Juli y Antonia, propietarios del Bar Sol, junto a su hijo menor Antonio. Juli y Antonia, propietarios del Bar Sol, junto a su hijo menor Antonio.

Bar Sol, hostelería con años y suerte en Guadalajara

Hoy se celebra Santa Marta, patrona de la hostelería y no había mejor día para homenajear a uno de los bares más veteranos de Guadalajara, el Bar Sol, en la calle Padre Hernando Pecha, donde Julián y Antonia echan años al bar al tiempo que los suman a su matrimonio, pues a Guadalajara vinieron desde Valencia de viaje de novios, por ver a su hermano, y aquí se quedaron regentando el Bar Sol hace 43 años.

Lo suyo es vocación en vena, pues incluso se llegaron a jubilar hace 5 años, cuando Juli cumplía los 65, pero después de una mala experiencia con el arrendamiento del bar, y de comprobar que en casa se aburrían demasiado, volvieron a colgarse el mandil y meterse tras la barra del bar Julián, y tras los fogones Antonia, a hacer lo que siempre han hecho, ser hosteleros.

Al principio el bar era arrendado, “por mil pesetas al mes bar y vivienda”, nos cuenta Juli, que con su noble apellido, Ladrón de Guevara, había empezado siendo camarero en Madrid, y se vino a Guadalajara a vender chatos de vino que llegaban en barricas desde Villaconejos. 

“Tras quince años trabajando sin tener siquiera vacaciones, juntamos el dinero para comprar el local y eso hicimos”. El nombre venía heredado de un primer establecimiento en la zona baja la calle Mayor que abrió uno de Soria, y a Antonia, que es del Puerto de Sagunto le gustó, porque además pensó que es un nombre que trae suerte, Sol. Y así debe ser, porque un golpe de suerte millonario en la lotería también les ayudó para la reforma del local, para comprar una vivienda en el piso superior y unir la suya al bar como comedor, convirtiéndolo también en restaurante hace casi 30 años. 

La edad de oro de este señero local de hostelería se produjo en la década de los 80, cuando las Ferias de Guadalajara, que se celebraron en el Parque de la Concordia hasta el 77, se trasladan al  viejo Ferial, ahora reconvertido en Parque de Adoratrices con parking subterráneo. “Eramos el centro neurálgico de las peñas, que estaban casi todas ubicadas por estas calles, y nos hartábamos a darles de comer y beber”, señala Juli, que recuerda en aquellos tiempos "sudar la gota gorda". También recuerdan con cariño cuando daban de comer al equipo de atletismo de los cubanos.

El asador de pollos del Bar Sol fue el segundo de todo Guadalajara, solo había otro en Galeprix, y las cenas de pollo asado con patatas y pimientos, por un precio bien ajustado, han surtido a varias generaciones de guadalajareños. Pero no sólo eso, pues el toque como cocinera de Antonia, que había empezado como dependienta de una confitería, ha ido creciendo con recetas valencianas que cada vez se hacían más alcarreñas, pero de las de sabor auténtico y tradicional. La tortilla de patata reciente y jugosa, las croquetas d e verdad caseras, los calamares, los callos, las cabezas de cordero, la ensaladilla rusa, el chorizo frito, las bravas y como no, los afamados zarajos de Cuenca, de los que Antonia asegura que llegó a vender 3.000, en una semana de ferias. Entonces el bar tenía hasta tres camareros y dos cocineras contratadas. Eran otros tiempos.

Platos sencillos pero con fundamento, dos calificativos que sirven tanto para la cocina del Sol, como para sus hosteleros, que con sencilla amabilidad, pero con fundamental experiencia, saben manejar a la clientela, no ya sólo para servir una caña y una tapa, sino también para dar cumplida conversación o necesitado consuelo. A Julián nunca le falta la sonrisa, aunque ahora haya que adivinarla a través de la mascarilla, ni siquiera cuando un día después de abrir tras el confinamiento le entraron a robar, “pero oímos levantar le cierre y bajamos rápidamente, por lo que no se pudieron llevar nada”, dice, “más destrozo hicieron hace años cuando empotraron un coche contra la puerta”. A Antonia le resulta igual de fácil sonreír, sobre todo a los conocidos y nunca renuncia a salir de los fogones con su delantal para saludar a la parroquia, “porque algunos son clientes de toda la vida, venían de chavales y ahora vienen hasta con los hijos”.

Y aunque este ha sido siempre un negocio familiar y ellos tienen dos hijos, ni ellos, ni sus padres, querían que siguieran con el oficio de hosteleros, “tienen  estudios y buenos trabajos que son bastante menos sufridos”, dice Julián.  Por eso ahora ya tiene claro que seguirán tras la barra, “hasta que el cuerpo aguante”, y en apariencia hay cuerda para rato, y eso que ahora están solos al frente del bar y hasta siguen ofreciendo el menú del día, o comidas de encargo. "No pesan los años, pesa más la incertidumbre", dice Juli que como todos los hosteleros, anda bien preocupado por como saldrán las cosas con esto del coronavirus.

 

 

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