Miércoles, 27 Junio 2018 09:57

El gallego que no sabía que era de Luxemburgo

Escrito por Blanca Calvo
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 Xabier Puente Docampo era, entre otras muchas cosas, miembro del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara. Xabier Puente Docampo era, entre otras muchas cosas, miembro del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara.

 Xabier Puente Docampo era, entre otras muchas cosas, miembro del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara. Se quiso inscribir formalmente hace poco, pero ya lo era en espíritu desde el principio, hace más de treinta años, y siempre estaba dispuesto a aportar su lucidez y entusiasmo, primero a los encuentros de animación a la lectura que organizó el SLIJ entre 1985 y 1995 y luego a los maratones de los cuentos que les siguieron. Tengo muchos y muy buenos recuerdos de Xabier, y entre ellos selecciono cuatro que me permiten despedirme de él con coraje y humor, como a él le gustaría. 

El primero es de principios de los noventa, cuando el Maratón de los Cuentos coincidía con el Encuentro de Animación a la lectura, al que acabó por absorber. Xabier había venido a dar una conferencia, y la noche anterior estábamos cinco o seis personas en el claustro del Palacio del Infantado con la luna y las estrellas como única luz. Nos estábamos contando cuentos, como en una especie de ensayo general de lo que vendría al día siguiente, y entonces Xabier tuvo una ocurrencia peregrina: si [email protected] de [email protected] quería quedarse escuchando, él se comprometía a permanecer contando hasta el día siguiente, para que el Maratón consiguiera su segunda noche y avanzara de golpe muchas horas. Excuso decir que nadie dio el paso para ser su oyente [email protected], y es que era imposible encontrar otra persona como él, capaz de concebir y realizar cosas tan desmesuradas como esa cuando los cuentos andaban de por medio. 

El segundo es bastante posterior, de una edición del Maratón a la que vino para otra conferencia... o eso creía él. Llegó cuando estábamos terminando el montaje, en esos momentos apresurados en los que parece que no se llega a todo, y una de las cosas que faltaba era poner las luces en los puestos de los libreros que venden durante ese fin de semana. Xabier, que nos vio apuradas, pidió una escalera y se puso a colocar luces, y cuando terminó se autoproclamó “Electricista del Maratón”. Para poder venir todos los años, porque “los electricistas, al contrario que los conferenciantes, son necesarios siempre”. 

El tercero se ha convertido para mí en una filosofía de vida. Era un Maratón de principios de la crisis, y se estaba hablando en el salón de actos del azote que suponía ésta para la cultura. Porque si siempre les cuesta a [email protected] representantes invertir en cultura, con ella habían encontrado la coartada perfecta para dejar sus arcas vacías. Xabier, desde el patio de butacas, dijo algo que se me ha quedado grabado para siempre: “Lo contrario de la cultura no es la incultura, sino la barbarie. Y la cultura cuesta dinero; por eso, quienes queremos una sociedad no dominada por la barbarie tenemos la obligación de poner dinero de nuestros bolsillos y abrir para la cultura cajas de resistencia, como las que antes hacían los sindicatos, con el fin de mantenerla viva”. No se limitó a hablar: ese año, para inaugurar la caja del SLIJ, renunció a cobrar la conferencia para la que había venido, predicando con el ejemplo, que es la mejor forma de convencer. Y debió de seguir predicando mucho de la misma manera en los años posteriores, abriendo cajas por aquí y por allá, al tiempo que bromeaba sobre el panorama que se iba a encontrar su mujer, María Jesús, cuando él muriera y viera los “despilfarros” que estaba practicando abundante y calladamente. 

