Miércoles, 09 Octubre 2019 10:46

Si tan sólo...

Escrito por Andrea Andreu Corrales
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Me dedico a la ayuda humanitaria. Llevo aproximadamente dos años trabajando con población refugiada. Un año, en el mal llamado “tercer mundo”, en concreto en la frontera entre Camerún y República Centroafricana, y otro, en la fortaleza de Europa, asistiendo las llegadas por mar en la frontera sur española. 

Hay una escena cinematográfica que describe bastante bien la sensación al trabajar en Europa. En la conocida serie “El Cuento de la Criada”, Moira consigue huir del infierno de Gilead, de la esclavitud, de los trabajos forzosos, de la prostitución y llega por fin a Canadá. Al entrar en el país, una funcionaria le da una bolsita con productos básicos de higiene y le recuerda que tiene derecho a asistencia jurídica y psicológica. 

Una como espectadora quisiera gritar y decirle: “¡Joder, lo has conseguido! ¡Estás aquí! ¡Has salido de ese puto infierno! Tranquila, bienvenida…” y abrazarla y llorar con ella, en lugar de darle la bolsita, pero una no es espectadora de las vidas que llegan a Europa y sólo ve un capítulo de la historia. 

¿Qué nos está pasando en Europa? No niego la existencia de una frontera real, sólo hay que viajar a Melilla o a Ceuta para presenciar el horror, pero existe otra frontera, cuyo abismo es más profundo y sobre la cuál se sostienen las vallas. La frontera del miedo. Necesitamos defendernos de lo desconocido, del “otro”. Europa que siempre ha presumido de ser la cuna de las culturas, hoy proclama que no cabe una cultura más. 

Este observar parcial de las historias de vida lleva a una cosificación de las personas y, por lo tanto, a una política de segregación. Uno se permite el lujo de decir que en Italia no cabe nadie más, cuando el Open Arms está fondeando a 800 metros de sus costas. Si no caben ¿Cuál es la alternativa? 

Deberíamos hablar con propiedad, tener el valor de decir que se condena a alguien a la muerte porque en tu país no cabe la vida. Decir mirando a los ojos, he dejado que se mueran este año 909 personas en el mediterráneo porque no quería que vinieran. He matado. Luego ponerse la careta de los derechos humanos y salir pregonando que “los pueblos de Europa, al crear entre sí una unión cada vez más estrecha, han decidido compartir un porvenir pacífico basado en valores comunes” y defender la dignidad humana, el derecho a la vida y al asilo. 

El trabajo humanitario en Camerún era diferente, se tocaba, se hablaba, se acompañaba, se escuchaba, se debatía, se sudaba, se lloraba y se reía con la población refugiada y la local. Con todo, queda todavía presente en las organizaciones ese tufillo a colonialismo en el que “yo sí sé que es lo mejor para ti y tú no” y propongo acciones de desarrollo sin ti, tras las cuales se esconde también la desconfianza de lo “otro”, el miedo a que la “otredad” no sepa gestionar su existencia. 

Por lo tanto, el miedo a lo desconocido no sólo lleva a políticas de segregación, sino también a políticas de dominación ¿Cómo se articula el miedo? Principalmente hay que despojar a la persona de todos sus atributos, no son personas, son delincuentes. Su único delito es querer salvar sus vidas y de ahí la entrada ilegal en el territorio, pero hay que achacarles otros, el paro, el desempleo, la falta de ayudas sociales, el terrorismo… Todo ello no es consecuencia de una pésima gestión política y administrativa ni de un déficit en el sistema educativo, necesitamos una cabeza de turco. 

Como ha señalado Chomsky, hemos abrazado la globalización y con ella el libre movimiento de capital, de mercancía e incluso de información, pero qué ocurre con el libre movimiento de las personas y del trabajo, ¿no gira pues esta globalización entorno al interés privado? No hemos conseguido una equiparación de los salarios y los precios, sino que se han acentuado las diferencias. He aquí los “náufragos de la globalización” de Galeano. 

Pensamos de forma nacionalista, pero citando a Benedict Anderson (2006), la nación “es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la idea de comunión” (p.23). 

Mi trabajo me ha enseñado que, si hacemos un esfuerzo por acercarnos a aquellos que nos rodean, independientemente de su procedencia nacional, descubrimos que estamos hechos del mismo sustrato. Los mismos sueños, las mismas aspiraciones, las mismas frustraciones, las mismas alegrías, las mismas tristezas y el mismo desamparo. 

No hay miedo tan grande, ni el nuestro, ni el de ellos, que la convivencia no sea capaz de quebrar. Nos conocemos desde siempre, las mismas manos, el mismo hambre y, sin embargo, nos odiamos. Una mirada sensata y profunda, dos miedos que se reconocen y la predisposición bastan para romper el abismo. 

Un día visitando una zona conflictiva y peligrosa, en la frontera de Camerún con la República Centroafricana, una niña mbororo de unos seis años me dijo que quería ser blanca, a lo que le contesté que yo quería ser negra. Después jugamos a que ella se subía en la pick up de la ONG y era blanca y yo me quedaba allí con su familia y era negra. Nunca nada le hizo tanta gracia. 

Otro día, un niño camerunés de cuatro años me dijo que, estaba seguro de que, si me arrancaba mi piel blanca, debajo tenía piel negra como la suya. 

Si tan sólo un día los adultos se atreviesen a probarse otras ropas y otras pieles con la facilidad de los niños. Si tan sólo…

 

Andrea Andreu Corrales

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