Brihuega ¡había que verla!

Brihuega ¡había que verla!

Como don Camilo, los viajeros amanecen en Torija al ritmo de una jota, que en esta ocasión no canta el Salero, sino José Antonio Alonso, quien mejor canta a Guadalajara. Desayunan con ganas en el mismo Parador que lo hizo Cela porque esta segunda etapa del Viaje a la Alcarria está cargada de kilómetros, casi 15 en la jornada matutina hasta Brihuega y otros tantos en la de tarde hasta Cívica.

Desde ese pueblo subido sobre una loma que es Torija, como dijo Cela, la carretera se antoja larga, aún hay camino, y el sol ya empuja con ganas, creando ondas sobre el horizonte de los campos repletos de amapolas y con la cebada ya crecida. Marchan a buen ritmo los viajeros aunque los pies ya notan el peso del camino, y el calor obliga a aligerar prendas, pues hasta las ligeras “camitetas”, impresas con las Tetas de Viana, son hoy demasiado abrigo. Hay alguna parada para echar un trago, pero casi todo el camino se hace de tirón, por eso cuando se avistan las tapias del palacio de Ibarra, un caserón semiderruido, todos sienten alivio, Brihuega está a la vuelta de la curva.

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“Si los pamploneses tienen a Hemingway para hacer universal Pamplona, nosotros tenemos a Cela”, comenta Nati, la “Camila” del día, entre las organizadoras, que junto a Fernando se encargarán de la dirección de esta segunda jornada, mientras los viajeros se desparraman entorno al estupendo pino japonés, que Cela describía como un viejo y derrotado hidalgo, buscando sombra y reparo. El pino japonés en realidad es un cedro. Tratándose de orígenes tan lejanos a los paisanos les daba lo mismo Líbano que el monte Fuji y el árbol era extraño para la zona se mire como se mire…

Aquí les ha recibido el alcalde briocense Luis Viejo, y tras abrazarse al árbol, los viajeros parecían haber recuperado todas las fuerzas, y hasta se animaban a bailar las jotas que volvía a cantarles José Antonio Alonso, aunque lo realmente reparador fueron los masajes con miel que recibieron en el Spa Niwa, y el almuerzo frutal.

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Ya recompuestos los viajeros han descendido por el atajo el de la fuente Caga hasta la vieja Brioca romana, con parada en la Puerta de la Cadena, con la inscripción en su lápida de piedra que Cela copió.

El alcalde de Brihuega,a pesar de joven y moderno, es un alcalde al uso antiguo, de esos de buen trato y buen talante, hace de cicerone para estos viajeros voraces por conocer. Todo es motivo de pregunta, de admiración y de conclusión sobre algún texto, y el primer edil briocense demuestra que no sólo es un amante de su pueblo, sino un erudito que conoce la enorme historia de cada rincón de Brihuega y hasta sus leyendas.

Por esas cosas de andar mirando todo los viajeros desaparecieron tras una esquina, así que mientras ellos callejeaban tratábamos de localizarlos...  tratándose de Brihuega no es un problema serio porque más temprano que tarde se encuentran y además las sorpresas  hacen entretenido el trayecto. Da tiempo a pensar en cosas, como en una frase leída en el cuaderno  de viaje editado para la ocasión en la que describen al burro y comentan que ya no quedan por desgracia, cosa que es casi del todo cierta porque el campo ya no necesita bestias; si acaso algún enamorado que no se plantea probar el sufrido esfuerzo de los rucios, sino cuidarlo. Eso al parecer quería contarme un equino en una calleja, que al verme se puso a saludar haciendo muecas  como diciendo: “que alguno queda, hombre... aunque yo no”, irguiéndose para mostrar su efigie de caballo.

Reencontramos a la comitiva en la Plaza  Mayor, dispuesta a ver un poco la  Brihuega intraterrena, con las cuevas mozárabes. Todos se sorprenden, pese a los avisos de los guías, del cambio térmico, esos que se agradecen tanto en verano como en invierno, porque de los rigores de ambos te libran y porque muchos vinos han salido sanos y buenos de criarse en cuevas parecidas, los vinos alcarreños, que siendo más humildes que la miel, no son menos deseables.

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 ¿Estas cuevas son naturales? - pregunta uno de los estudiantes. La respuesta fue rápida, “a pico y pala”, contestó con gran humor una voz al fondo, a la que el alcalde añadió,  “es roca arenisca, facílmente moldeable; la trabajaron con tesón en tiempos de árabes” 

El largo recorrido subterráneo descubre a los viajeros la vieja ingeniería árabe, y de los siguientes brihuegos, que siguieron sacando partido al invento, haciendo un verdadero entramado que llevaba a puntos muy lejanos de la villa... cuentan que hasta extramuros. Ahora se ven muchos pasos cegados porque o bien se han hundido o forman parte de la propiedad privada de un vecino.

A la salida de las cuevas sorprende un fuerte olor a pimentón y carne para entripar, o hacer chorizos. Dan ganas de pasar a la carnicería vecina a comprar unas ristras, y es que salida y negocio comparten puerta. 

