El alcalde que trajo la luz eléctrica y los toros a Azañón

SEBASTIAN CASTILLO CARBONERO. AZAÑÓN (TRILLO)

Sebastián Castillo Carbonero nació en Azañón (Trillo) “el 20 de enero, San Sebastián el primero” de 1918. Cumplirá 93 años en unos días. Habla de 1930 como si fuera ayer mismo. Sebastián empieza diciendo que necesitaría todo el día para contar su historia. Minutos después, cuando le escuchamos explicarse, en un correctísimo castellano por cierto, nos dimos cuenta de que en esto precisamente no bromeaba. Tiene un humor excelente, hace chanzas y mira atentamente a sus contertulios para ver si las cogen.


Tiene un humor excelente, hace chanzas y mira atentamente a sus contertulios para ver si las cogen. Mantiene su carácter enérgico y todavía mide más de 1.75 metros. Es inusualmente alto para la época en que nació. “De chicos había otra clase de juegos, más pobres que los de hoy. La china, por ejemplo. Se ponía una piedra en el suelo y con otra tirábamos a ver cuál le daba. Luego medíamos los pasos de distancia entre una y otra para saber quién ganaba. También jugábamos a las cajillas con las tapas de las cajas de cerillas corrientes. Las guardábamos como pan bendito.  Había otras especiales. Tenían una gomita, levantabas la tapa, ustedes ya no se acuerdan de eso, y dentro estaban las cerillas. Valían por cinco de las otras”.

Esto era lo que hacían los niños de la Guadalajara rural a finales de los locos años 20. Claro que de locos, en Azañón, tuvieron bien poco. “De jóvenes jugábamos a la barra. Dibujábamos una raya en el suelo que no se podía pisar, y tirábamos. Los barrones valían, según caían”.  Se levanta y simula el movimiento que debía hacer para lanzar. “Y al garrote”, prosigue. Como los interlocutores no teníamos idea de qué era eso, Sebastián  lo explicó muy gráficamente. “Nos sentamos,  tus pies con los míos, y los dos agarramos la vara. El que más fuerza tiene, alza al otro. El tío Anastasio, que ha muerto ya, era el mejor. El tío Agapito y yo, andábamos a una. Tan pronto levantaba  yo el culo, como  él, pero Anastasio nos llevaba a todos. Las mujeres jugaban al julepe y hacían sus corros en las eras o en la plaza”.

Le tocó hacer la mili en plena Guerra Civil. “El 18 de febrero de 1937 me marché del pueblo, atravesando a la aventura la zona contraria a mis ideas. Agapito estaba de criado con el tío Franchís. Nos conchabamos para marchar los dos. Él aprovechó su oficio para afanar  un buen trozo  de jamón. Nos lo comimos en una bodega con idea de salir por pies después. ¿ Y dónde vamos según está la noche de oscura?, me preguntó el compañero. Desanimó la cosa. Sobró jamón. Si no se lo han comido los gatos, aún está en escondido debajo de una piedra en las cuevas”, cuenta. Cuando oscureció el día siguiente, Sebastián cogió el portante y se marchó de una tirada a Valtablado del Río. Durmió en la Casa del Pueblo. A primera hora, con muchas precauciones, retomó el camino nevado.

En pleno mes de febrero, descansando cuando podía en parideras, al raso y entre los pinos, por fin encontró acomodo entre las tropas acuarteladas en Cobeta. “El jefe de guerrillas era un médico que se llamaba Pedro. Me pidió a todo trance que me quedara con ellos, pero yo  quería ir al frente. Si  tienes ese gusto, me contestó, vete a morir al frente, y él mismo me llevó en su coche al cuartel Molina de Aragón. Allí pasé quince días. Nos trasladaron a Calatayud, a hacer la instrucción, y luego a Teruel. Fui destinado a un pueblo que se llama Caudé”. En el que llamaban el Cerro Gordo, llovían las balas y las bombas en la primavera de 1937. “Nuestra primera misión fue repartir la  munición por las trincheras. Recogíamos las cajas del polvorín, las alzábamos en vilo de las asas y las racionábamos por los puestos. Así hicimos dos viajes. Al volver por el tercero, no encontramos el almacén. Lo habían  volado. Había cuatro chiquillos repartiendo las balas.  Desaparecieron”.  Meses después  trasladaron a la unidad del azañonés a Orihuela del Tremedal, en la frontera turolense con Guadalajara, donde las escaramuzas sangrientas no eran tan frecuentes. Al terminar la contienda movilizaron a las quintas del 39, 40  y 41. “Los que habíamos luchado en la Guerra  teníamos un permiso trimestral. Tres meses cumpliendo el servicio y otros tres en casa. Y así fue como yo hice la mili”, termina Sebastián enlazando como el mejor de los portavoces con la pregunta inicial.

En Azañón no hubo represalias ni crímenes de guerra. Poco después de volver al pueblo, Sebastián se casó con Flora Sales García en la Iglesia de Morillejo, de donde era natural la novia. “Nos casó don Prudencio Escribano, el cura de mi niñez con quien también había coincidido en tierras de Molina en el 37. Mi mujer y yo nos volvimos en burro a Azañón, y esa fue la luna de miel”. El matrimonio tuvo cinco hijos, tres chicas y dos chicos. Antes incluso de licenciarse, Sebastián había solicitado la cartería. “Yo tenía méritos más que nadie.  Y me la concedieron por tesón”. Así comenzó una carrera profesional de 42 años que terminó con la jubilación. “Hoy un cartero puede vivir de su oficio, entonces no. Teníamos que pluriemplearnos por obligación. Recogía la correspondencia a la una de la tarde y entregaba al otro día, a las siete de la mañana”.

