El recuerdo del durísimo oficio de los gancheros

“Fueron los hombres más enteros, íntegros y más humanamente hombres que he conocido. Eran naturaleza en estado puro”. Así describe el escritor José Luis Sampedro a los gancheros y el rito de rememorar ese oficio desaparecido, pero sobre todo el orgullo ancestral de los antepasados, se repite cada año en el Alto Tajo, y ya van dieciséis, con el ánimo de una fiesta ganchera que impulsaron cinco pueblos ribereños: Poveda, Peñalén, Zaorejas, Peralejos de las Truchas y Taravilla.

Este año la anfitriona de la fiesta era esta última localidad, la de Taravilla, como mandan los turnos rotatorios y eran los mozos y no tan mozos de este pueblo, los encargados de conducir el rebaño de troncos por el Tajo, en un tramo del río muy próximo a la laguna que lleva el nombre y la fama de esta tierra.

Desde primera hora de la mañana del sábado, se contaban por cientos los visitantes que acudieron al pueblo, donde los paisanos recibían a todos con aguardiente y rosquillas. Como el acceso hasta el río desde esta zona es complicado, por una sinuosa pista forestal casi siete kilómetros en descenso, la organización había previsto hasta ocho autobuses para hacer el recorrido con todos los visitantes, de modo que los coches particulares, salvo excepciones, tenían prohibido su paso a la pista.

Y hasta tres tandas de viajes hubo que hacer, acercando al personal en estos autobuses, hasta un aparcadero cerca del paraje de la Llaná de las Ánimas, y aunque algunos se impacientaron, hubo asiento para todos y eran cerca de mil,  de modo que a las 11 de la mañana ya estaba todo el mundo cerca del río.

Una cimbreante pasarela, permitía cruzar a uno y otro lado del Tajo. En fila de a uno y no más de veinte a la vez, rezaba un cartel de aviso, pero al final eron dos guardias civiles con un pito, quienes tenían que regular tan inusual tráfico sobre el puente colgante.

Después, tocaba recorrer por sendas de pescadores, los distintos meandros, curvas y contra curvas, aguas arriba en busca de los gancheros. Cada cual alargaba la caminata según su gusto, y poco a poco cada remanso del Tajo, incluso desde los cortados que ha ido horadando el río en la blanda caliza, se convertía en improvisada grada o mirador a la espera de los gancheros.

Algunos aprovechaban la ocasión para remojar los pies, otros para remojar el gaznate, y los más curiosos para preguntar a los lugareños todos los detalles de esta tradición, como conocer que la punta de la lanza del gancho se llama bullar, que la última maderada que recorrió el Tajo hasta Aranjuez lo hizo en 1936, que el calzado mejor para el río es la albarca o que esta fiesta fue declarada de interés regional en el 2007.

Andaban por ahí también los dulzaineros, poniendo la música al preámbulo, entre zarzas y follaje, con las gaitas acompañando el cantar de un río, más verde que las copas de los pinos. Y la alcaldesa de Taravilla, ocupada con los últimos toques de la organización.

El gancho político

Entre tanto senderista ocasional al borde del Tajo dos grupos de políticos, por un lado los del PSOE, que acompañaban a su secretario regional, y alcalde de Toledo, Emiliano García-Page, que se acercó hasta el Alto Tajo para reivindicar el agua contra tanto trasvase, y por otro los del PP, con comitiva de alcaldes y diputados, al lado de la viceconsejera de Presidencia y Administraciones Públicas de Castilla-La Mancha, Mar España, que daba su contrapunto a esta reivindicación, con una crítica en la que bastaba recordar el pasado.

Para ambos grupos había muy pocos periodistas atentos, que la mayor parte de las cámaras eran de turistas curiosos, interesados más por los troncos y los gancheros, o por este paisaje natural, más que por tantos cargos públicos en zapatillas. Eso sí en un repecho de la senda los dos bandos se encontraron y hubo hasta saludo cordial con abrazo, entre el secretario regional del PSOE, Emiliano García-Page y el senador alcarreño, Porfirio Herrero, aunque luego lo que quedara para los medios fue la versión polémica, con recuento de fotogramas televisivos incluido.

¡Ya vienen, ya vienen!, grita un grupo de excursionista avanzado, y todos abandonan la posición de reposo y se ponen como centinelas arrimados a la orilla, algunos incluso metiendo el pie en el agua en su afán por asomarse.

Navegando los troncos por el río

Y aparecen los gancheros, unos veinte, a horcajadas sobre los palos, algunos en el agua y otros en equilibrio sobre los troncos. Conducen un rebaño de unos cincuenta troncos, nada que ver con los bosques flotantes de antaño, pero suficiente para recomponer la imagen del recuerdo. Algunos son más duchos que otros en el oficio, y otros más osados que hábiles, pero la cuadrilla poco a poco avanza por el río, navegando cuando la corriente lo permite, o arrastrando los troncos en los vados, que a veces de cruzan y hasta se encajonan, porque lo cierto es que con la falta de lluvias en tajo va escaso de agua.

Tras dos horas de espectáculo, miles de fotografías, algún remojón y varias tiritonas (el agua del Tajo, aún en verano siempre está helada y eso que las antiguas maderadas se iniciaban en febrero), los troncos alcanzan el remanso de Las Ánimas. Entonces son las mulillas, las que con los arrastres, terminan de sacar los troncos del río.

Se acaba la faena y hay aplausos, y el orgullo del trabajo bien hecho, con refresco en el bar habilitado en la pradera, para coger fuerzas, antes de recorrer la empinada cuesta que resta hasta el aparcamiento, donde de nuevo los autobuses, viaje va y viaje vuelve, trasladan a todo el gentío hasta el pueblo.

Menú por siete euros con ensalada de marisco, paella y postre, para todo el que quiera quedarse a comer en la chopera, y luego demostraciones de corta de madera y juegos tradicionales, antes de que las jotas, pusieron el ritmo al fin de fiesta.

La moraleja la pone un madrileño, mientras se despide de Taravilla, de esta fiesta y del paraíso natural del Alto Tajo. “Me han encantado los gancheros, pero espera que no veamos de nuevo las maderadas por el río de manera habitual y no como fiesta, al precio que se está poniendo ya la gasolina”.  No hubo tiempo para explicarle que ya, con tanta presa, difícilmente llegarían los troncos hasta Aranjuez y que posiblemente falte aguante para rescatar este oficio, más allá de la fiesta.

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