Félix Rodríguez de la Fuente, con Fernando Lopez Herencia, practicando cetrería en La Alcarria. Félix Rodríguez de la Fuente, con Fernando Lopez Herencia, practicando cetrería en La Alcarria.

Cuando La Alcarria fue centro de la cetrería internacional

Hoy se cumple el 50º aniversario de las Jornadas Internacionales de Cetrería La Alcarria, organizadas en 1964 con la participación de Félix Rodríguez de la Fuente, principal impulsor del desarrollo de la cetrería en España. Celebrando este aniversario, la presidenta de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente (FFRF), Marcelle Parmentier (viuda de Félix Félix Rodríguez de la Fuente), participa en un acto organizado por la Asociación Española de Cetrería y Conservación de Aves Rapaces (AECCA), en Socuéllamos Ciudad Real, para rendir homenaje a los maestros halconeros Fulco Tosti y Christian Saar. Para recordar aquél evento, rescatamos aquí el capítulo escrito por Blanca Corrales, del libro "Félix Rodríguez de la Fuente, el mito en Guadalajara", editado por Guadalajara Dos Mil, en el año 2000, que narra la pasión de Félix Rodríguez de la Fuente por los halcones.


La alianza con los halcones

Los halcones, aves hermosas y nobles, indudablemente cambiaron el panorama de la vida de Félix Rodríguez de la Fuente. Él mismo reconoce que fueron las aves de presa quienes le hicieron abandonar cualquier otra preocupación para dedicarse por entero al estudio de los seres vivos. «Las muchas horas pasadas con un halcón sobre el puño, mirando en sus ojos profundos y misteriosos, admirando sus líneas de incomparable armonía y tratando de bucear en su psiquismo para ganar su confianza, me hicieron comprender la grandeza de la Vida y, sobre todo, me permitieron aferrarme a lo que por aquel entonces sólo era una sospecha de mi temeraria curiosidad intelectual: el hecho de que entre los animales y el hombre puede haber una distancia abismal, pero resulta indudable que existe una similitud profunda».

En ganar la amistad de esta criatura salvaje. a la que él apodó como «proyectil viviente», Félix dedicó toda su juventud, desde que a la edad de once años contempló por vez primera a un halcón cazando cuando deambulaba por los montes de su pueblo natal, en la localidad burgalesa de Poza de Sal. «Comprendí que había un ser superior a cuantos había imaginado veloz, para herir como el rayo; fuerte, para quebrar de golpe el vuelo de un pato salvaje», concluye el naturalista tras relatar como una experiencia religiosa esta visión.

A la espera de conseguir su primer halcón, que ya se había convertido en una obsesión y hasta lo reclama por carta a los Reyes Magos en inocente ilusión de la infancia, Félix tuvo que conformarse con otras rapaces como el azor, el gavilán y el cernícalo, con las que inició los entrenamientos cetreros.

Para Félix, como para cualquier otro que lo hubiera intentado, no fue nada fácil rescatar en la década de los cuarenta el arte de la cetrería, ya que la caza con aves nobles en España había desaparecido totalmente desde hacía más de un siglo y toda la información se limitaba a media docena de libros clásico publicados, la mayor parte de ellos de la Edad Media.

Buceando en el castellano antiguo de los clásicos y viajando hasta los países donde la cetrería se practicaba, Félix consolidó su pasión bajo este método autodidacta, con no pocos desvelos y fustraciones. Terminada su carrera de Medicina, se presenta a las milicias con un cernícalo en el puño. El asombro de sus superiores en el Ejército fue tal que en vez de prohibirle la tenencia del ave hasta habilitaron una instalación para el pájaro en el mismo cuartel, mientras el cernícalo seguía volando, incluso cuando Félix desfilaba.

Su primer halcón

Fue precisamente, cuando Félix cumplía su servicio militar, cuando consiguió el ansiado sueño de tener su primer halcón peregrino.

