"El Rey Pequeño", nueva novela de Antonio Pérez Henares, mañana en las librerías

"El Rey Pequeño", nueva novela de Antonio Pérez Henares, mañana en las librerías

La gran novela sobre Alfonso VIII. La historia de un niño huérfano y acosado que acabaría siendo el gran vencedor de Las Navas de Tolosa. "El Rey Pequeño" es el nuevo libro de Antonio Pérez Henares, Chani, que mañana ya estará en la librerias, editado por Ediciones B.

A mediados del siglo XII, tras la muerte temprana de su padre, el joven Alfonso se convierte en rey con el nombre de Alfonso VIII. Su tío, el rey de León, ve en esto una oportunidad para tener Castilla bajo su control. Pero la poderosa familia de los
Lara no quiere que esto ocurra, y para evitarlo se lleva al pequeño monarca a la villa fortificada de Atienza, donde también vive un niño de ocho años, Pedro, junto a su abuela Yosune.

A lo largo de los años Pedro se convertirá en el amigo más fiel de Alfonso, quien crecerá decidido a emular a sus antepasados y engrandecer su reino. Cuando por fin deban separarse, Alfonso VIII le encargará una tarea secreta: será sus ojos y oídos por toda Castilla, para informarle de aquello que los poderosos le oculten.

Los recueros de Atienza mediante una estratagema lograrán poner a salvo al Rey Pequeño y Pedro que lo acompaña en el viaje, que da origen a "La Caballada", fiesta que desde entonces y hasta hoy conmemoran los atencinos, se convertirá en el amigo más fiel de Alfonso VIII.

"El Rey Pequeño" está ambientada en una etapa clave de la Reconquista, la que culminó en la batalla de las Navas de Tolosa. La educación medieval de un rey, la vida cotidiana durante la repoblación castellana y las grandes pasiones humanas, como el amor y la venganza, son otros protagonistas clave de esta gran novela histórica de Antonio Pérez Henares.

La novela ya se encuentra, lista para su venta mañana, dia 6 de abril, en librerias y grandes superficies. Ya pueden adquirirlo tambien en formato eléctronico en los portales digitales Amazón, Corte Inglés, Casa del Libro o FNAC. Su precio en papel es de 20 euros y de 9 en digital.

Aquí os dejamos parte del capítulo priemro que elpropio Pérez Henares ha adelantado en su perfil de facebook:

Capítulo I
La huida de los recueros

Mi abuelo Pedro Gómez era un pardo de Álvar Fáñez, un gigante al que únicamente pudieron derribar cuando quedó solo en medio de una horda de feroces africanos, aquella peste almorávide que asoló las Españas. Mi abuelo, el Pardo, nació en Atienza y murió en Zorita, intentando salvar de manos infieles la vieja cruz de la visigoda Recópolis .

Mi padre, Pedro el Frontero, murió el año pasado en Granada. Lo mataron también los moros, la nueva peste llegada también de los desiertos, los almohades se llaman, y también cayó combatiendo al lado de un nieto de Fáñez, Álvaro Rodríguez el Calvo. 
Mi abuelo tuvo tierra cristiana que le acogiera. Mi padre no sé si tuvo sepultura alguna. A mi abuelo, a mi padre y al nieto de Fáñez los mataron los sarracenos. Pero también me tiene contado mi abuela Yosune que al gran Álvar, a quien el Cid llamaba hermano y que contra los moros combatió más de cincuenta años, quienes le dieron muerte fueron los cristianos. En Segovia lo mataron en las Octavas de Pascua por defender a la reina Urraca.

Y son cristianos los leoneses que hoy nos tienen cercados y quieren tomar la villa de Atienza para arrebatar al rey niño, Alfonso el VIII, de nosotros los castellanos, y que en la Peña Fort se guarda.

Yo también me llamo Pedro y cuanod comenzó lo que voy a relatar iba camino de los once años. Soy huérfano porque además perdí a mi madre, a la que no conocí siquiera pues murió de mi parto. Nací en Hita y allí me crió mi abuela hasta que, tras la mala nueva granadina, nuestra y del nieto Fáñez, decidió venirse a Atienza, a una casa, unas tierras y unas reatas de acémilas que le rentan dineros para vivir ambos y donde creía que iba a poder ir haciéndome hombre más en seguro y más tranquilo. Pero en estas tierras nuestras nunca hay sosiego. Y si no traen el sobresalto los moros, nos lo damos los propios cristianos.

