El blog de la señora Horton

Zoom femenino

Es aleccionador recordar, por ejemplo, que un científico -J.J. Jhonson- recibió el premio Nobel por probar que el electrón era una partícula y, años más tarde, su hijo lo recibió por probar que era una onda. Otro recuerdo muy pedagógico es el de un niño austriaco que no crece -teniendo los huesos muy sanos- desde hace cuatro o cinco años porque cayó en la melancolía; todo esto configura una visión muy móvil del mundo, despoja de solidez y ortodoxia a nuestra existencia, la llena de agujeros comunicativos por los que tan pronto salimos al mundo de los dioses y nos encontramos con el misterio, tan pronto volvemos a casa y nos llaman desde Móstoles por teléfono. Mallarmé escribió que la sabiduría consiste en evitar que un sentido único se imponga de golpe, como Einstein, que dijo eso tan inteligente de que el tiempo existe para que todo no ocurra de repente.

 

La diferencia entre cómo pensamos los humanos y cómo piensan los ordenadores, es que los ordenadores piensan ordenadamente como su nombre indica, es decir, en secuencias lineales, mientras que los humanos pensamos según configuraciones superpuestas, muy confusamente. Este nuestro pensamiento, más bien caótico, tiene a veces consecuencias añadidas al mero pensar, crea unos campos eléctricos que alteran todo lo que cae bajo su influjo: una amiga mía es tan obsesivamente posesiva, que su marido, cuando ella sale de casa, deja de existir; ella lo suprime por el sistema de la anulación psicológica que, cuando es fuerte, puede acabar siendo también anulación física. Somos tan dúctiles los humanos que puede que Carlos se haya acostumbrado a vivir en trozos; una existencia llena de soluciones de continuidad no tiene por qué ser peor que otra más seguida.

Pasar de lo minúsculo -la sabia mirada de anticuario- a lo universal -la larga mirada de telescopio- y de lo sublime - una pasión con todo su tendido eléctrico encendido- a lo ruin -la cuenta de la compra- son los puntos cardinales en los que se inscribe la vida de las mujeres. Ni siquiera el más domado de los varones suele regatear las pijotas al pescadero, ni abre el monedero abultado de calderilla para pagar justo en caja y, excepto en la literatura, tampoco acostumbran los varones a desfallecer absolutamente por un amor imposible. Tengo muy para mí -mis amigos dicen que éste es mi error más reiterado de donde nacen mis equivocaciones monumentales- que el amor, en su faceta más grave, sólo es un padecimiento femenino, pues, para acercarse a Thanatos por la senda de Eros, se precisa una inestabilidad personal de la que la civilización sólo ha dotado a la mujer.

 La mujer, cuando ama desesperadamente, ama en la punta más septentrional del zoom y, cuando ya desesperadamente no ama, emigra al sur y empareda al amante. Es lo mismo que decía Jung de los sujetos religiosos: cuando un católico deja de creer en su credo se hace ateo furibundo, al contrario de un protestante que, cuando deja de ser episcopalista, se hace anabaptista por ejemplo. El catolicismo y el amor de las mujeres se niegan o se abrazan por completo, mientras que en el protestantismo y en el amor masculino todo está lleno de grados como en el termómetro. El hombre, al apercibirse del carácter cambiante del amor, pronto inventó el repudio, mientras que para la mujer, hasta hace muy poco, sólo ha habido el crimen. Total, que en esas fraguas pasionales se templaron estos hierros. De ahí que la mujer sea un ser excesivamente hirviente, seguramente porque el herrero se ha entretenido más con ella y ni con jarras de agua fría pierde temperatura. Quizá por ese zoom bipolar en el que encuadramos nuestra vida, hallamos en las chicas tan pocos registros y variables.

 Y todo este confuso artículo ¿a cuenta de qué viene? Pues viene a cuenta de la escena que hace unos días vimos en el balcón del Palacio Real. La (ex) reina Sofía besuqueando a un marido que ni siquiera se deja.

Ya digo que estamos muy mal de la azotea y encima lo nuestro es un fallo no de la manufactura, sino del diseño.

Sra. Horton

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