Junto con su amigo de Universidad, el entonces estudiante de Biología, José Antonio Valverde, que coleccionaba huevos de aves, se propone la misión de capturar los huevos y un pollo en un inaccesible nido que pendía en la torre desmantelada del castillo de Fuensaldaña, en Burgos. Tras muchos días de observación y varios intentos  de descolgarse hasta el nido, con artilugios caseros de escalada, finalmente los dos jóvenes lograron su propósito: Félix su preciado halcón y Valverde, dos nuevos huevos para su colección. Aún le costó algún tiempo a Félix domeñar este “niego˝, que es como se denomina en cetrería a los halcones capturados antes de abandonar el nido. Hasta conseguir que volara desde grandes distancias hacia su puño, necesitó enormes dosis de paciencia y tesón, e incluso cuentan  que  el primer día que le hizo volar sin el largo cordel atado a sus patas, el ave se escapó, aunque después logró recuperarla.

Ante los militares realiza algunas exhibiciones de cetrería ya con éste su primer halcón peregrino y otros que siguió capturando. En una de ellas le descubre Jaime de Foxá, el entonces jefe del Servicio estatal de Pesca Fluvial y Caza, que le propone realizar una demostración ante Franco. Foxá se interesa tanto por la cetrería de Félix que hasta ordena que le concedan un subvención para mantener la actividad, unas seis mil pesetas al mes.

Profesionalizando su afición, y abandonando definitivamente su actividad como dentista, crea el Centro Nacional de Cetrería, en 1962, en las instalaciones de la Casa de Campo. Su imagen como halconero empieza a ser una imagen reconocida aunque apenas si le renta para comer.

Aparte de su asesoramiento como cetrero en la película ˝El Cid˝ y algunas exhibiciones pagadas, su sueldo en el centro de Cetrería era mucho menor de los ingresos a los que estaba acostumbrado como dentista.

Félix Rodríguez de la Fuente, momentos antes de emprender el viaje a Arabia Saudí con los dos halcones.



Viaje a Arabia con dos halcones en el puño

Mal vivía Félix en una pensión con escasez de ingresos en su nueva profesión, cuando recibió un encargo del Ministerio de Asuntos Exteriores que daría un giro de 360 grados a su vida: llevar unos halcones al rey Saud de Arabia como regalo personal del Jefe de Estado a este monarca. Así relataba el propio Félix los pormenores de este sorprendente encargo en “Los Domingos” de ABC.

«Me llamaba Nuño de Aguirre de Cárcer y me invitó a cenar para explicarme lo que quería. Eran unas circunstancias críticas en mi vida tratando de poner en en marcha una nueva profesión. Aguirre de Cárcer me explicó que el rey Saud de Arabia, a su paso por España, había tenido una serie de gentilezas con el Gobierno español, y cuando le preguntaron al embajador de Arabia qué es lo que más le gustaría al rey Saud como regalo contestó que una pareja de halcones.

Se habían enterado de que yo tenía halcones y me dijeron  que yo les pusiera un precio para llevarlos en la misión española que marcharía a los quince días. Yo había leído libros de cetrería árabe, así que tuve una intuición y les dije que los halcones no eran una mercancía que pudiera venderse, pero que se podía hacer donación de ellos. Además les expliqué que mis halcones no servían, no tenían valor para el rey Saud. –¿No son buenos? ¿Son de segunda?, me contestaron. Son espléndidos, contesté, pero yo sé que los halconeros árabes no quieren que sus halcones, los caballos y las mujeres hayan pasado por otras manos. Yo capturé dos nuevos halcones para el rey Saud con la ayuda de mi novia».

Y así fue como Félix con dos halcones en el puño, un  macho que se llamaba “Relámpago”, capturado en los montes Cantábricos, y otro hembra, a quien llamó “Estrella” y que había conseguido en Guadalajara, embarcó en un avión rumbo a Arabia Saudí. Ya se las apañó el maestro, con su enorme capacidad de persuasión de convencer a todos de que a los animales no se les podía envilecer transportándolos en jaulas, y que debían viajar en el puño del halconero. La estampa de un hombre subiendo a bordo de un moderno reactor con dos rapaces vestidas con sus caperuzas y sus penachos negros y brillantes y sus cascabeles de oro pintó de estupor el rostro de todos los pasajeros que compartieron aquel vuelo con la delegación diplomática española, rumbo a Riyhad, capital de la Arabia Saudí, con escalas en Roma y Beirut.