Al niño rey solo lo había visto una vez y de lejos, cuando bajó un domingo rodeado de señores y gentes de armas a oír misa en la iglesia de Santa María, la que está en la falda de poniente del castillo. Era más pequeño que yo pero ya caminaba como un rey, y nos miró, a los que le mirábamos, como si lo supiera muy bien. Iba abrigado porque aquí, aunque ya sea primavera y cuando entra bien el día se caldea todo y hasta pica el sol, por las mañanas aún corre el frío por las calles. Aunque nada comparado con lo que acabábamos de pasar, porque aquí en Atienza los inviernos son heladores, mucho peor que en Hita, que está más bajo y más despegado de estas sierras que son madres del hielo, la nieve y la ventisca. Los aires se le clavan a uno como cuchillos y revuelven las ropas para hundirse aún más dentro de las carnes. Bien puesto tiene el nombre el arco de San Juan, que nadie aquí conoce sino por Arrebatacapas y que es una de las puertas de la muralla de Atienza. Por fuera ya están los arrabales, aunque algunos, como el más grande, el de Portacaballos, habían empezado a ser resguardados con un muro que estaban levantando. Atienza ha crecido mucho, decía mi abuela, sobre todo en estos últimos años, desde que el abuelo del rey niño, el emperador Alfonso VII, le confirmara el Fuero, le fijara los límites de su tierra, que abarca cientos de aldeas, y le concediera el fruto de las cercanas salinas en el vecino Imón, que no hay mina mejor que ellas en el reino entero.

Al rey niño solo lo había visto esa vez que iba a misa y nosotros habíamos subido a verlo desde nuestra parroquia de la Trinidad, pero no es al único rey que había visto, porque llevábamos una temporada en Atienza que no paraban de venir reyes y obispos. Este, el pequeño, apareció cuando empezaba a asomar la primavera de este año pero su tío, el rey leonés don Fernando, se había pasado por aquí durante el invierno. Y con él no sé cuántos señores, obispos y caballeros que iban y venían en trajín continuo. Leoneses los unos y castellanos los otros que se disputaban al crío. Celebraban muchos cónclaves y se les veía agitados los unos con los otros hasta que debieron de llegar a algún arreglo y desaparecieron todos, el rey, los obispos, los Castro y los Lara, que estos últimos son los tenentes de esta villa y quienes en ella mandan, y los afines de los unos y los otros y sus gentes de armas. Se marcharon casi todos, excepto la pequeña guarnición del castillo, y Atienza quedó en la paz y el frío de su invierno.

Pero apenas habían comenzado a calentar el sol de abril, a verdear las sementeras, a entrar en flor los pocos árboles frutales plantados en algún vallejo y a asomar los primeros brotes y hojas en olmedas y alamedas, tardanos en estas tierras por la cuenta que les tiene, cuando un anochecer, y a uña de caballo, llegó una tropa de hombres armados que entró como un turbión en la villa y se metió a galope en el castillo. Tras ellos se cerraron todas las puertas: la Poterna de la explanada de armas que da acceso a la propia del castillo, la primera; y luego la de la Villa, por encima del arrabal de Puertacaballos; la de la Guerra, la de Arrebatacapas, la de Salida y la que viene a acercarse de nuevo a la fortaleza, por el lado norte, la de la Nevera, porque no lejos hay un pozo donde se almacena y conserva nieve helada muchos meses.

Se redobló en todas la guardia y a todos nos pareció que esperaban que a los alcances les vinieran enemigos. Por la puerta de la Villa aún se dejó entrar a algún vecino rezagado que venía del campo, pero en las demás ni eso. Y los que no pudieron entrar, aun teniendo casa dentro de la muralla, debieron acogerse a los arrabales para pasar la noche.

Pronto se supo quiénes eran los llegados, pues muchos reconocieron a uno de los Lara, don Nuño, y otros a uno de sus más fieles deudos, don Pedro Núñez, el señor de Fuentearmegil, casado con doña Elvira González, tía de don Manrique Pérez de Lara, asiduo de nuestra villa. Muy grande fue el revuelo en el pueblo y muchos los nervios, pues a poco empezaron a correr rumores de que el rey de León les venía a los alcances porque los Lara le habían arrebatado a su sobrino el rey niño.

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