señora Horton

Viaje otoñal

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La mayoría de los maridos, igual que la mayoría de los antiguos grandes señores, guardan el mal humor para dentro de casa; la mayoría de los maridos dejan el mal humor junto a la corbata, y, ya en camiseta, o sea, en estado puro, se meten en el coche para ir a comer cordero el fin de semana. Las esposas, en el asiento de la muerte, ensoñadoramente miran el paisaje tras los cristales, porque tras los cristales del coche el otoño es siempre una bendición, ya que el naranja, el oro viejo, los beiges y los púrpuras son colores cálidos como te enseñan en los fascículos de pintura, mientras que el azul, el malva y sus respectivas gamas son colores crueles, colores de madrugada ciudadana, colores que incitan a la tiritona y al cabreo. Tras estas pequeñas excursiones matrimoniales de fin de semana hay una cucharada de medicina anabolizante y, a pesar del restaurante atestado y a pesar de que los monumentos transcurren por el rabillo del ojo, el alma atraviesa por esa ducha de luz que es un viaje otoñal.

 

Que el viajero «no tiene ánimo para el arpa ni para la distribución de sortijas», ni siquiera para el bullicio de un comedor lleno de aromas camales y con la televisión reinando en las alturas, indica que lo que el viajero persigue es la misma mañana nítida que ha dejado ante la ventana domiciliaria, pero avistada desde el exterior a su vida, pues ya sabemos que las estructuras (y las mañanas) no se advierten más que cuando se miran desde fuera.

"Las viejas señoras de Madrid" —dejó escrito uno de mis tatarabuelos en un diario emocionante—"se acercan los sábados hasta la cuesta de Santo Domingo, antes llamada puerta de Balnadú, a ver si tienen  la suerte de que las ilumine la luz  del septentrión». Las mujeres siempre vamos tras lo inédito, tras la novedad, y sabemos que la novedad no es más que otra forma de iluminación. Visto desde el pequeño viaje de fin de semana, los otros, los grandes viajeros, se convierten en nuestros mentores espirituales: Ulises, Polo, Chateaubriand, Conrad, Chatwin. ..

Por cierto que la aventura de Ulises ha tenido dos escribientes y dos trayectos, uno de ellos aún menos interesante (y que me perdonen los amantes de Joyce pero soy de los que creen que está sobrevalorado) y extenso que nuestra excursión de domingo. Un viaje, puede ser una larga e inquietante carrera que dure toda la vida o el desconcierto de la salida del portal. Un botón de muestra: Chatwin cuenta que cuando llegó a Buenos Aires le bastó con leer la guía telefónica, pues entre el cosmopolitismo de sus apellidos se hallaba escrita una historia de exilio, ansiedad y desilusión, y pudo prescindir de ir más lejos en su conocimiento. Sospechó inmediatamente que en una ciudad como aquella harían negocio los siquiatras y cerrando el maletín se volvió a Birmingham. Hay territorios a los que —no sin nostalgia— renunciamos, como hay poetas que renuncian —no sin nostalgia— a la lírica.

Y luego está la melancolía del regreso. Atardece velozmente por los espejos retrovisores; a las espaldas nos cae un gris plano, la noche adelanta sus harapos y, al frente, la carretera inicia el azuleo del frío. En el horizonte,  Saturno introduce de nuevo los morados más rabiosos. Ya dije que esas gamas inducen al cabreo, es decir que a esas horas sobre la caravana flota la cercanía del mal humor, o sea, la presencia ya no tan lejana de la corbata.

 

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