Tormenta de sentimientos en forma de música de violín y piano

Tormenta de sentimientos en forma de música de violín y piano

Agata Raatz (violín) y Marcin Fleszar (piano), ofrecieron en la tarde noche de ayer un dúo pleno de sentimientos y sensaciones en el Centro Cultural Ibercaja de Guadalajara. Ambos intérpretes, jóvenes y colmados de energía y creatividad, se hallan en este momento inmersos en la grabación de sendos CDs, “que verán la luz muy pronto”, explicaba ayer Raatz.  En el caso de Fleszar, recopilará música barroca para clavecín compuesta por Jean-Phillipe Rameau, pero interpretada al piano, mientras que la violinista editará composiciones propias.

Así, este fin de semana en Sigüenza, y con motivo del tercer y último concierto del festival Musigüenza 2016, y ayer en el Centro Cultural de Ibercaja, los dos interpretaron algunas de las creaciones que incluirán en sus respectivos trabajos.

El concierto de anoche quedó dividido en dos partes. La primera pieza que interpretaron a dúo fueron los 'Cuatro preludios para violín y piano' op.34 de Dmitri Shostakóvich. De estilo Postromántico, detrás de su elección hay una  hermosa historia de amor. “Una pareja, conocida nuestra, se enamoró precisamente escuchando estas obras de Shostakóvich, con tan mala fortuna que, poco después de este concierto, ella murió de manera inesperada. Fue la última música que escuchó. Él fue quien nos pidió por favor que la incluyéramos en alguno de nuestros recitales, y, al estudiarlas para tener en cuenta su petición,  fue cuando las descubrimos. Realmente yo no las conocía, y me conmovieron”, explica la violinista.

En general la música de Shostakóvich, obligado a cooperar con el régimen soviético, del que fue un símbolo,  trasluce su contradicción vital. Exteriormente, nunca contravino las normas. “Otra cosa era lo que sucedía en su interior, puesto que muchos de sus amigos murieron a manos del régimen, e incluso algunos miembros de su familia fueron deportados”, decía Raatz. El compositor sufrió problemas políticos porque su música era demasiado triste, mientras el régimen soviético quería demostrar que en el país todo iba bien, que no había problemas. “Por una parte, la música de Shostakóvich está llena de marcialidad, pero al mismo tiempo, adivinas detrás su frustración y tristeza, y una gran espiritualidad. Es muy sarcástica. Por explicarlo de alguna manera, diría que tiene doble fondo, es como cuando escuchas a alguien decir algo, pero sabes, igualmente, que en realidad piensa otra cosa muy distinta”.

En segundo lugar, Fleszar interpretó, de manera individual, la 'Suite en La menor para piano' de Jean-Phillipe Rameau, escrita originalmente para clavecin, porque cuando fue compuesta, a finales del siglo XVIII, aún no existía el piano. “He elegido esta obra, porque no a todo el mundo le gusta el sonido del clavecin, y, en realidad, la partitura es muy romántica, conmovedora. De esta manera pretendo acercar a los amantes del sonido del piano armonías que, de otra manera, quizá no escucharían”, explica Fleszar.

Además, la interpretación al piano de la partitura supuso todo un desafío, porque está llena de artificios y ornamentos, que son muy difíciles de trasladar al piano moderno. “Una parte de la composición  va contra la naturaleza del instrumento, y eso hay que suplirlo con la técnica. Sin embargo, también tiene armonías que resultan muy actuales. De ahí mi interés por trasladarlas al piano, para que la gente pudiera escucharlas desde otra perspectiva”, seguía el pianista. Ayer, hizo un ejercicio de virtuosismo que además resultó pleno de sensibilidad.