El cuarto recuerdo ha sido hasta ahora un secreto entre él y pocas personas más. También tiene que ver con su generosidad y su amor por los cuentos. En 2012, el SLIJ recibió una ayuda europea para hacer el Maratón de los Misterios de Europa, y ello le obligaba a invitar a narradores orales de los 27 países que entonces formaban la UE, más los 3 del Espacio Económico Europeo. Hicimos muchas llamadas y en todos los lugares encontramos muy [email protected] profesionales... en todos salvo en Luxemburgo, donde no fue posible encontrar a nadie que contara cuentos, quizá porque no lo había, quizá porque no supimos buscar bien. Así que, para que no faltara una historia de ese país, le propusimos a Xabier que la fabricara. La verdad es que se quedó boquiabierto con la propuesta, pero no la rechazó (era de imaginar, conociendo su reacción ante los retos) y, pasados unos días, nos mandó una clásica leyenda de misterio luxemburguesa que, si existe la justicia poética y empujamos bien sus [email protected], se convertirá en clásica. Se titula La Torre de Pettingen. No era fácil meterse en el ambiente luxemburgués pero él lo consiguió y, una vez que la leáis –la incluimos a continuación-, opinaréis, como [email protected], que el resultado es perfectamente misterioso y centroeuropeo. 

La última vez que nos vimos fue en noviembre. Le pedimos que viniera a Sigüenza un fin de semana para ayudarnos a pensar en Guadalajara como Ciudad de los Cuentos, y vino con María Jesús. A pesar de su enfermedad y su lucidez, estuvo alegre y participativo como el que más. Creo que se había propuesto seguir defendiendo hasta el final aquello por lo que le había valido la pena vivir, sin lamentaciones de ninguna clase. 

El SLIJ ha perdido, con su muerte, un socio excepcional. Entre [email protected] tendremos que reunir lo que él representaba y, aunque nunca llegaremos a su inteligente sentido del humor, quizá podamos heredar algo de su tenacidad y su claridad de ideas. Y siempre, siempre, estaremos [email protected] por lo mucho que nos ha dado a lo largo de estos años. 

Descanse en paz. 

 

Blanca Calvo es presidenta del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara,
organizador del Maratón de los Cuentos, los Viernes de los Cuentos, las celebraciones del Día Mundial de la Poesía en Guadalajara. 

 

LEYENDA ‘LUXEMBURGUESA’ – LA TORRE DE PETTINGEN 

Pettingen es una pequeña población de Luxemburgo a poco más de veinte kilómetros al norte de la capìtal. En Pettigen hay un castillo, hoy medio derruido, que dicen construido por Pitiggero Mazini en el siglo X. Al visitarlo hoy en día uno sólo se encuentra unas ruinas bien conservadas. Llama la atención en una de las esquinas de la fortificación de su gran patio cuadrangular y amurallado, una torre de construcción cilíndrica, cubierta por una techumbre cónica. Esta torre tiene cuatro aberturas que dan al interior del patio. La primera, a ras del suelo, es una puerta de madera que permanece cerrada. Por encima se abren otros tres huecos. De los que ocupan el primer y el segundo piso y que son del mismo tamaño que el hueco inferior, el primero está justo sobre la puerta y el segundo se encuentra desviado de la vertical de la de entrada algo menos de un metro. Esta disposición de los huecos hace pensar que fuesen puertas a las que se accedía por escaleras que corriesen pegadas, una a la pared de la propia torre y otra al muro de fortificación. Por último, bajo el alero del tejado, hay una ventana cuadrada y pequeña. 

Me he detenido en la descripción de la torre para que se pueda visualizar la forma en que accedían al interior las personas que las habitaban, que eran dos doncellas. Dos 

jóvenes hermosas que nada sabían de si mismas. Los nombres que usaban se los habían inventado ellas para llamarse entre si. Ignoraban la edad que tenían, cuál era su origen, quiénes eran o habían sido sus padres, qué relación tenían entre ellas. En fin, nada sabían a no ser las condiciones en las que tenían que vivir, aunque tampoco conocían quién se las había impuesto. 

Estas normas consistían en entrar y salir de la torre y del castillo cuando quisieran. Ir y venir a cualquier lugar que se les antojase, mas con una sola condición: habrían de regresar a la torre antes de la puesta del sol. 

También podían ir al pueblo y hablar con quién desearan, pero esta era una libertad un tanto inútil, puesto que lo habían hecho muchas veces y nadie jamás les había contestado. No es que no las escuchasen o no las entendiesen, es que se limitaban a mirarlas sin responderles jamás. Con lo cual nunca habían escuchado ninguna voz que no fuese la de ellas dos. 

