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Ya estamos acostumbrados a escuchar que todo lo que huele a público es caro. Los servicios públicos son caros, la sanidad pública es cara, la educación pública es cara, el sistema de pensiones sale caro, los salarios de los trabajadores son muy altos, las prestaciones y subsidios a los parados salen muy caros, mantener los liberados de los sindicatos es muy caro, contratar es caro, la seguridad en las empresas es cara, el IVA es muy caro, la investigación es cara, los referéndums son caros,  el tratamiento contra la hepatitis C es caro… todo es tan caro que en España, dicen, pagamos demasiados impuestos para mantener lo público. Que pagamos más impuestos que en Europa, dicen sin vergüenza. Y lo dicen los antisistema, los que se cargarían todo eso para no aportar ni un euro al erario público, para reducir al mínimo los impuestos y añadir a sus ingresos lo que ahora pagan de mala gana. Y lo dicen los antisistema que eluden de mil maneras sus obligaciones con la sociedad y se llevan del país su dinero porque, dicen, es muy caro tenerlo aquí.

 

Lo lanzan a través de sus medios de difusión y poco a poco todas las capas de la sociedad lo absorben, lo asumen y lo admiten como una verdad verdadera. Hasta el punto de que, al final, es el pueblo llano quien defiende a capa y espada lo que han oído en la tele. Es el primer paso para desprestigiar lo público y, después, cargárselo.

Ahora le ha tocado a la Democracia. Que es cara, dicen. Y lo dicen todos. Empezaron los antisistema, como siempre, pero ahora ya es todo el espectro político y la mayor parte de la sociedad la que dice que gastamos mucho dinero en votaciones. Hombre, depende de con qué lo compares. Con Franco, por ejemplo, gastábamos menos en Democracia, pero aquello a la larga salía más caro.

Porque, ¿qué significa caro? Todos tenemos experiencias que certifican que, a veces, lo barato sale caro y viceversa. Cuántas veces nos hemos equivocado por fijarnos más en el precio que en la calidad de lo que compramos.

Pues creo que ahí está la clave, en la relación calidad-precio, en el equilibrio entre lo que pagas y lo que consigues con ello.

La sanidad pública, por ejemplo, cuesta mucho dinero, sí, pero salva vidas y mejora la salud de la población, ¿cuánto vale eso? La educación es cara, pero más lo es la ignorancia. Y así todo…

Incluso la Democracia: cuesta dinero, sí, pero la alternativa es mucho peor.

Ya Cospedal redujo los diputados regionales y sus asignaciones basándose en el ahorro, cuando lo que buscaba era una posición de ventaja de los partidos mayoritarios (que luego le salió mal). No es caro que haya muchos diputados, lo caro es que lo que hagan valga menos de lo que se les paga.

¿Por qué esta fiebre actual de abaratar las campañas electorales? Por varias razones. La primera es un paso más hacia el desprestigio de la Democracia por parte de los que les estorban las leyes, los políticos y la participación ciudadana.

La segunda es el sentimiento de engaño de los políticos de esta breve legislatura que no han sido capaces de interpretar lo que dijeron las urnas y se han dado cuenta de la escasa eficiencia del gasto de la campaña electoral anterior. No es que sea caro votar. Ha salido caro porque aquel gasto no ha valido para nada.

Y la tercera es porque es verdad que es caro. Sí, es caro el despilfarro de algunos partidos que, como tiran con pólvora ajena, les da igual gastar lo que sea, incluso hacer trampas con tal de ganar votos. Con eso sí hay que acabar, pero ¡ojo! No es lo mismo derroche que gasto. No puede ser que la idea que quede en el ambiente después de todo esto sea que la Democracia es cara. No puede ser que, en aras del ahorro, dejemos de enviar papeletas a las casas, complicándole las cosas a la mayoría de la gente que las utiliza en su votación. No puede ser que, para luchar contra el despilfarro, despoliticemos más aún los mensajes políticos, devaluemos la campaña, con el peligro de ahondar en el “todos son iguales” que también defienden los antisistema

Hay muchas cosas que reformar en nuestro sistema electoral y ésta no me parece la más urgente. No vaya a ser que con estos argumentos espantemos a la gente hacia la abstención, que beneficiaría a los de siempre, a los verdaderos antisistema.