Apuntes de un becario

Yo soy populista

En los últimos meses se está empleando mucho el concepto “populismo”. Todo el mundo lo utiliza. Pero, en realidad, ¿se sabe su verdadero significado? Se trata  de una idea que surge de la mano de los autores marxistas del siglo XIX y que, a lo largo de las últimas décadas, ha sufrido  varias relecturas. Vamos, que ha evolucionado, como diría mi amigo José Manuel Rivas, politólogo, abogado, latinoamericanista y experto en liderazgos.

A mí, personalmente, la definición que más me gusta es la realizada por el argentino Ernesto Laclau, que señala que el populismo es una manera de hacer política basada en la construcción de una identidad colectiva y que, normalmente, coincide con las crisis del sistema, como la que estamos viviendo actualmente. De hecho, lo populista se constituiría como una generación identitaria que enraizaría en las “lógicas equivalenciales” (que sirven para aglutinar y unir al grupo) y en las “lógicas diferenciales” respecto a lo establecido, que son, quizá, las más vistosas. En España, por ejemplo, se han condensado en la lucha contra la corrupción y los desahucios, o en las batallas para acabar con los recortes en educación, sanidad, servicios sociales…

En este sentido, el autor argentino, Laclau, no defiende sistemas cerrados o dictatoriales, como el comunista. Todo lo contrario. Indica que el aspecto fundamental del populismo es el antagonismo y la lucha por la hegemonía. En definitiva, dicha realidad se basaría en un debate democrático que quien lo ganase conseguiría que sus valores fueran los más compartidos socialmente durante un periodo determinado.

Y precisamente son en estas circunstancias en las que, actualmente, se encuentra España. Hay dos partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, que han hecho de su batalla en contra de la corrupción su principal bandera electoral. Pero, sólo uno de ellos, el comandado por Pablo Iglesias, ha apostado fuertemente contra los recortes del Estado de Bienestar o contra la famosa “casta” gobernante, a través de la diferenciación entre los de “abajo “ y los de “arriba” (lógicas equivalenciales). 

Sin embargo, desde Ciudadanos, que también han querido darse una imagen de renovadores (populistas, según la definición de Laclau), están muy lejos de querer un cambio de valores en el sistema. Y sólo hay que ver lo ocurrido en el Ayuntamiento de Guadalajara con las liberaciones, los sueldos y las compatibilidades para darse cuenta de ello. Son más de lo mismo (derecha, al fin y al cabo), pero con un discurso que, quizá, es más abierto en lo moral, pero igual de “carca” (o, incluso más) en lo económico.

En definitiva, a la hora de emplear el término populista hay que tener cuidado, ya que se trata de un concepto poliédrico que ha recibido múltiples definiciones a lo largo de la historia. Por eso, cuando desde determinados partidos de la izquierda se califica a las nuevas formaciones como populistas (incluso, a veces, en forma descalificatoria), hay que preguntarse si ellos quieren o no un cambio de valores (atendiendo a la definición de Laclau). Si, en definitiva, desean o no una nueva realidad social en la que impere la justicia, la solidaridad y la regeneración democrática. Tradicionalmente, ésa ha sido la querencia más importante del progresismo: mejorar la sociedad y el sistema político, haciéndolo más participativo e igualitario. Por ello, y de acuerdo a dichas aspiraciones y al concepto de Laclau, yo lo reconozco: soy populista.

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