Martes, 22 Octubre 2019 23:59

Pregón XII Día de la Sierra

Escrito por RAQUEL GAMO PASCUAL
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RAQUEL GAMO PASCUAL. RAQUEL GAMO PASCUAL.

Condemios de Arriba (Guadalajara). 19 de octubre de 2019.

Lo primero que quiero hacer en esta tribuna es agradecer la invitación de la Asociación Serranía para dictar este pregón. No soy de la sierra, pero como si lo fuera. Si tuviéramos que expresarlo echando mano del argot diplomático, podríamos decir que me siento ‘nacionalizada’ en esta tierra. Son tantos años viniendo aquí de continuo, residiendo incluso a temporadas, disfrutando de fines de semana, de veranos y de días de asueto, que puedo decir con claridad, y también con un punto de orgullo, que me siento una serrana más.

Si la Alcarria, como escribió Camilo José Cela en su Segundo Viaje a la Alcarria, es ese país al que la gente ya le va dando la gana de ir, bien podríamos decir que la Serranía es ese otro país al que la gente también le está dando la gana de ir.

La Sierra de Guadalajara, y permitidme que use esta denominación en lugar de la oficial de Sierra Norte, es un territorio extraordinariamente rico. Nos falta gente, desde luego. Y esa es la herida más lacerante. A cambio, podemos disfrutar de una comarca extensa y heterogénea, que se extiende desde el Macizo de Ayllón y el parque natural de la Sierra Norte hasta las cumbres de Sierra Ministra y los altos de Horna donde nace el Henares; desde la Sierra de Pela, rayana con Soria y la vieja Castilla, hasta la presierra de Cogolludo y Jadraque por donde ya asoman los trigales y las vegas fértiles de la Alcarria.

Perdón por la referencia personal, pero como decía Unamuno –personaje, por cierto, ahora de actualidad gracias a la extraordinaria película de Alejandro Amenábar- nadie me pilla más cerca.
Nací en Madrid, pero mis raíces anclan tanto en la capital como en el Señorío de Molina. Ser de Molina imprime carácter. No sé si es como ser de Bilbao, pero quizá no es casualidad que tanto Molina de Aragón como Vizcaya compartan una herencia histórica común alrededor de dos Señoríos, por otro lado, de recorrido desigual. Mientras Vizcaya es hoy una de las zonas más prósperas y desarrolladas, y con mayor nivel de renta, de España, el territorio que abarca el antiguo Señorío de Molina se ha convertido en la ‘zona cero’ de la despoblación, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado.

Ser de Molina, o tener orígenes de Molina de Aragón, ayuda a entender y solidarizarse con los problemas que arrastra la Sierra. Sería injusta si hoy viniera aquí a cantar solo las excelencias del paisaje y el paisanaje serranos. El Hayedo de Tejera Negra, las cárcavas del cañón del río Dulce, el agua clara y prístina del Pelagallinas, los pinares de Condemios y Galve, la Feria de Ganado de Cantalojas, las fiestas de danzantes y botargas, las piedras perennes de Sigüenza y Atienza, las bravas del Sabory de Hiendelaencina, los vinos de Finca Río Negro, la sencilla belleza de Las Navas de Jadraque, los boletus y los torreznillos, las ermitas del Románico Rural, la Arquitectura Negra, las vistas desde el Ocejón o el pico del Lobo, los rincones de la Sierra del Cardoso, el pan de Tamajón…

Todo eso está ahí y conforma el sustrato de una tierra acostumbrada a la soledad, la rectitud y los rigores de un clima extraordinariamente frío y seco. Pocas comarcas tan desconocidas, tan hermosas y tan atractivas como la Sierra de Guadalajara. Pero también pocas comarcas tan necesitadas de respaldo público y privado.