Al autobús de línea le llamaban también coche correo precisamente por esta misión adicional que tenía. “Unos días subía la Flora Villa y otros los Bachilleres. El coche me traía la correspondencia desde Guadalajara y los giros y certificados desde Cifuentes, adonde estaba primeramente la administración. Luego la trajeron a Trillo. Isidoro Ruiz, quinto mío, fue muchos años su responsable”.

Según lo recogía en la carretera, Sebastián subía el correo a Azañón  y lo repartía. Sin entretenerse, tomaba el camino de Morillejo y subía andando los ocho kilómetros que hay hasta la localidad vecina con los paquetes acuestas. “Así lo hice durante 15 años. Si estaba lloviendo, cogía mi paraguas,  y a Morillejo. Si estaba nevando, a Morillejo. No falté ni un solo día  de servicio. Cuando arreglaron los caminos, subía en  bicicleta hasta donde podía y cuando asfaltaron la carretera,  en la moto. “Me indemnizaban la gasolina porque era agente motorizado. La mantenía siempre a punto y limpia. Antes de comprarme mi primer coche, un Citröen dos caballos, se la cambié a un cartero de El Recuenco. La moto también siguió en el oficio. Cuando se  jubiló el cartero que hacía Viana, La Puerta y Cereceda,  a mí me adjudicaron Viana y La Puerta. Estuve ocho años repartiendo las cuatro pedanías de Trillo”.  Sebastián  llevaba de todo en el zurrón, incluida paquetería. “Había un cura jesuita que era de Morillejo que se llamaba José María, el Cascajo que le dicen. Muchas veces se sentaba conmigo a charlar un rato. Me decía: Sebastián, cuanto te tienes que acordar de mí, y  no por bien. Me hablaba así porque cuando estaba en el seminario le mandaban unos paquetes de libros de mil demonios, y el Sebastián tenía que llevárselos acuestas a Morillejo. Cómo sería la cosa que se santiguaba mientras abría  el paquete.  Yo le contestaba que antes que él me había santiguado yo. Siempre he tenido sentido del humor”, cuenta divertido el viejo cartero. Al hilo de la conversación su familia se incorporó a la conversación. Primero su mujer, y luego sus hijas y yernos. Todos le escuchamos con atención.

Además de cartero, Sebastián fue alcalde. En aquellos años todavía no había luz eléctrica en Azañón. “Había que alumbrarse con velas o con carburos, cada uno como podía. Entonces el Gobernador de Guadalajara era José Fernández”. Tendieron la línea desde Carrascosa, por la dehesa, hasta atravesar la carretera, pero el ingeniero de obras públicas estaba de punta con el que era entonces el presidente de la Diputación. “El rifirrafe nos perjudicaba mucho. La instalación estaba toda hecha, el transformador listo, y la luz sin venir. Yo iba muchos días a Guadalajara a pedirle al gobernador que solucionara el problema”.  Al final tomó cartas en el asunto. Les puso de acuerdo diciéndoles que Azañón necesitaba el servicio y así fue como se hizo la luz  en el pueblo. “Lo celebramos con unos cacahuetes, cuatro vasos de vino y cuatro tostones. No había para más. Yo había visto la luz en el  molino de Carrascosa, pero había en el pueblo quien no la conocía. Esto fue en el año 1943”, recuerda Sebastián. El agua llegó al pueblo más tarde, en 1950.

Además de cartero y alcalde, Sebastián fue también largo tiempo el juez de paz hasta que un buen día el que era Secretario Municipal, Francisco Cano, le llamó para comunicarle que  se habían agrupado los cargos con el nuevo orden administrativo. “Habrá  alcalde pedáneo, pero juez no, me dijo. Mi contestación fue que no me importaba que me quitaran de juez, lo que sentía era que me dejaran sin sueldo. Como no cobrábamos nada, se echó a reír”. El puesto para los cuatro pueblos recayó sobre Isidoro Ruíz. Hasta que dejó la responsabilidad, siempre hubo algún asunto menor en el que tuvo que intervenir como juez, cosas sin importancia. “En Azañón la gente se lleva bien. No hay rencores”, sostiene.

Como alcalde, juez y mayor del pueblo, la de Sebastián es una voz autorizada en lo que se refiere a las fiestas locales. “Hoy se viven más artificialmente. Antes era más natural. Había una hermandad, la del Santísimo Cristo, de la que todo el pueblo, menos dos, éramos cofrades.  Llevaban, con el cura, el peso religioso. Las celebraciones se hacían siempre en El  Pósito, o almacén del pueblo”.  Periódicamente llegaban a Azañón gitanos húngaros que anunciaban su “maravillosa función” con una trompeta. Recorrían España en un carromato con dos ruedas del que tiraba un mulo. En las cuestas le tenían que empujar a la caballería porque la flojera y el peso rebasaban con creces sus energías. “Llevaban un mono y una cabra atados al carro. Todos los vecinos del pueblo subíamos a ver la función”. La fiesta se hacía el ocho de septiembre.

También fue Sebastián el primer alcalde que trajo toros a Azañón. El festejo se lidió en un pedazo cercado con maderas para tamaña ocasión. “El toro se llamaba Minuto. Salieron muchos valientes,   y a todo el que salió, lo revolcó,  a mí el primero. No había maletillas, había aficionados regulares que le ponían la banderilla a traición al ganado”. Un tiempo después se cambió la ubicación taurina por la de la Plaza Mayor. “Pusimos barreras en las bocas de calle”, recuerda Sebastián. Los toros se hacían el nueve de septiembre. Los músicos venían de Carrascosa.  Uno tocaba el violín y otro la guitarra. Sabían muchas piezas.  “Hacían el corre corre, seguidillas y jotas.  Y para bailar bien, la tia Cecilia”.

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