Confieso que he tenido un virus. Confieso también que suelo reírme de ese latiguillo nacional (y supongo que mundial) de que todo se debe a un virus. Siempre hay por ahí un virus raro que acaba de aparecer haciendo de las suyas y fastidiándote a base de fiebre y dolor de tripa. A mí se me apareció el otro día en una albóndiga mortal.

 

Estos organismos ultramicroscópicos, individuos empeñados en vivir a nuestra costa se enzarzan en querellas que a veces la sabia instancia divina tiene que dirimir, pues los médicos, en cuanto a virus, están pez del todo.

La ciencia ha ido desenmascarando a estas menudencias coléricas, las aísla, las hace crecer en chocolate, en suero, en agar, las tiñe de bellos colores  para resaltar bien sus complicadas anatomías y así ver por donde les mete mano. Tras colocarlas ante los ojos grandes de las lentes decide de qué manera puede darles el garrotazo final. Y así prácticamente siempre, estas menudencias imputadas acaban siendo juzgadas y condenadas.

Hubo antaño un tiempo en el que los médicos se ganaban el pan con el sudor de su frente. Tengo por ahí un libro llamado Tratado de las Fiebres, de un médico judío llamado Ishad al-Israelí , nacido en Egipto allá por la mitad del siglo noveno, que fue sabio y famoso, ocultista y aristócrata.

Estos médicos antiguos ignoraban la resonancia magnética pero te miraban a los ojos con compasión y, si salías airoso del trance, hasta te prestaban dos duros para ir tirando. Sus problemas eran del tipo de si era justo curarte en sábado o preferible que la palmaras.

Aquella medicina era, como todo entonces, pura metafísica, por eso te mataba muy elegantemente; en el libro de las fiebres al que aludo y que heredé de mi anciana madre francesa, se dicen cosas hermosas como que hay una fiebre efímera por trabajos del alma, por exceso de cuidado y tristeza o por pesar o por leer o por enojo del corazón. Esta última es fiebre banal, pero no se preocupen que hay otra, la de la podredumbre, infinitamente peor.

Los remedios eran por el estilo, hermosos y mortales. Lo más indicado eran las naranjas y los nísperos, pero también los baños de violetas en las manos, las gárgaras de agua de cebada torrada con mijo y otras fantasías. Y cuando uno se pone pero que muy mal, se acude a la sangría que te remata en un pispas. Pero, añade "si los miembros fueren fríos o secos, no se les haga cura alguna, que es señal de muerte"... ¡Anda ya!

Los médicos antiguos trataban al enfermo como a un hombre y los actuales como una cosa. Los médicos antiguos te mataban por ignorancia supina y los de ahora por negligencia o por recortes.

De los personajes de esta farsa tan repetida solo los virus y la ciencia siguen en los suyo: los dos adelantan que es una barbaridad, los primeros disfrazándose de otro para disimular y la segunda trabajando sin descanso para ser cada día más espabilada.

El papel de Dios es el más complicado pues ha de atender a dos bandas; proporcionar alimento al nuevo individuo microbiano y escuchar las oraciones de la víctima.

Ni que decir tiene que he dejado de pedirle salud al cielo, una vez que me he dado cuenta de que no se puede contentar a todos. El cielo lo tiene difícil, aún no se ha enterado de que lo más inteligente es elegir al enemigo.