Luis Ribot durante su ponencia el testamento de Carlos II. Luis Ribot durante su ponencia el testamento de Carlos II.

"En la paz de Utrecht España fue despojada de sus posesiones europeas"

Luis Ribot, catedrático de Historia Moderna de la UNED, sus principales campos de investigación son la Italia española, la Historia Militar y el reinado de Carlos II.

Recibió el Premio Nacional de Historia de España en 2003 por su libro  La Monarquía de España y la Guerra de Mesina (1674-1678). En 2010 es nombrado académico de número de la Real Academia de Historia, dedicando su discurso de entrada al tema "Orígenes políticos del testamento de Carlos II. La gestación del cambio dinástico en España.


Pionero en el estudio de esta etapa, en su ponencia dentro de los Cursos de Verano de UNED Guadalajara, señaló como en la actualidad se están realizando muchas investigaciones, especialmente en el terreno de la historia política sobre la segunda mitad del siglo XVII, a la que se está considerando como “el laboratorio político” de los cambios tan importantes que tendrán lugar en el siglo XVIII.

El profesor Luis Ribot participó el jueves 4 de julio en el Curso de Verano: La Paz de Utrecht y el equilibrio de Europa.  Tras impartir su ponencia " El testamento de Carlos II" mantuvimos con él la siguiente entrevista:

P.- En su discurso de entrada en la Real Academia de la Historia, abordó los antecedentes del Testamento de Carlos II. En líneas generales ¿cuáles fueron los principales motivos que determinaron este testamento y no otro?

R.- La gran cuestión que marcó el reinado, agudizándose a medida que transcurría este, fue la incapacidad del monarca para engendrar un hijo que heredara sus muchos reinos y territorios. Hay que tener en cuenta que la Monarquía de España no solo disponía de la España actual, sino incluía diversas posesiones en Italia, los Países Bajos, Luxemburgo, una parte importante de América, y otros territorios, extendiéndose por los cuatro continentes entonces conocidos.

La incertidumbre sobre lo que habría de ocurrir con todos ellos a la muerte del rey se convirtió en el gran argumento de la política internacional, despertando las ambiciones de cuantos príncipes podían esgrimir algún derecho. Al final del reinado tales príncipes eran solo dos, uno de la Casa de Borbón y otro de la de Habsburgo.
La decisión a favor del Borbón (Felipe V) estuvo determinada por un gran pragmatismo por parte tanto de los gobernantes como del rey. No solo era el que tenía más derechos de parentesco, sino que la protección de la poderosa Francia de Luis XIV suponía la mayor garantía para el mantenimiento de la integridad de la Monarquía, que era el objetivo prioritario tanto del rey como de los miembros del Consejo de Estado. Fue sin duda la decisión más prudente. La prueba está en que las potencias europeas –salvo Austria, que quedaba aislada- reconocieron el testamento y al nuevo rey de España.

Solo un par de años después y por culpa de las imprudencias de Luis XIV se echaron atrás y declararon la guerra, decididos a respaldar al pretendiente austriaco. De haber sido designado este en el testamento, la guerra habría sido inmediata, pues Luis XIV no estaba dispuesto a aceptarlo y había reunido un potente ejército al otro lado de los Pirineos.

P.- Con respecto a la expresión “Ningún reinado en toda la historia de España goza de peor fama que el Carlos II “¿Podría decirnos qué hay de cierto en esta afirmación? ¿Podemos considerar que la historiografía ha sido justa con Carlos II?

R.- Ciertamente fue un reinado con bastantes menos aspectos brillantes que los de sus antecesores, aunque no careció de ellos. No estoy de acuerdo, sin embargo, en que sea el peor valorado de nuestra historia, y en cualquier caso no sería justo. Hay que distinguir, por otra parte, entre el rey y el reinado, que es algo mucho más complejo, pues abarca toda la realidad, los hechos y personajes del periodo.

En cuanto al rey, es evidente que habría que situarle entre los peores de nuestra historia, aunque hay unos cuantos que le superan. Tuvo al menos un sentido de la dignidad y de la realeza muy superior, por ejemplo, a los de Fernando VI, Carlos IV, Fernando VII o la propia Isabel II. Respecto al reinado, la imagen tradicional lo ha cubierto con el manto negativo y uniformizador de la “decadencia”, que esconde los muchos aspectos positivos que hubo en aquellos años.

Por señalarle algunos, le diré que, pese a no ser ya la potencia hegemónica, España seguía siendo uno de los grandes de la política internacional; hubo gobernantes de gran altura y realizaciones políticas importantes, como el alivio fiscal de los súbditos de la corona de Castilla o el final de la terrible escalada de endeudamiento que había provocado, desde Carlos V, la política hegemónica. Parece evidente que la recuperación económica del siglo XVIII hunde sus raíces en estos años. En el terreno de la cultura, asistimos al periodo final del brillante siglo de Oro, con figuras como Calderón, Claudio Coello o Carreño Miranda.  

P.- ¿Cómo era Carlos II? Los retratos pictóricos, las fuentes de la época  ¿trataron justamente la figura de Carlos II?

