“Cartas Presas”, memoria y canto de libertad desde las prisiones

“Cartas Presas”, memoria y canto de libertad desde las prisiones

“Cartas presas. La correspondencia carcelaria en la Guerra Civil y el Franquismo” es el nombre del libro que la Doctora en Historia Contemporánea y profesora en la Universidad de Alcalá, Verónica Sierra Blas, presentó en el Archivo Histórico Provincial la tarde de ayer. En un salón de actos muy concurrido, Verónica Sierra Blas se ha querido rodear  de Ángeles Egido, Catedrática de Historia Contemporánea de la UNED, y Antonio Castillo, profesor de Historia Social de la Cultura Escrita en la Universidad de Alcalá y compañero y maestro de la autora. También ha estado presente el director del Archivo Histórico Provincial, Rafael de Lucas, que ha sido el encargado de introducir y presentar las distintas intervenciones. Además, el acto ha estado amenizado por Dante Areal y Pablo Giuducci que, armados con su voz y una guitarra han puesto música a la Historia con palabras y canciones de poetas como Miguel Hernández, Antonio Machado o Rafael Alberti.

Historia Social y Cultura Escrita son los grandes pilares sobre los que se apoya esta obra, que rescata y analiza la correspondencia carcelaria para acercarnos a la realidad social de una época desde el interior de las prisiones y otros espacios represivos, y desde las experiencias personales de presos y familiares.

Entre los objetivos de la autora destaca el de poner en valor y demostrar la necesidad de emplear documentos personales, correspondencia privada de personas comunes, para acercarse a la realidad social de una época, para construir Historia a partir de las vivencias de numerosos individuos anónimos. Un fin complicado cuando todavía existen en el mundo académico “mentalidades reacias a tener en cuenta los testimonios personales”, tal y como apuntaba Antonio Castillo.

El libro se estructura en cuatro capítulos. El primero de ellos se adentra en el submundo de las cárceles, de la vigilancia extrema, de la censura y también de las iniciativas de los presos a espaldas de sus carceleros. El segundo capítulo aborda las cartas familiares, el intercambio de correspondencia con los seres queridos, las múltiples dificultades para hacer llegar una comunicación y las estrategias para salvar la vigilancia. Se tratan también las cartas de súplica, un modelo de misiva que buscaba llamar la atención de las autoridades carcelarias, o del propio Franco y su familia, para solicitar reducciones de condena, indultos o atenciones muy concretas para algunos presos. La necesidad de adoptar el lenguaje del régimen y una redacción humilde convertía a estas misivas en un arma de doble filo, pues suponían una forma más de sometimiento y humillación al mismo tiempo que constituían un recurso desesperado para proteger a los seres queridos. El último capítulo, las cartas en capilla, recoge la correspondencia que los condenados a muerte escribían a sus familias antes de la ejecución, cartas de consuelo, de denuncia de la injusticia, de reafirmar la inocencia y las ideas propias, pero también cartas-testamento en las que los presos repartían sus escasos bienes o sus consejos morales entre sus allegados.

Aunque el libro rescata mayoritariamente la memoria de los vencidos, por evidente proporción numérica contando con toda la represión de la dictadura, también hay cabida en este estudio para los presos que la República hizo durante la Guerra Civil. No obstante, los historiadores recordaron que no es equiparable la represión de la guerra y la posguerra como tampoco lo es, según la autora, el trato que se ofrecía en las cárceles de la República y el de las prisiones franquistas.

Para abordar esta investigación que le ha llevado quince años, Verónica Sierra Blas se ha enfrentado a un millón de cartas diferentes y ha debido seleccionar un espectro variado de ellas que, finalmente, son las 1.500 misivas que se han trabajado en el libro. Además, se ha estudiado documentación institucional y oficial, así como distintos documentos de carácter personal como diarios, biografías o memorias de antiguos presos. Una tarea ya en sí misma complicada pues, como anotaba Ángeles Egido, “no es sencillo seguir las huellas del dolor” y estamos hablando de documentos que en su momento fueron comprometedores por lo que muchos de ellos fueron destruidos. 

Diarios personales, avales para interceder por un preso o denuncias para condenarlo, cartas cifradas para transmitir información relevante o textos invisibles escritos con tinta de limón o vinagre, misivas redactadas en una gran variedad de soportes precarios e infinidad de escondrijos y estratagemas para comunicarse con el exterior; periódicos políticos redactados en la oscuridad de la celda y memorizados para transmitirlos de forma oral entre los compañeros o grafitis escritos en los muros de las prisiones, son algunas muestras del contenido de este estudio y pruebas de "la necesidad vital que compartían, consciente o inconscientemente, presos de distintas ideologías": la escritura.

Una escritura que ha permitido a sus voces pervivir en el tiempo y llegar a nuestros días a través de esos “objetos-memoria” que son las cartas y configurar ese libro que, en palabras de su autora, “es un canto a la libertad y la vida” de todas esas personas que, aun sufriendo el aparato represivo del Estado, seguían construyéndose y manteniendo viva su identidad a través de la escritura.

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