Tampoco podían recordar o reconocer quién les había dado aquellas severas instrucciones o quién las proveía cada día de comida y de todas las necesidades materiales de una vida aparentemente feliz. Cada día aparecía lo necesario, pero jamás había visto a quien lo había aprovisionado. 

Había una tercera mujer. Pero antes de hablar de ella debo detallaros la arquitectura interior de la torre. La puerta inferior daba directamente a un espacio formado por un cilindro de piedra en cuyo interior había una escalera de caracol que subía hasta el último piso de la torre sin acceso en su camino a ninguno de los dos pisos anteriores. 

Las dos doncellas sabían que si algún día cualquiera de ellas llegaba después de la puesta del sol, encontraría las puertas de las escaleras exteriores cerradas y sólo abierta para poder entrar la de abajo. Así habría de hacerlo por encima de su voluntad. Luego debería subir las escaleras y acceder al piso superior. Eso era lo que le había ocurrido a la tercera habitante de la torre, ahora encerrada en el piso alto. A veces las otras oían que alguien subía por las escaleras y al poco escuchaban la voz de la mujer que le gritaba. Y entre los gritos, con frecuencia, entendían que le decía: 

-Háblame, maldito, háblame. 

Y ellas entendían aquella desesperación, porque sabían del dolor que les producía que las gentes del pueblo, cuando ellas les hablaban o les saludaban, sólo les devolviesen su silencio. Un horrible e insoportable silencio. Mas aliviaban su desgracia hablando entre ellas y habían organizado un juego que es tan antiguo como la capacidad de hablar del ser humano, aunque ellas estaban convencidas de que lo habían inventado ex-novo. Consistía en que cada noche una de ellas se entregaba a la dicha de inventar un cuento para narrar y la otra se daba a la felicidad de escucharlo. Por eso sabían que en el piso alto de la torre habitaba la infelicidad del que no puede escuchar jamás una voz humana. De alguien a quien nunca nadie le ha contado un cuento. 

Mas no existe ningún preso que no ansíe la libertad y las dos doncellas también. Sabían que aquello que tenían estaba muy lejos de ser la felicidad. Sabían que la felicidad es algo que se busca siempre y ellas estaban privadas de cualquier búsqueda. Nada les garantizaba que la libertad traería consigo la comunicación y que en cuanto pudiesen huir de aquel lugar las personas a las que hablasen les responderían, pero ese era su sueño y los sueños son el alimento del alma y el agua de la vida. 

Por eso hablaban de cómo habrían de actuar para poder verse libres. Y en esas conversaciones habían llegado a algunas conclusiones. La más importante era que alguien venía cada noche a aprovisionarlas de lo necesario y lo mismo hacía para aprovisionar a la mujer del habitáculo superior, y ese era un hombre, puesto que la mujer le gritaba “maldito”, en masculino. Todo consistiría en vigilar día y noche hasta averiguar por los sonidos la rutina del vigilante. No tardaron en darse cuenta de que venía cada anochecer, muy poco después de la puesta del sol. 

Desde eso ya no fue difícil trazar el plan. Se construyeron un arma con los vidrios de un vaso que fingieron romper por accidente y una tarde se quedaron afuera después de la puesta el sol. 

Al poco, desde su escondrijo, vieron venir a un hombre que atravesaba el patio del castillo. Era alto, joven y hermoso. El más hermoso que habían visto jamás. 

─¿Será realmente el? ─preguntó una de las dos. Mas nadie le respondió Y cuando se volvió vio que estaba sola-. ¿Será realmente él? –se preguntó a si misma esta vez. 

Poco, muy poco tardó en saber quién era realmente.  

En las noches de invierno los que se aventuran solos por los caminos entre Pettingen y Merchs o Bissen o Colmar-Berg, dicen que se les pone al lado una mujer y les acompaña un trecho hablando y hablando sin parar. De su boca sale una continua e ininteligible verborrea entre la cual parecen entender que dice con insistencia y apremio: 

-Háblame, maldito, háblame. 

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