La Sierra de Guadalajara no es la de antaño. Y eso no es malo. Carreteras, centros de salud, helipuertos. Los servicios básicos están cubiertos, salvo excepciones, y prueba de ello es el esfuerzo del conjunto de las administraciones públicas a lo largo de cuatro décadas de autonomía de Castilla-La Mancha. Quedan quejas que deben atenderse. Por ejemplo, la reivindicación de los vecinos de La Toba con relación a su carretera o de quienes pelean por el mantenimiento de los ambulatorios y las urgencias médicas, que no hace tanto tiempo peligraron por la incapacidad y la pésima gestión de una presidenta de infausto recuerdo.

En todo caso, negar el avance experimentado en nuestros pueblos a lo largo de las últimas décadas sería absurdo. Pero es un avance en comodidades e infraestructuras que no ha evitado la sangría demográfica, es decir, la pérdida de habitantes.

Miguel Delibes escribió que el confort ha llegado a los pueblos cuando ya no quedaba nadie para vivir en ellos.

Algo de razón tenía el autor vallisoletano, aunque justo es precisar que sí queda gente viviendo en ellos.

La España vacía no está vacía. Queda gente viviendo en los pueblos. Poca, demasiado poca. Pero es gente que merece respeto y que merece que sus derechos y necesidades sean atendidos en igualdad de condiciones con los habitantes del resto de territorios del país.

Sostiene el escritor Julio Llamazares que la despoblación es sinónimo de desigualdad. Es una verdad palmaria de fácil comprobación a poco que uno conozca la realidad de las comarcas que integran la llamada España vaciada, que afecta al 53% de la superficie nacional.

La despoblación es la consecuencia de la decisión política, adoptada coincidiendo con la etapa del desarrollismo franquista, de concentrar la población en los núcleos más dinámicos económicamente. Las grandes ciudades, especialmente Madrid pero también la fachada marítima del Mediterráneo, concentraron las inversiones y los recursos públicos. España pasó de una economía agraria y rural a otra industrial y urbana. Y la eclosión de una clase urbana en ascenso –la del Seiscientos y la nevera pagada a plazos- dilapidó el futuro del agro. La retórica engolada de la dictadura usó los pueblos como material de propaganda, pero las políticas practicadas arrasaron con el campo. Lo arrasaron literalmente. Resulta verdaderamente lastimoso que, a pesar del avance económico y social, la España democrática tampoco haya sido capaz de poner freno al vaciamiento de las zonas del interior.

A lo largo de mi carrera como periodista, en medios como eldiario.es de Castilla-La Mancha y Henares al día, y antes en La Tribuna de Guadalajara y la televisión CNC del grupo El Día, me ha tocado visitar muchos pueblos de esta provincia. Y también abordar asuntos directamente relacionados con la erosión de la cultura rural que provoca la pérdida paulatina de población. No encontré en ningún rincón de esta tierra ninguna reivindicación desproporcionada ni injusta. Todo lo contrario. La gente de los pueblos sabe bien cuál es el límite del presupuesto público. Lo que no tolera, y hace bien, es la desigualdad en el acceso a los servicios públicos.

Todos los pueblos no pueden tener una universidad o un teatro auditorio. Huelga decirlo. Pero sí necesitan servicios básicos que garanticen unas condiciones vitales de dignidad. Esto atañe a la educación y la sanidad, pero también a otros sectores tradicionalmente postergados en el medio rural. Por ejemplo, las telecomunicaciones. Me consta que el Gobierno de Castilla-La Mancha está trabajando para extender las coberturas, incluida la fibra óptica, en todo el territorio regional. Esto beneficiará de forma especial a las poblaciones de menos de 200 habitantes, muchas de las cuales se ubican, precisamente, en esta comarca en la que hoy nos encontramos. Sin duda, se trata de un objetivo en el que hay que perseverar. Lo deben hacer todas las administraciones públicas, pero también las compañías de telefonía, que habitualmente suelen relegar a las zonas rurales al furgón de cola de sus planes de negocio.

