Estilo y sigilo del Tenorio Mendocino por la calles de Guadalajara

El mito del seductor más conocido de la literatura española, Don Juan Tenorio, tiene en Guadalajara apellido noble que lo emparenta con los rincones monumentales de los Mendoza en la ciudad, de modo que la obra de José Zorrilla, se ha convertido aquí, capeada por Gentes de Guadalajara, en toda una fiesta Mendocina. Su interés, más allá de una declaración regional que valga de marchamo, se demuestra cada año, y ya van veintidós, con cientos, o algún mil, de guadalajareños siguiendo la invitación del burlador a la intemperie, durante casi cuatro horas, hipnotizados por el buen hacer de 150 aficionados que ponen alma y arte, unos delante y otros detrás del escenario.

Y anoche hubo reventón de público. Que no coincidiera con la noche de Difuntos, que no hiciera frío bajo la luz de la luna y el destello de Júpiter y que para hoy hubieran anunciado lluvias, fue bastante para convencer a muchos, que no había que perderse la ocasión. Era tanta la gente que quiso seguir cada una de las siete escenas programadas, que algunos se quedaban sin sitio y optaron por alternar monumentos, a fin de coger primera fila, sacrificando algún retazo de la obra. Esta vez el público aguantó en número hasta el final, al filo de las dos de la noche y eso que alguna que otra gota de lluvia sorprendió en la escena final, en la que Don Juan es atrapado en el infierno.

Junto al calor del público, nada faltó, en la representación, que no por sabida, deja de sorprender, con esa rotación de personajes y esos elementos innovadores que sin agotar imaginación cada año nos sirve la directora del evento, Abigail Tomey en inagotables modos de presentar el mismo referente. Como esa crpta del invitado de piedra, que tan pronto es el sótano delos Remedios, como este año una ventana del museo.

Este año además parecía el milagro de Canán, multiplicación de recursos, ante la escasez de medios, con más luz, más sonido y más figurantes.  Y esto multiplica las razones para afirmar, que cuando todo parece decaer, algunas cosas permanecen, y hasta se mejoran.

Mejorados estaban los papeles, entre otros, de Julio Prego como Don Juan, Julia Piera como Doña Inés (joven) y María Nieva es Doña Inés (mayor) , e inmejorables los de la incombustible Josefina Martínez vestida de Brígida; o el la Madre Abadesa con Carmen Niño que sustituye a la habitual Mª Pili San Juan.

La sorpresa de la noche la ponía Juan Morillo, un registro inédito en este Tenorio, interpretando el papel que siempre será el de Javier Borobia, Don Gonzalo, con enjundia y pasión en su partitura escénica. El aderezo escénico con los tambores de Flandes, la coral de la Esperanza o la voz de José Antonio Alonso, no deja de ser un acierto.

Y los cuerpos y las palabras de los actores se entreveraban en una escena y otra con el marco de los monumentos mendocinos en perfecta simbiosis, sin saber quien embellece más a quien, en esa suerte de ficción que roza el sueño histórico. Primero la plaza de Santa María, luego la fachada de la Cotilla, el claustro de la Piedad, el Patio de los Leones, el zaguán del Infantado, para volver a la Piedad, pero en su patio, frente a la fachada de Covarrubias, donde una se convence que las sombras de ultramundo están vivas.

Pero nada de esto es casual, que todo el Tenorio Mendocino se produce de un trabajo tangible de ensayos, de prueba y error, de encontrar el movimiento justo, la mirada precisa, el volumen exacto, la pausa y la soltura. Todo un rito para revivir cada año este mito de fama universal, aunque la fama que nos ocupa sea local.  Nació con todo el sigilo hace ya más de dos décadas en la chanza de un bar, pero permanece gracias al tesón y el gran estilo de esas Gentes de Guadalajara. Gracias.

Y ya solo resta recordar, que esta noche, si la lluvia no lo impide, repetimos, a partir de las 21:30 horas desde la plaza de Santa María.

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