El fotógrafo Gervasio Sánchez en la inuguración de su muestra antológica en Guadalajara. El fotógrafo Gervasio Sánchez en la inuguración de su muestra antológica en Guadalajara.

Gervasio Sánchez: “Una guerra no acaba hasta que desaparecen todas sus consecuencias"

El Museo Provincial de Guadalajara ha sido el encargado de acoger la inauguración de “Antología” un recorrido por la obra del fotoperiodista Gervasio Sánchez a través de un total de 129 fotografías y 24 retratos que congelan la  crudeza y el día a día de la guerra y la posguerra en numerosos conflictos armados que han tenido lugar en el último cuarto de siglo en cuatro continentes.

Una exposición que ha sido posible gracias a la colaboración del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y cuyo contenido, en palabras de su comisaria Sandra Balsells, es un “contundente legado histórico para que en el futuro no se pueda dudar del pasado”.

La inauguración ha estado repleta de un público que además ha asistido a la posterior conferencia del autor que llevaba por nombre “La guerra no es un espectáculo” y a la que han acudido también, para introducir el acto, el director del Museo Provincial de Guadalajara, Fernando Aguado, y el director provincial de Educación, Cultura y Deportes, Faustino Lozano.

La exposición sigue un orden cronológico y atraviesa toda la trayectoria del autor mostrando su evolución desde que salió de la facultad y comenzó a manejar la cámara por Centroamérica hasta la actualidad. Esa misma cronología ha sido el hilo conductor que ha guiado la conferencia a través de las vivencias, los recuerdos, los juicios y las críticas de un fotoperiodista que ha visto muchas veces y muy de cerca la peor cara del ser humano: la guerra.

De guerra en guerra

Recién terminada la carrera de Periodismo, en 1984, Gervasio Sánchez viajó a Centroamérica porque era una zona con numerosos conflictos en muy poco espacio, donde se ahorraba las dificultades de lidiar con otro idioma, un lugar barato donde era muy fácil trabajar pero también, reconocía, muy fácil que te mataran. Entre el 84 y el 92, Sánchez se movió por Guatemala, Nicaragua, El Salvador…pero también por América del Sur en países como Colombia o Chile.

Con el fin de la Guerra Fría Gervasio Sánchez y sus compañeros de profesión, aventuraban que el fin de las guerras les dejaría ociosos. Desgraciadamente se equivocaban ya que en los Balcanes pronto estalló el polvorín. “En Bosnia vi cosas que no se pueden ni narrar y decidí no volver nunca” confesaba el fotoperiodista que, paradójicamente, acabó volviendo varias veces; “al final Bosnia se convirtió en mi casa”.

“Cuando ya creía que lo había visto todo llegó África”, un nuevo continente donde descubrió las mismas violencias pero con distintos medios. “Han sido blancos blanquísimos quienes idearon las más perversas y repugnantes atrocidades” señalaba para desterrar cualquier posible rastro de superioridad moral ligada al color de la piel.

En los 90 se dio cuenta de que, aunque él elegía las guerras que cubría, empezaba a ser consciente de que le llevaba la ola mediática y fue entonces cuando recibió el encargo de una revista del corazón para realizar un reportaje sobre un niño víctima de una mina antipersona. El encargo le llevó a Angola, por su propia decisión, y le causó tanta impresión que pronto se convirtió en un proyecto, “Vidas minadas”, que consiguió el apoyo de tres ONGs, y que le llevó también a Camboya y de nuevo a Bosnia. Fue un trabajo que le sirvió para “equilibrar la balanza anímica” ya que le permitía ver la evolución de las víctimas, del dolor y el drama inicial a la recuperación y la dignidad en su lucha diaria, aunque también le demostró que “las heridas de la guerra siempre están presentes”.

“Una guerra no acaba cuando marca Wikipedia, sino cuando desaparecen todas sus consecuencias: el día que no haya que entregar el cuerpo de un desaparecido a nadie, cuando todas las minas antipersona se hayan recogido, cuando hayan sanado todas las heridas psicológicas que la guerra causa a sus víctimas…” comentaba el fotoperiodista, “es entonces cuando se acaba una guerra y no antes”.

El fotoperiodista reveló que por más guerras que vea uno no deja de sentir el dolor, que la cámara no es un parapeto que le proteja y que nunca ha llegado a acostumbrarse: “algo en ti muere para siempre en cada conflicto”, aseguraba. Y es que la guerra saca lo peor de cada persona, “cuando todo se desmorona los seres humanos nos convertimos en auténticos salvajes”, comentaba relatando como “pocas personas prefieren morir antes que matar” y como el instinto de supervivencia lleva a la gente al límite.

 “La guerra no es un espectáculo, no tiene nada de atractivo, es lo peor que puede pasarle a una sociedad”, sentenciaba el fotoperiodista. Cuando comenzó su andadura en la profesión pronto se dio cuenta de que “si de verdad quería resistir años de guerra tenía que tener razones de peso porque si no iba a durar poco”, razones de peso como “la empatía por las víctimas, por la gente que sufre sin saber por qué”. Y es que, Gervasio Sánchez afirmaba que tras muchos años preguntando en todas partes y a muy diversas personas “nadie ha sabido decirme seriamente por qué su país está en guerra; la inmensa mayoría de gente que muere no sabe por qué” apuntaba. No obstante, hay gente que sí que lo sabe y es que “la guerra es un gran negocio” y hay gente que firma documentos y permite que mucha gente muera en guerras en todo el mundo”.