Nadie puede minimizar a estas alturas el reto que supone el vaciamiento del campo. Desde 1975, España ha aumentado alrededor de un 36% su población: se ha pasado de un país con 34,2 millones de habitantes a otro de alrededor de casi 47. Sin embargo, este incremento no se nota por igual en todo el país. En este periodo, la provincia de Soria ha perdido el 23% de su población mientras que Madrid ha crecido un 73%. El caso de Guadalajara es especial por el desarrollo asimétrico de la provincia: mientras la capital y el Corredor del Henares han ganado población de forma extraordinaria, el resto de la provincia –incluida la Sierra- se ha mantenido estancada o, en el peor de los casos, ha seguido perdiendo vecinos. Ahí están para atestiguarlo tanto los datos del Instituto Nacional de Estadística como los informes elaborados por la asociación Instituto Serranía Celtibérica.

La densidad media de población en España es de 92 habitantes por kilómetro cuadrado. La media de la UE es de 177. En Alemania la cifra asciende a 233 personas por kilómetro cuadrado. Sin embargo, en las comarcas de la conocida como Laponia española, incluida esta Serranía, la media se ha hundido hasta los dos habitantes por kilómetro cuadrado. Si es que llega porque la cosa no remonta.
Estos son los datos y, como dice una compañera muy popular, suyas las conclusiones.

Podemos convenir, y estoy seguro que en esto estaremos todos de acuerdo, que la solución a la despoblación no puede hacerse desde una óptica local o incluso regional. Se trata de un objetivo de país cuyo principal lastre es asumirlo solo como un reto demográfico. Sabemos la realidad: la pérdida de vecinos, el envejecimiento galopante, la creciente masculinización de nuestros pueblos, muchos de los cuales se pueden tipificar como “biológicamente muertos”. Pero la merma de la España interior es, ante todo, un desafío que atañe a la cohesión territorial. Esto exige planificar mejor los recursos disponibles, hacer políticas inclusivas en el medio rural, integrar la visión del interior en todas las políticas de Estado y acometer los cambios necesarios en la planificación tanto de las infraestructuras como de la ordenación del territorio.

En el proceso de despoblación, que Sergio del Molino califica como “gran trauma” en su conocido y exitoso ensayo de ‘La España vacía’, influyen factores que exceden a la dotación de infraestructuras. Factores culturales pero también de otra naturaleza. No podemos cerrar los ojos ante lo que se ha revelado una tendencia global de concentración urbana. La cultura en la que vivimos es urbana. La moda es urbana. La política es urbana. Los medios de comunicación son urbanos. La economía se decide en las ciudades. Hasta la palabra ‘ciudadano’ tiene su raíz en la ciudad. El que se marchaba a la ciudad era un triunfador. El que se quedaba en el pueblo era el perdedor.

Esto forma parte de un estereotipo que, por desgracia, aún no hemos podido o no hemos sabido erradicar. Porque es falso. La constatación de la enorme gravedad que supone la merma de habitantes no nos debe a conducir a negar las enormes posibilidades de desarrollo que ofrecen nuestros pueblos.

A la agricultura y la ganadería, que son dos sectores tradicionales de nuestra tierra, hay que sumar otros nichos en los que debemos escarbar: la explotación de recursos endógenos, la agroalimentación, los recursos naturales y, por supuesto, el turismo.

Quizá debemos empezar a cambiar la mentalidad para encarar el futuro. Pasar de la España vaciada a la España de las oportunidades, que necesariamente requiere una gestión sostenible del territorio. El mayor patrimonio que atesora la Sierra de Guadalajara, además del legado de cultura rural que se ha salvado de la quema de la despoblación, es el patrimonio natural. El extraordinario y fastuoso medio natural que circunda un ecosistema cuya riqueza reside, precisamente, en la variedad de su fauna y flora.

