Sara Arias, alias Pimpilipausa

PAISANAJE GUADALAJARA

Sara Arias remueve un poleo en la cafetería del Casino Principal donde se expone ahora “Transiciones a lo azul”, su último trabajo. Esta joven alcarreña, que estudió Bellas Artes en Cuenca, vive entre pinceles, acuarelas y café.  Además de organizar exposiciones, en su día a día anda “estresada” cursando diseño gráfico en la Escuela de Arte y dando clase de expresión artística en talleres creativos para niños y adolescentes en StudioPlay: “con los niños me lo paso genial, estoy enamoradísima y cada clase que voy me gusta más” comentaba con una sonrisa inmensa.

Cuando le queda tiempo, entre unas cosas y otras, se dedica a lo suyo, que es crear; normalmente con sus pinceles y sus colores, pero últimamente también le ha dado por la costura. Cuadros, láminas, agendas, calendarios,  camisetas y vestidos son algunas de sus creaciones y también tiene entre manos varios proyectos de ilustraciones de libros. No para.

“Soy proactiva, hiperactiva incluso, por fuera parezco una chica tranquila pero mi mente va prrrrrrrrrrrrr”, dice emulando a una especie de motor con pedorreta, “y por las noches estoy cansadísima pero no puedo dormir porque no paro de dar vueltas a todo lo que puedo hacer”.

Y es que debe ser muy cansado tener un alter ego, porque Sara Arias es también Pimpilipausa. ¿Por qué Pimpilipausa? “Ay no, por favor, que eso nunca lo cuento…” dice en seguida. Pero lo cuenta, porque donde hay confianza da asco. “Pimpilipausa viene de la palabra mariposa en euskera… y es el nombre que me quería poner mi madre” confiesa entre risas “nunca lo cuento porque es una mezcla de orgullo-vergüenza… Pimpilipausa ¿te imaginas? Menos mal que mi padre estaba por allí y dijo “oye, Sara también es un nombre bonito”.

Así que se llama Sara y Pimpilipausa es su nombre artístico, ¿quién dijo que no se podía contentar a todo el mundo? Y de ahí empezó a surgir su identidad artística: “un día, cuando estudiaba Bellas Artes en Cuenca, decidí que iba a hacer mariposas de papiroflexia y a colgarlas por donde fuera: por el parque, por la universidad… luego, cuando venía a Guada, me las traía conmigo y las iba dejando también por todas partes”. Y de ahí su logotipo: una mariposa de papiroflexia que revolotea por sus creaciones.

Por otro lado, la mariposa le permite crear paralelismos con su obra, que siempre está llena de color, ligereza y vitalidad pero, además, queda esa metáfora de lo efímero. “Las mariposas tienen tres días de esperanza de vida, y es un poco mi manera de pensar y de trabajar” explicaba, “yo utilizo la acuarela porque es rápida; tengo una idea y ¡zas!, ya está, en seguida está plasmada en el papel y en mi cabeza ya hay hueco para pasar a la siguiente”.

Pese a todo ese color, a la luminosidad y a la energía que Sara desprende, se encuentra ahora inmersa en una etapa de transición y desencanto, de esas a las que los jóvenes precarios de hoy en día estamos predestinados. Vivir del arte es una tarea muy difícil y Sara añade “muy frustrante”, un querer y no poder. “Es una lucha continua contigo misma y con la sociedad, porque tú das y parece que no recibes mucho, entonces sigues dando y llega un punto en que te chocas… Vivir del arte es muy difícil pero más difícil es tener la mente estable”.

Pimpilipausa está ahora un poco en esa cuerda floja y lo refleja muy bien en su última exposición “Transiciones a lo azul” en la que poco a poco a poco su mundo de colores se va deformando y desdibujándose: “por  dentro sigo siendo de colores pero alrededor lo veo todo un poco negro y el negro siempre pesa más que cualquier otro color, pero también es importante ¿no?”.

Sin embargo, en su obra se ha colado el azul: “cuando vivía en Inglaterra empecé a utilizar el azul sin darme cuenta, de repente pintaba todo con azul…”. Cuando le pregunto que por qué el azul Sara me habla de un diseñador que lo empleaba cuando no sabía que color usar, pero para ella quizás tenga más que ver con el agua. Para una persona que ha pasado buena parte de su vida nadando y buceando como un pececillo en el Club Alcarreño de Salvamento y Socorrismo el agua es clave. “Es una de mis mayores fuentes de inspiración, también lo son el café y la vainilla,  pero es que el agua es vital”.

¿Y Guadalajara de qué color es? “Color caca, como dirían los niños”, las cursiladas están sobrevaloradas,  “siempre la he visto muy marrón, es un poco todo el secarral alcarreño”. Sin embargo, la gente no es marrón, “veo mucha gente de colores, quizás cada uno de un color diferente, pero cuando se juntan hacen una mancha muy guay”, comenta. “Esta ciudad tiene gente muy interesante y muy curiosa, buena gente de verdad… A veces conoces personas geniales y te sorprendes incluso de que sean de aquí, pero es que la gente de Guada mola”.

Y es que Guadalajara es “una ciudad que nos transmite un poco ese amor-odio, a toda nuestra generación  yo creo”, apuntaba Sara. “Amor por tu gente, tu familia y por tu ciudad, por juntarnos todos aquí, conocer a todo el mundo y pasarlo genial juntos... pero luego está ese odio de una ciudad fantasma donde no tenemos nada que hacer y donde encima tenemos Madrid al lado y quien quiere hacer algo acaba marchándose de aquí”.

Cuando volvió de Cuenca “tenía la sensación de que si quieres algo en esta ciudad te lo tienes que hacer tú mismo” y ella lo hizo: exposiciones, jams sessions de poesía en los bares del centro o quedadas en los parques para hacer “dinámicas culturales” que iban desde la música, la pintura o la poesía hasta los malabares. Y es que Sara Arias es incombustible cuando se trata de crear (arte, movimiento, espacios de cultura y dinamismo) y aunque anda bastante ocupada viviendo el presente como para preocuparse por el futuro, haga lo que haga y transicione al color que sea, seguro que seguirá empuñando sus pinceles y sacará a volar sus mariposas para darle un poco de color a esta ciudad.

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