La hipocresía de los gobiernos y la irresponsabilidad de los medios

El fotoperiodista no ha dudado en señalar a quienes permiten estas atrocidades, desde políticos a empresas armamentísticas, pasando por la labor irresponsable del periodismo. Una culpabilidad que no depende de colores políticos ya que señalaba el cinismo y la hipocresía de Rodríguez Zapatero que “habiendo ganado las elecciones contra la guerra de Irak” en 2004, sextuplicó la venta de armas alcanzando los 2.400 millones de armas mientras que en la actualidad, según afirmaba el ponente, “hemos superado los 4.000 millones de euros en venta de armas, violando nuestra propia ley de control del comercio exterior de material de defensa ya que se venden armas a países en conflicto, con importante inestabilidad y tensiones internas o países que violan los derechos humanos.

Gervasio Sánchez ha sido duro también con aquellos que desarrollan su profesión de forma irresponsable, “los periodistas que no empatizan con las víctimas de la guerra y que solo buscan una foto, un titular o un total entre los seres humanos con los que se encuentran”. Aunque asume que “la guerra no se puede contar” porque no cabe en la duración de una conferencia, en tres minutos de telediario ni en un reportaje escrito, ha exigido responsabilidad a los periodistas para que cuenten las historias de la guerra con nombres e individuos y no con “aparatajes circenses que son todo números, datos, titulares vacíos o fotografías que no dicen nada”. Apuesta por un periodismo independiente y humano que “entre a las historias a saco” y no “que duerma con los poderosos”.

“Cada persona que muere en la guerra deja una historia inconclusa” una historia que quizás pudiera haber sido clave para el desarrollo de la humanidad. “Imagínense que uno de esos niños que mueren fuese a descubrir una vacuna contra la violencia y a partir de 2025 todos nuestros hijos recibiesen sus tres dosis después de nacer… ¿qué mundo eh?” elucubraba el periodista.

No obstante el foco de la prensa está donde marca la agenda mediática y no en esas fosas donde se acumulan las historias inconclusas de muertos de guerra o epidemias…  “porque claro, estamos hartos de historias de negros, de imágenes que nos estropeen el desayuno, de noticias de refugiados… ¡pero oye! ¡Que es que estos refugiados no son los mismos que hace veinte años!”, explicaba. “Las historias se repiten porque somos incapaces de acabar con la guerra”

Desaparecidos

El último trabajo de Gervasio Sánchez lleva por nombre “Desaparecidos” y aúna fotografías realizadas entre 1998 y 2010 en diez países distintos. Un tema que empezó a trabajar ya en la universidad porque comprendió que eran los desaparecidos “el problema pendiente en cualquier conflicto armado”. En 2003 le denegaron el visado para cubrir los bombardeos en Irak, algo que después agradeció ya que le permitió vivir cómo numerosos familiares buscaban a sus desaparecidos tras la caída de Sadam Husein: “estuve presente en la exhumación de una fosa con 3.000 cadáveres” relataba.

Además de Irak, su proyecto recoge historias de El Salvador, Guatemala, Chile, Argentina, Perú, Colombia, Bosnia, Camboya y España. El fotógrafo confesaba que hasta 2008  España quedaba fuera de su proyecto pero que recibió una crítica que le hizo comenzar a indagar en las fosas de España y, finalmente, incluyó el caso de España como epílogo.

En la presentación de “Desaparecidos”, en 2011, anunció que su próximo trabajo seguiría ahondando en las víctimas de desaparición forzosa en España y aseguraba ayer que ya tenía fecha límite para presentarlo: “si puedo lo presentaré antes, pero si no, la fecha tope será el 18 de julio de 2036 y quedará demostrado que cien años después las consecuencias de la Guerra Civil aún están presentes”.

A este respecto, el fotoperiodista recordaba la apertura por una orden judicial argentina de una de las fosas comunes del cementerio de Guadalajara que permitió a principios de año que Ascensión Mendieta recuperara los restos de su padre, asesinado en 1939.

“Es difícil de entender lo que ha ocurrido en España” señalaba comparando el caso con muchos otros terribles de los que ha sido testigo y donde, sin embargo, las cosas se han hecho mejor, como en Bosnia con la creación del banco sanguíneo que permite el reconocimiento de los restos. Aquí, comentaba, el término “desaparecido” se emplea de forma errónea ya que en la gran mayoría de los casos se sabe dónde están los cuerpos y “es vergonzoso que todavía haya gente buscando y buscando a sus familiares porque la clase política ha dado una lección de cobardía histórica” al ser incapaces de buscar una solución a este problema que afecta a gran parte de la sociedad española, forzando a la desmemoria e instrumentalizando políticamente una cuestión que es, al final, “un gesto humanitario”.

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