Vivimos tiempos convulsos en los que la lucha contra el cambio climático se ha situado como una de las prioridades del orden global. Aunque Trump no se entera o no se quiera enterar. Aunque los negacionistas continúen dando la murga con sus delirantes teorías. Lo cierto es que el aumento de la temperatura media del planeta aboca al planeta a una etapa negra en la que pueden proliferar los periodos prolongados de sequía, las lluvias torrenciales y los megaincendios forestales. No es una amenaza de futuro, sino una realidad del presente. Estamos a tiempo de ponerle remedio pero para ello resulta imprescindible que todos tomemos conciencia de la necesidad de adoptar posiciones individuales que ayuden a combatir el cambio climático.

La Sierra de Guadalajara, en sí misma, contribuye a mitigar el calentamiento global por su capacidad para ejercer de sumidero de CO2, es decir, de gases con efecto invernadero. No es poca cosa, pero aún es necesario afrontar otras prioridades como la necesidad de equilibrar el territorio, con el fin de reducir la concentración de población en un puñado de ejes urbanos. No se trata de decirle a la gente donde tiene que vivir, sino de que todo el mundo pueda decidir donde vive sin menoscabo en la prestación de los servicios que recibe. Hoy en día, además, la extensión de las comunicaciones permite un tipo de población pendular que, en determinadas profesiones y puestos de trabajo, facilita la posibilidad de compatibilizar una residencia a caballo de la ciudad y del pueblo. Lo rural no debe oponerse a lo urbano, sino integrarlo. Algunos de los principales quebraderos de cabeza de las urbes en el siglo XXI, como la movilidad y la contaminación, pasan por atender las necesidades de las ciudades y pequeñas. Eso sin olvidar a las más de 100 comarcas de la España rural interior, tal como delimita la Ley de Desarrollo Rural de 2007, que necesitan un tratamiento especial.

En la sierra tenemos la suerte de contar con el trabajo de muchos ayuntamientos, asociaciones y colectivos varios que impulsan cada año fiestas como ésta en la que hoy nos encontramos. Preservar la cultura rural, la que hemos heredado de nuestros padres y abuelos, es una garantía para mantener con vida el territorio. Si a ello se suman iniciativas como Revitando, un proyecto dirigido a facilitar la instalación y el arraigo de nuevos pobladores en esta zona, pues mucho mejor. El futuro pasa por potenciar la necesaria alianza entre administraciones públicas y sociedad civil.

Amigos, voy terminando.

He conocido mucha gente interesante en la Sierra de Guadalajara. He conocido incluso a la persona con la que comparto mi vida. Pero también a muchas otras personas, mayores y jóvenes, que han alimentado la pasión por esta tierra. Que es una de las mejores tierras para vivir en armonía con el entorno. Entre estas personas cuento a los amigos de la Asociación Serranía, con Fidel, su presidente, a la cabeza. Son muchos años ya compartiendo fiestas, comidas y vivencias. Y son muchos años, 12 en total, organizando este Día de la Sierra que se ha convertido en un emblema de la comarca y en una cita imprescindible del calendario festivo y cultural de la Serranía. Quiero felicitar a todos los miembros de la asociación, y a todos sus colaboradores, que se dejan la piel cada año para seguir manteniendo vivo el espíritu del grupo fundador de esta asociación.

La labor vinculada a la cultura y el medio ambiente de la Sierra forma parte de los pilares de la Asociación Serranía. Resulta admirable la consolidación de este esfuerzo después de más de una década. Solo la gente que ha estado o que está vinculado a una asociación de estas características conoce el sacrificio que supone dedicar tiempo y energías a un proyecto en beneficio, en este caso, de todos los serranos y de todas las serranas.

Felicidades a los premiados en el día de hoy. De nuevo, enhorabuena a los organizadores. Y muchas gracias por darme la oportunidad de dar testimonio del sentimiento de afecto y admiración hacia la Sierra de Guadalajara, una tierra que ya considero propia.

Como dijo nuestro amigo, el doctor Javier Sanz, en esta misma tribuna en otro pregón anterior: ¡Viva la Sierra viva!

Muchas gracias a todos.

RAQUEL GAMO PASCUAL

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