El concierto de Love of Lesbian en el Buero Vallejo ha sido un genial ejercicio de introspección en la carrera y el ecosistema del grupo. El concierto de Love of Lesbian en el Buero Vallejo ha sido un genial ejercicio de introspección en la carrera y el ecosistema del grupo.

La reinvención de los lesbianos

Hablar de Love of Lesbian es hablar en primera persona, porque sus canciones hablan tan dentro de mí, que son mías. Desde la historia del amante guisante hasta El Poeta Halley, contando con aquel verano que me pasé bailando, mientras chillaba a un cabezón vestido con sábanas blancas y otros tantos manifiestos. Creo que 1999 veces me hice fan de algún John boy que detestaba, sintiéndome un poco más Marlene sin ser de Ucrania.

Pero aún nunca había visto tan de cerca este Planeador.

Adoro, adoro las canciones que adoro y aquellas que me permiten evocar mi vida entre sus versos, pero cuando supe que no vería lo previsible, que debía olvidarme de aquello que quería escuchar y dejarme llevar por un novedoso formato, que ellos mismos definen como un concierto teatralizado, se disipó la expectativa y quería dejarme descubrir.

Admito que horas antes del concierto caí en mis rutinas y quise escuchar los ritmos, para reconocerlos después, quise caer en cada palabra para redescubrirla a dos voces en el momento final. Pero no pude, y no lo necesité.

 Ocho de la tarde de un sábado cualquiera del mes de marzo en Guadalajara, la de aquí, la modesta, la cercana, la que no canta rancheras, la que hace 15 años ni soñaba con tener la oferta musical que a veces disfrutamos. Las luces se apagan, el telón aun cerrado y una pequeña caja de cartón con los números “06 – 2009”, se encuentra sola vistiendo el escenario. Silencio en la sala. Leves murmullos provenientes de movimientos nerviosos y las últimas palabras antes de emprender un viaje.  

Aparece una voz en off, y digo aparece porque lo inunda todo. Nos invita a adentrarnos en el almacén de la memoria y desempolvar las canciones y los recuerdos, para hacer limpieza. No es un epitafio, sino precisamente eso, un ejercicio admirable de memoria y limpieza que permite poner cada cosa en su lugar, organizar esas cajas. Construir.  

Primeros acordes, primera palabra del concierto y me habla, en el Teatro Buero Vallejo, de un Tragaluz. Quizá sea preparado o esa forma accidental que tienen de sorprendernos las palabras pero ahí está. Como un guiño a su obra y a lo que sentimos como parte de la ciudad de Guadalajara, arranca la canción de Nada, sentando las bases de lo que será el resto del concierto: Una reposada conversación con un buen vino. Esta vez sin hablar. Esta vez sin vino.

 

Bueno, lo de sin hablar es retórico o una licencia que me he tomado, ya que una vez tocados los primeros temas se descubre el verdadero ritmo del espectáculo. Ese ejercicio de desempolvar recuerdos va guiado con humor, complicidad y desparpajo, perfectamente personificado en Julián Saldarriaga y Santi Balmes, guitarra y voz. Frescura e improvisación con un público entregado en parte, entre el que se podían distinguir amantes y detractores. Los segundos venían anhelando los hits del Spotify y contaban las canciones por decepciones. Los primeros vivieron, descubrieron, cuanto menos las canciones olvidadas. Pero no solo eso; se desempolvaron emociones, ilusiones y esperanza entre ojos expectantes, pieles erizadas, aplausos infinitos y alguna que otra lágrima, que tímida, osaba valiente a asomarse y saltar.

Música, humor, un buen guion, pero no podía acabar estas líneas sin hacer alusión a la escenografía. Cajas de cartón que se desperdigaban por el escenario.  Aglomeraciones caóticas que daban lugar a edificios, que se abrían para desplegar zepelines o convertirse en ese familiar que viene a recordarte tu genealogía más afín. Qué forma tan brillante de recrear aquel almacén de ideas y recuerdos, de vivencias e ilusiones, de experiencias, aunque sean soñadas. Experiencias que se guardan en la cabeza y que cuando las desempolvas, las limpias y las colocas, pueden construir una preciosa ciudad, vestirse de fiesta y andar por los cables. 

Acaba la última canción y Santi no está sobre el escenario, no ha sido su canción, ni su concierto, ni su grupo. Ahora son míos, son nuestros. 

Como diría aquel, y por joder a LOL, si algún día llegan a leerme, diría que ha sido una experiencia religiosa, no sólo por las alusiones que se han hecho a la religión, la política y la vida en general, sino por lo vivido, la capacidad de transmitir, de sentir y de reinventarse, enhorabuena. 

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