El vuelo hacia la cuna de la cetrería estuvo plagado de anécdotas, pero quizás la más significativa fue el terrible susto que Félix se llevó cuando cuando el avión alcanzó los cuatro mil metros, altura crítica en el vuelo del peregrino, y los pájaros se desmayaron. Afortunadamente se recobraron en poco tiempo. El propio Félix sintió desfallecer ante tan terrible panorama, pero afortunadamente la pareja de halcones se recuperó al momento.

Para describir como fue la recepción de los halcones en el palacio real de Nasriya, donde vivía el Rey Saud, mejor es recurrir a la excelente narración de Félix.

«Al penetrar en el salón del trono, formando parte del séquito español, al avanzar entre la doble fila de imponentes beduinos de la guardia real, me di cuenta de que estaba cumpliendo un ciclo histórico. Era la ciencia de Federico II, el arte del Príncipe Don Juan Manuel, la pasión de Pedro I de Castilla, lo que llevaba sobre mi brazo. Los cascabales de “Relámpago” y “Estrella” ponían una música simbólica en el memorable acto que estaba celebrando. Y emocionadamente, solemnemente, recorrimos los cien pasos de tapices de Boukhara, bajo la luz de doce grandes arañas de Murano, hasta llegar a las gradas del trono, donde bajo el escudo de las palmeras y los sables, bajo la inscripción del primer versículo del Corán, su Majestad Saud Ibn Abdul-Aziz, Rey de Arabia Saudí y último monarca halconero de la tierra, tomó los nobles baharíes de mi brazo y los puso sobre el puño de Abdula Hababi, su halconero mayor. Hubo un sonoro aleteo y, en pleno “Victorial de los Árabes”, los dos zahareños gentiles de Castilla, conquistados y amansados con la compleja y elaborada cetrería occidental, penetraron en la sencillísima y primigenia cetrería árabe. Tras un curso de diez siglos, el caudaloso río retornaba a su piedra manantía.»

La delegación española que viaja a Arabia regresa apenas dos días después, pero Félix se queda allí, otra semana, invitado por el propio Rey Saud. Viaja hasta el desierto con los halconeros reales de quienes aprende nuevas técnicas cetreras, al tiempo que se impregna de un paisaje al que luego recurriría en numerosas ocasiones, en los horizontes de una tierra donde todo es horizonte y sosiego. Félix no habla árabe, pero con halcones de por medio, sobraban casi las palabras.

A la vuelta de esta estancia de nomadeo en una haima, todavía le invitan a permanecer varios días en Beirut –que era como el Montecarlo del Oriente Medio–, entendiendo que el portador de los halcones, a quien estaban tan agradecidos, debía conocer también las diversiones y el lujo de los grandes hoteles y no sólo la austeridad del desierto.

Finalmente Félix se despide de sus amigos árabes, pero cuando va a subir al avión que le devolvería a España, el jefe de protocolo del Rey Saud, le entrega un sobre azul que ruega acepte como compensación a los gastos de viaje. «Cuando en el avión abrí aquel sobrecito vi con sorpresa que se trataba de una cantidad que me permitió comenzara vivir mi insólita profesión de divulgador y cetrero», confesó Félix después en una entrevista. Aunque el importe del viático que recibió del Rey Saud nunca ha sido desvelado, la rumorología cuenta que se trató de más de un millón de pesetas de los de entonces.

La estancia en Arabia fraguó una amistad que duraría toda la vida de Félix y que se tradujo en numerosos viajes a esa tierra años después. Su compromiso fue tanto con el Rey Saud, como con su hermano Faisal, que poco después le sucedería en el trono, así como con los grandes cetreros del reino. En uno de estos viajes, la historia se escribe a la inversa y es Félix quien recibe un halcón árabe como regalo del Rey Faisal, halcón por el que sentía especial predilección y al que Félix bautizó como ˝El Emir˝.