Las dos primeras obras de la primera parte del concierto estaban relacionadas y, al mismo tiempo, también mostraron un gran contraste de estilos, entre el Barroco “ornamental, bonito, dulce, y la música Postromántica del ruso”, explicaba Fleszar. “En ambos casos, el ritmo es lo más importante a la hora de la interpretación. En general es así en toda la música barroca, y también en estas piezas de Shostakóvich. Otra de las cosas que tienen en común es que ambos compusieron música para ballet, para bailar, por lo que siguen las mismas reglas musicales. En ambas piezas puedes sentir la danza”, añadía Raatz.

La segunda parte del concierto, comenzó con la interpretación conjunta de  la 'Sonata para violín y piano' op.9 en Re menor de Karol Szymanowski. De nacionalidad polaca, como ambos intérpretes, “es uno de nuestros compositores favoritos; de hecho, interpretamos juntos todo su repertorio para violín y piano”, explicaba Raatz. Precisamente por eso, uno de los proyectos conjuntos del dúo es el de grabar un próximo disco, precisamente con ese repertorio. “Es un compositor de principios del siglo XX, con una personalidad muy interesante, polifacético, cuya fama está creciendo ahora, mucho tiempo después de su muerte, en el extranjero”, explicaba Fleszar. “Está de moda. Muchos los directores de orquesta actuales, como Simon Rattle, se han fijado en su obra, de manera que su fama mundial no para de crecer”, añade la violinista.

El dúo interpretó una sonata perteneciente a su primera época como compositor, de estilo Postromántico. “Resulta chocante que, siendo aún un estudiante de música, compusiera esta sonata con tanta maestría. Siempre fue una persona de mente abierta. Estaba interesado en la historia, en la filosofía, fue un gran erudito, e incluso fue Rector Conservatorio de Varsovia. Szymanowski tuvo que lidiar con enormes dificultades económicas. Viajó mucho por toda Europa, e incluso contando ya con un cierto prestigio musical fuera de Polonia, sufrió grandes dificultades económicas. Su pobreza le impidió pagar la medicación de su madre, enferma, o mantener caliente su casa. “Sufrió mucho por ello, porque su madre acabó muriendo por eso”, contaba Raatz. La obra elegida por el dúo no se parece al resto de su música, perteneciente este último a un estilo más moderno.

A continuación Raatz interpretó una pieza, para violín y voz, compuesta por ella misma, bajo el seudónimo de Clara Jaz. Estos dos conciertos, el de Sigüenza y el de ayer en el Centro de Ibercaja, han supuesto su estreno oficial ante el público.  Pertenece al grupo de composiciones que Raatz está ahora grabando en su disco, “de cuarenta minutos de música propia”. De hecho, los 'Siete colores', que así se llama la pieza, será uno de los extras de ese CD. “Es una composición de música moderna. Soy consciente de que no le va a gustar a todo el mundo, al igual que hay mucha gente a la que no le gusta el arte moderno en pintura. Si tuviera que decir a qué pintura me recuerda, diría que me hace pensar en la de Picasso”, definía su autora. La violinista estuvo intensa y precisa, dejando asomar en cada nota su fértil momento creativo.

La última composición interpretada en el concierto fue igualmente la última obra del francés Claude Debussy, la 'Sonata para violín y piano en Sol menor'. Forma parte de una serie de seis sonatas, para diferentes instrumentos, que le dedicó a su tercera mujer, Emma Bardac. “Es una de mis piezas favoritas para violín y piano de siempre. Pese a no quedarle mucho tiempo de vida, más que intuir su propia muerte, es al contrario, trasluce optimismo, vitalidad, como si hubiera alcanzado una especie de acuerdo antes de llegar al otro mundo”, afirma la violinista, que calificó la música como claramente impresionista. “Creo que algunos compositores son capaces de ver los colores cuando añaden las notas a la partitura. En mi caso, puedo decir que los veo cuando interpreto lo que escribieron”.
Además de su virtuosismo con ambos instrumentos, ambos hicieron gala de una sensibilidad especial que trasluce el buen momento artístico y personal que atraviesa la pareja, llena de proyectos.

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