El blog de la señora Horton

Vivir son exactamente tres días

Anoche, en el instante en el que el sueño se me espantaba ante una irreparable pesadumbre enigmática, evoqué un cuadrilátero de cierta clase de luz en determinada calle del pasado, lo que me trajo la idea de la muerte, por lo que decidí escribir con urgencia un relato que podría titularse "Construcción de una casa", compuesto por tres capítulos que se indicarían con las palabras "un día" (primer capítulo), "otro día" (el segundo) y "otro día" (el tercero). Sosegada por esta decisión completamente absurda, pude conciliar el sueño.
Ahora que pienso en ello se me ocurre  que es errónea esta sencilla taxonomía, pues el tiempo, sobre todo el pasado, desestima esos perfiles de las veinticuatro horas. El primer día, correspondiente a la infancia, se me antoja que duró una eternidad mágica y, por lo que acierto a desentrañar fui entonces otra persona infinitamente mejor que la de ahora, persona que actualmente se encuentra en paradero desconocido.

El segundo aún significa algo profundo y personal porque creo que durante él conversé sobre cosas que desconocía por completo (Dios, el origen, el sentido de la vida, la ciencia, el final) con otro interlocutor también absolutamente desinformado. Durante ese día casi completamente oral, inventé toda la argumentación que sostiene este día tercero en el que me encuentro, y me di las razones de por qué son preferibles unas cosas a otras; dibujé un paisaje presidido por la piedad del pensamiento -eliminando los restos de una infancia fulgurante y cruel- y, sometiéndome a la tortura de estrechar mi inmenso yo, empecé a dar cabida a los otros. O sea, me enamoré y pude apreciar con detenimiento al otro y otorgarle mi misma estatura. Creo que ese fue el día de la adolescencia.

Los resúmenes se acumulan en el día tercero. Desde "todo es gratuito, este jardín, esta ciudad, yo misma", desde "el mundo se asemeja de un día a otro" y desde "todo lo que existe nace sin razón, de prolonga por debilidad y muerte por casualidad", se llega a que el tiempo transcurrido es conciencia de la contingencia de nuestro origen, ya que la conciencia del futuro es conciencia de la muerte: total que me encuentro donde estaba anoche cuando me sorprendió la imagen de un rectángulo de determinada luz sobre cierta calle del pasado.

La muerte, oigan. Ese deslenguado tipo rumano que escribía en francés, llamado Ciorán ha dicho cosas muy justas sobre ella.  La muerte: ese jodido trance, con perdón, que nos espera, nos coloca a veces en la cúspide de la indignación y otras veces en la sima de la desesperación. Pero como cúspides y simas son lugares escasamente habitables, salimos pronto de uno u otra hacia las planicies del hastío y el escepticismo. Y ahí encontramos a Ciorán asegurando que admiraba a los que tenían el corazón suficiente para verter lágrimas al contemplar su propia tumba, porque a él la vida le había llevado a un estado de ánimo tal, que solo tiraría colillas en ella.

Podía, pues aún no se había promulgado la Ley Mundial Antitabaco; pero si hubiera llegado a conocer a la Merkel, a Zapatero y al señor Rajoy, le hubiera costado llegar a la planicie del hastío. Habría comprendido que pueden llegar a ser habitables las cúspides de la indignación y las simas de la desesperación.  Y se hubiera sorprendido de la muchedumbre que dormita debajo de sus puentes.                

El enemigo en casa
Que no te lo cuenten