Al regresar del viaje de Arabia, Félix, en total ebullición por el éxito de su misión, se embarca en organizar una competición internacional de cetrería que se celebrará en la Alcarria, en el coto de Loranca de Tajuña y que le brindó ser la imagen de la portada de ABC (1964). «El doctor Rodríguez de la Fuente –rezaba el diario–, ha logrado la máxima puntuación con sus pájaros Durandal y Tizona, los cuales capturaron 17 piezas».

Tras aparecer en aquella portada del diario nacional, la instantánea de Félix con sus halcones se replica en todos los medios y hasta forma parte del “No-Do”. Se le concede el pintoresco título de Cetrero Mayor del Reino. Sobre halcones habló también en su primera entrevista en televisión, que se realizó poco después de esta competición.
En 1965 publica su primer libro ˝Arte de cetrería˝, que él mismo considera como su obra más querida. No podía ser de otra manera, los halcones nuevamente como tema central, con toda su pasión, en forma de tratado para quienes querían iniciarse en la afición.

Félix ya no abandonará la cetrería hasta el fin de sus días. Cada momento de ocio, cada rato libre en el ajetreado quehacer de sus producciones lo dedicaba a sus halcones en profesa devoción, según cuentan quienes con él trabajaron.

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Fernando López Herencia, un halconero de Guadalajara

Descubriendo la pasión de Félix por los halcones, no es difícil imaginar porque cada vez se hicieron más asiduas su visitas a Guadalajara y llegó a instalarse en Fuentes de La Alcarria, donde llevaba a sus halcones a cazar la brava perdiz de la Alcarria, que según Félix, no tenía igual. Además la Vega del Henares le ofrecía entonces una excelente colonia de peregrinos, para nuevas capturas, con una pareja anidada prácticamente en cada terrera. Era una época en que el expolio de nidos era práctica  permitida, aunque Félix ya advertía de la necesidad de regular las capturas para evitar el exterminio de la especie, ante la proliferación de aficionados y otros, que no lo eran tanto, pero que encontraban en el halcón un rápido beneficio económico.

En sus andanzas por Guadalajara Félix había cautivado la admiración de dos jóvenes de Espinosa de Henares que no perdían ocasión de verle manejar los halcones en una incipiente afición por la cetrería, eran los hermanos López Herencia, Angel y Fernando, este último, director en la actualidad del Minizoo Municipal de Guadalajara.

Fernando López Herencia había conocido a Félix en  Madrid, en casa de Vital Aza,  el cetrero más reconocido de la época, al que el joven de Espinosa, que entonces sólo contaba con catorce años pero había heredado una gran afición naturalista de su padre, acudió en búsqueda de doctrina cetrera, como lo había hecho unos años antes el propio Félix. Cuando Félix comenzó los rodajes en Guadalajara, Fernando acudía fiel, siempre que podía a contemplar su trabajo de campo y en esos encuentros comienza a surgir una pequeña amistad.

En 1968 le encargan a Félix los mandos militares de la base norteamericana de Torrejón de Ardoz que se encargue de limpiar, con sus halcones, las pistas de aterrizaje. Las numerosas aves que sobrevolaban la zona suponían un grave riesgo por el impacto contra los fuselajes o la succión por las turbinas y en la caza del halcón habían encontrado la solución, no sólo por las piezas que esta rapaz era capaz de conseguir, sino porque su sola presencia, volando majestuoso en la zona, era suficiente para ahuyentar palomas, zuritas y otros pájaros.

Además de Torrejón, al poco tiempo Félix También empezó a trabajar con sus halcones en Barajas, donde instaló sus halconeras, y en Morón de la Frontera. Hoy en día la viuda de Félix sigue ejerciendo esta actividad con los halcones teniendo a concesión para todos los aeropuertos de España.