R.- Las fuentes suelen ser bastante precisas en el tratamiento de los personajes. Lo que ocurre es que hay que conocerlas todas, no quedarse solo con algunas. Cuando se ve el conjunto de ellas, se obtiene una imagen matizada, dado que las más positivas se equilibran con las que lo son menos o con las negativas.
Por otra parte, hay que tener en cuenta la índole de tales fuentes. Las más interesantes son las que podían ser sinceras, como por ejemplo las relaciones que enviaban a sus respectivas cortes los embajadores acreditados en Madrid.

Los retratos pictóricos eran otra cosa y en ellos no hay lugar para la espontaneidad. Son retratos “de corte”, un género muy elaborado y sofisticado en el que se busca siempre exaltar al personaje, disimular sus defectos y potenciar los elementos propios de la realeza.

Conviene recordar que Carlos II fue probablemente el rey más retratado de nuestra historia, pues vivió una época de fuerte exaltación del poder real a partir de modelos creados básicamente en Francia por Luis XIV.
En cuanto a la pregunta de cómo era el rey, no resulta fácil responderla en unas cuantas palabras. Era un ser poco capacitado para el oficio que le tocó desempeñar, bien intencionado, con sentido de la realeza, profundamente religioso como todos sus antecesores y poco constante en la dedicación al trabajo burocrático. Su inteligencia entraba dentro de la normalidad, aunque no fuera excesiva, a lo que se unía el hecho de que no recibió la formación adecuada.

P.- La popular distinción entre Austrias Mayores y Menores, desde su punto de vista ¿tiene razón de ser?

R.- Se trata de una distinción realizada hace bastantes años y que los historiadores no utilizamos ya desde hace mucho tiempo, porque establece una diferenciación demasiado rígida, y en muchos aspectos inadecuada, entre los Austrias del siglo XVI (Carlos V y Felipe II) y los del XVII (Felipe III, Felipe IV y Carlos II).
Es además terriblemente maniquea, pues distingue entre buenos y malos, cuando todos sabemos que la realidad ofrece siempre muchos matices. El problema es que en Historia las ideas “populares” como usted ha dicho se mantienen mucho tiempo y adquieren una enorme solidez, por lo que resulta muy difícil desarraigarlas
 
P.- ¿Qué implicaciones tendría para el futuro de “España” el testamento de Carlos II? ¿Y para el resto de “estados europeos”?.

R.- Enormes para ambos. El futuro de Europa dependía del porvenir de los muchos territorios que integraban la Monarquía, y también lógicamente el de España. La guerra de Sucesión impidió que se hiciera realidad el viejo sueño de que se mantuvieran unidos, que era en realidad bastante difícil.

En la paz de Utrecht, de la que este año se conmemora el trescientos aniversario, España fue despojada de sus posesiones europeas, haciendo realidad las propuestas de reparto que se habían discutido en los años anteriores a la muerte de Carlos II.

Pero la guerra se produjo también en el interior de España, pues la corona de Aragón apoyó al pretendiente austriaco, proclamado como rey Carlos III. La victoria de Felipe V cambió la relación constitucional con los súbditos de la corona de Aragón, pues como castigo suprimió los fueros, estableciendo un nuevo marco de relación política a través de los conocidos como “decretos de Nueva Planta”.

P.- En líneas generales ¿Qué repercusiones tuvo para España el cambio de dinastía?

R.- Muchas. Las monarquías eran esencialmente un hecho patrimonial y sus titulares accedían a ellas en virtud de unos derechos dinásticos. La pugna que se produce es, por tanto, una cuestión estrictamente de derechos. El problema es que, a medida que se va desarrollando la guerra y se decantan los partidarios de uno y otro, se produce una división que tiende a respaldarse en hechos más profundos que la simple opción entre ambos.

Al cabo, y sobre todo después de que Felipe V adoptara una nueva forma de gobierno para la corona de Aragón, fue surgiendo toda una ideología vinculada a la defensa de los derechos de la casa de Austria, el llamado “austracismo”, que reivindicaba los derechos forales frente al centralismo de Felipe V. Todo ello ha dado pie al nacionalismo catalán a reivindicar aquella guerra, señalando en su oposición a Felipe V el origen del que llaman su “conflicto” con España.

En ello hay, sin embargo, una grosera e intencionada manipulación histórica, pues en aquella ocasión Cataluña no luchó contra España, sino que defendió –no solo para Cataluña sino para toda la Monarquía- un monarca distinto al Borbón, lo mismo que hizo el resto de la corona de Aragón (Aragón, Valencia y Baleares).
Por otra parte, hubo también catalanes –y súbditos de la corona de Aragón- partidarios de Felipe V, así como gentes del resto de España partidarias de Carlos III. Además, no resulta correcto contraponer un Felipe V centralista a un Carlos III respetuoso con los derechos de los reinos. Cuando se convirtió en emperador de Austria (Carlos VI), realizó una política territorial no muy distinta a la del soberano español.  

P.- La conmemoración de los 300 años de la muerte de Carlos II en el 2000 pasó prácticamente desapercibida, mientras que los 300 años de la Paz de Utrecht están siendo conmemorados por lo menos académicamente en muchas las Universidades. ¿A qué se debe en su opinión esta diferencia?

R.- Es algo lógico. La no conmemoración de Carlos II se explica por la escasa relevancia del personaje, mientras que la paz de Utrecht tuvo una enorme importancia para toda Europa. No olvide que se trata de uno de los tratados de paz más importantes de la Historia. Tal vez por ello se está conmemorando más fuera de nuestras fronteras que en la propia España.

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