Fotos: J. Fraile / Guadaqué Fotos: J. Fraile / Guadaqué

La simiente del Tenorio Mendocino

El Tenorio Mendocino es hijo de su ayer y de su presente. Anoche en la quinta escena de esta 26 edición, en el patio del convento de la Piedad, frente a la soberbia fachada de Alonso de Covarrubias un trío de niñas de unos diez años, vestidas de cortesanas, sentadas sobre la fría arena, estiran en vano una diminuta toquilla para arroparse en grupo. En sus ojos no hay síntomas de cansancio, sino de ensoñación. Hoy han bailado con el corre-corre en la plaza de Santa María y es muy posible que alguna esté soñando con ser mañana doña Inés. Todos crecemos con los años, incluso algunos envejecemos y otros se ausentan, pero muchas simientes de entonces hoy son espléndidos árboles jóvenes.

Y tras los cinco lustros de aniversario, el Tenorio Mendocino puede presumir con esta renovada edición de que es capaz de seguir mirando hacia atrás, y quedar congelado como estatua, pero también hacia delante con el estirón de un talento aprendido y una ilusión rejuvenecida. Los nuevos actores bordaron el rito y el mito, con entrega, energía y frescura, línea a linea, gesto a gesto, con la pericia de un nuevo director en el empeño y el acompañamiento de otras voces experimentadas. También el de cien pares de manos que no se llegan a ver, pero que construyen cada escena, para que se abran las puertas, se enciendan los focos, funcionen los micrófonos, se prendan las velas, se cubran los rostros de maquillaje o se controle el aforo que sigue quedándose pequeño en determinadas escenas.

Han sido dos funciones, una de domingo y otra de lunes, en un largo puente donde era difícil atinar con las fechas, pero donde al final resultó conveniente lo decidido.  El domingo fueron las primeras escenas las de mayor asistencia de público, donde hasta el Patio de los Leones del Palacio del Infantado se quedó pequeño, con largas colas anticipadas, mientras que el lunes la gente trasnochó más hasta el final. En ambas hubo pleno, con carreras aceleradas por coger sitio y con los monumentos que acogen cada escena ya repletos horas antes de que llegaran los actores. Se quedó mucha gente sin poder entrar a las puertas del claustro del Convento de la Piedad, en ese tercer escenario tan bello, pero tan reducido, mientras que el cambio de escenario de la cena con el convidado de piedra, que pasó de la Iglesia de los Remedios a los Jardines del Infantado, solucionó el problema de aforo, aunque ahora el Comendador resucitado ya no saliese de una cripta, sino tras un ciprés y el fresco nocturno anunciado por las grullas que sobrevolaban  Guadalajara hiciera aparecer las mantas en el patio de butacas al raso.

Y de un don Juan, joven, socarrón y enérgico con Arturo Martínez, junto a una palpitante, cándida e inquieta doña Inés con Rebeca Gutiérrez, que nos emocionan en el claustro de la Piedad, caminamos a otro don Juan soberbio y magnético, Pablo Menasanch, y otra doña Inés en espíritu, con aire muy sugestivo, Marta Ruiz, en un binomio perfecto para la profundidad de la escena de ánimas, con sombras sobre la fachada de Covarrubias pero gran brillo actoral de primeras espadas en segundos papeles.

Al desparpajo de un jovencísimo don Luis Mejía, Alvaro Nuño, muriendo de maravilla en su pugilato bajo los arcos del Patio de los Leones, hay que sumar el de un Ciutti con idiomas y socarronería, Ángel Luis Leceta, o de un Centellas gallardo y presto, Sergio Rodríguez.

Y aunque doña Ana, Estefanía del Castillo, y Lucía, Lúa Nieto, pasaron el peor trago, con los fallos de sonido en la escena de la Cotilla el domingo, a causa de una wifi acaparada, pudieron resarcirse el lunes, con una interpretación redonda y sin altibajos de volumen.

También hay que destacar la ductilidad del Pedro García, que de don Juan se convierte en Don Gonzalo, envejece y crece como actor, y la de Ángelica Santos, reconvertida en madre abadesa con espléndida resonancia. En contrapunto esa doña Brígida a la que le sobró réplica, pues Carmen Niño, en la función del domingo, pecó de exceso de influencia de la Brígida incombustible, Josefina Martínez, que reapareció el lunes con toda su esencia.

Aplaudir una vez más la generosa participación coral en los bailes de la Plaza de Santa María, del Coro Joaquín Turina con las monjas del convento y su ora et labora, las rondas de Las Colmenas o los Gaiteros de Mirasierra, sin olvidar el redoble de tambores de la soldadesca de Mazuecos, que acompañaban el caminar entre escena y escena.

También hay que aplaudir el ciclo narrativo de esos previos a escena y cuadros estáticos de actores, con novedosa recepción a la entrada de los jardines del Infantado, que nos recuerdan que este Tenorio es Mendocino, porque los textos de José Zorrilla resuenan en estos monumentos de los Mendoza, cuya historia se revive de manera escueta y más ágil que antaño.

Buen augurio para la nueva dirección de este Tenorio Mendocino, conducido ahora por José María Sanz, aunque Abigail Tomey siga apoyando como puntal entre bambalinas, que resolvió dos funciones con luz propia y chispa juvenil, sin complejos y con algunas innovaciones, rematadas con una merecida explosión de aplausos.

GALERÍA GRÁFICA TENORIO MENDOCINO

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