Es entonces cuando Félix le ofrece a López Herencia, como experto cetrero que ya era, incorporarse a su equipo de trabajo, junto a Aurelio Pérez y Jesús Rero, otros dos cetreros reconocidos. «Félix me llamó un miércoles, ofreciéndome el trabajo, yo tenía que contestarle el lunes, pero no pude aguantarme las ganas que tenía y al día siguiente, me presenté ya en el aeropuerto de Barajas. Iba a hacer lo que más me gustaba y encima me pagaban por ello», cuenta Fernando, rescatando el recuerdo ilusionado de aquellos comienzos al lado de Félix.

Aquellos años con los halcones en los aeropuertos, Fernando López Herencia los recuerda con mucho cariño. «Teníamos 12 o 14 halcones, aunque también había otras aves como cernícalos y azores. A diario volábamos los halcones sobre las pistas. Era trabajar con algo con lo que disfrutábamos, cuando aficionados a la cetrería en España éramos media docena de personas. Ver caer en picado a estas aves, bufando, cuando se abalanzan sobre una presa es todo un espectáculo, hay expertos que aseguran que alcanzan en este vuelo los cuatrocientos kilómetros por hora».

De cómo era Félix con sus halcones, Fernando cuenta que «los quería como a propios hijos».  No hay halconero que se precie que no se preocupe por sus animales, pero la dedicación de Félix, era obsesiva. Cada pluma, cada garra tenía que estar en perfecto estado y si era preciso quedarse sin dormir por atender a un halcón, lo hacía.  «Había un ˝Don Rodrigo˝ y una ˝Doña Aldonza˝, que eran sus halcones favoritos, unos pájaros excepcionales, con los que se inició la cría en cautividad en el aeropuerto de Barajas, como pioneros en España. Entonces Félix era un sin vivir pendiente de aquellos experimentos porque era muy bueno, muy purista y cuidaba hasta el último detalle, algo que hoy en día se echa en falta en la práctica de muchos cetreros. Los que trabajábamos con él nos convertíamos en igual de exigentes».

Después de los aeropuertos, Fernando siguió a Félix en el montaje de las exhibiciones de cetrería que se realizaban en el Safari Park. «Era un proyecto diferente donde ya no sólo enseñábamos las aves, sino  que también la gente nos podía ver abrazando una manada de lobos o tratando con otros animales. La gente cuando veía aquello cambiaba su mentalidad, porque además del espectáculo dábamos muchos mensajes sobre los problemas de la fauna y queríamos transmitir la ecología». Aquel Safari se convirtió también, sin proponérselo, en el primer centro de recuperación de rapaces de España, pues todas las aves heridas iban a parar allí, siendo reintroducidas, muchas después de ser recuperadas.

Al trabajo se sumaba la afición, y Fernando seguía compartiendo numerosas jornadas de caza con Félix y los halcones aquí en Guadalajara, en el coto que tenía arrendado Félix y que era visitado a menudo por expertos de todo el mundo.

La muerte de Félix en aquel fatídico accidente de su avioneta en tierras de Alaska,  le sorprendió a López Herencia en la desesperanza de no haberle acompañado. «Había idea de que yo fuese al viaje aquel hacia Alaska a trabajar, pero luego se adelantaron las fechas del viaje y fue imposible preparar mi partida. Félix me anunció, muy a pesar mío, que me quedaba en tierra y eso que estaba dispuesto a ir como un naturalista más sin cobrar, por el sólo hecho de realizar ese viaje. A los dos días estando en Espinosa de Henares una vecina se acercó a mí y me dijo, oye que por la radio están diciendo que se ha matado tu jefe. Me quedé helado. Sólo pensé, no puede ser.»

Tras la estela de aquella avioneta, también cayeron muchos de los proyectos que López Herencia pensaba realizar junto a Félix, como el instalar un campo permanente de competición internacional de cetrería en Fuentes de la Alcarria, o creer un museo del halcón en el castillo de Torija.

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