Los viajeros se topan en la plaza con don Celestino y descubren el pícaro carácter y humor de un alto alcarreño que a sus largos noventa años, tiene una memoria notable, no menos que esos ojos azules, boina de las que no quedan y una enorme sonrisa que sólo cede a la copla paisana o al guiño a la moza más cercana.... “ … Porque mozas más hermosas/ que en Brihuega no hay ninguna...”  Los viajeros ya saben del talante castellano cuando éste viene caribueno .

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Aún queda mucho por ver antes de viajar hasta Cívica y los viajeros se encaminan hacia al formidable conjunto monumental que concentra iglesias, conventos, palacios, cuevas... Harían falta más ojos para ver tanto al tiempo, así que lo mejor es contar con lo que hay y no atropellarse.

Unos enormes castaños cobijan esta vez a la comitiva que sigue atenta los comentarios, con cada uno en la tarea de observar todo lo que les rodea. A un lado la iglesia y lo que las manos de ochocientos años tallaron en piedra, al otro una impresionante vista del millón de colores, o más, que muestra La Alcarria en junio. Una viajera de origen italiano comenta al contemplarlo, “en mi tierra decimos que no no hay ningún lugar como La Toscana...”

En el viejo convento franciscano de San José, desamortizado en tiempos de Medizábal, allá por el segundo tercio del XIX,  los viajero se encuentran con el museo de miniaturas más grande del mundo, donde uno puede encontrar pulgas con traje de novia, la aldea gala de Asterix y Obelix al completo o dos gigantes... recuperados por el mago Max, o Juan Elegido Millán, un briocense nacido en 1913 que vivió la aventura por todo el mundo hipnotizando gente por infinidad de lugares, y que sin embargo nunca dejó de volver por su pueblo. 

Max fundó su primer museo en Mijas en el año 1972 con más de 30.000 miniaturas, que iría creciendo, porque el museo briocense en la actualidad cuenta con más de 65.000 piezas que los viajeros visionan, a menudo a través de lupas o microscopios. Su director, Javier,  practica algunas de las artes de su ancestro y en una rápida demostración hipnotiza a algunos que se mueven a su orden como si tuvieran hilos o hacen que las manos de las asistentes no puedan desenlazarse tras la sugestión colectiva. Cela no pudo visitar tan exótica y original muestra pero seguro que le hubiera encantado, como también le hubiera gustado recalar en esa misma plaza, en la casa de los gramáticos, donde fijó su vivienda el maestro del periodismo, Manu Leguineche.

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Todavía han de ver la Fábrica de Paños, que Carlos III encargase, con ese redondo y majestuoso aspecto, y que alguno de los jóvenes viajeros de más allá de los Pirineos  confunde con la plaza de toros, camuflada con la muralla. Ya lo dijo Cela, que la fábrica de paños era grande y redonda como una plaza de toros.

Desde esos jardines que le escritor dijo que eran “para morir, en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia”, los viajeros disfrutan de otra impresionante perspectiva del valle  del Tajuña, asomados, unos para eternizar su paso en una foto; otros simplemente para... ¡flipar!, exclama el “Camilo” Fernando, poniendo adjetivo exacto a los rostros de los que observamos.

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Los viajeros toman la carretera de la vega en dirección al destino final de esta etapa, con el sol agachándose y el cansancio de la jornada aupándose. Cívica se asienta sobre un roquedo de caliza horadado por el incesante trabajo del agua, que recibió ayuda humana para convertirse en una curiosa construcción abalconada aprovechando las oquedades naturales con barandillas y ornamentos que le dan aspecto muy peculiar.

Justo enfrente una enorme tienda de campaña proporcionada por el ejército espera a los viajeros; será su dormitorio a orillas del río Tajuña, que por esta zona ahora es coto de pesca. También hay un merendero que se muestra amigable a quienes busquen un lugar apacible. Es la Cibica, que no es un error ortográfico, si no como la nombran los lugareños por la zona, palabra llana y con b.

Tras el ajetreo y la gran caminata los viajeros se preparan para cenar y departir sobre las experiencias acumuladas. 

Laura Domínguez, cuenta que en este lugar tuvo la feliz idea de enseñar el viaje del alcarreño de Iría Flavia al mundo, lo que hoy es el "Jorney to teh Alcarria". Laura, además de mucha imaginación, se gasta las mejores baterías de resistencia y no ceja en su tarea de mantener a todo el mundo encantado, hecho que la internacional comitiva constata y le hace saber. “Todo el viaje es esencialmente eso, una experiencia enriquecedora que pretende mostrar lo que el Nobel gallego ya contase en un libro que abrió género literario y convirtió en guía para las generaciones en todo el mundo”.

Los viajeros cenan junto al Tajuña con unos enormes chopos dando cobijo. La luz de los faroles se diluye apenas a unos metros de la larga mesa y los grillos más tempraneros ya cantan sus chismes a las estrellas. Al día siguiente el viaje a La Alcarria ha de proseguir  su camino hacia Cifuentes pero, eso será mañana, porque ahora, como a cela, a los viajeros ya les pesan los párpados.


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