Anquela, el pequeño gran encanto

Hay pueblos que por ser tan pequeños, tienen condensado su encanto. Anquela del Ducado, sin duda, es uno de ellos, un pueblo pequeño, que no encontraremos referenciado en las grandes guías de viaje pero que puede sorprender al viajante con una belleza recóndita.

 

Por lo pronto es un municipio que puede presumir de estar a caballo entre dos grandes cuencas hidrográficas, la del Tajo y la del Ebro, ya que el río Mesa, tras nacer unos kilómetros más allá, en Selas,  pasa por la localidad y al mismo tiempo, Anquela del Ducado, nos abre las puertas hacia el Parque Natural del Alto Tajo.

Por su toponimia, rápidamente averiguamos que este municipio es uno de los 13 que resultó afectado por el terrible incendio de 2005 en los pinares del Ducado y que hay huella resinera en sus montes. Aunque el territorio aún muestra las cicatrices del fuego, es tan bello como inhóspito, en el corazón de la Cletiberia, y poco a poco renace.

El pueblo está en cuesta como todo buen pueblo de origen defensivo que se precie, con sus calles adoquinadas, sus barandillas de madera y hierro,  casas de piedra, ocres y blancos, su fuente, su iglesia, su ayuntamiento, su centro de salud,  y su plaza con frontón.

Al recorrer sus calles descubrimos los bellos ejemplares de casonas típicas molinesas, hechas a base de grandes sillares y sillarejos, en tonos rojos y pardos, muy oscuros, propios de la piedra de la zona.

La iglesia parroquial, en lo más alto, muestra inequívoco su origen románico, con gran espadaña triangular sobre el muro de poniente. A mediodía tiene la puerta de entrada, sencillo arco semicircular, y se remata el templo con un crucero amplio y cúpula semiesférica sobre el mismo, siendo de escaso mérito los altares y tallas que encierra en su interior, de época barroca.

En la parte baja del pueblo es interesante la Fuente pública, realizada a principios del siglo XX, toda ella tallada en la fuerte piedra sillar de la zona. La fuente es una construcción identificativa de este pueblo hasta el punto de aparecer en su escudo. Está dotada de dos caños con dos piletas y un pilón que antiguamente servía como abrevadero del ganado y las caballerías y era origen de chascarrillo entre los jóvenes del lugar, que entre bromas amenazaban "tu, al pilón".

Un bello paseo para la relajación y el retiro, es el recorrido por el frondoso camino que recorre las hoces que forman el río Mesa al circunvalar el pueblo, para acabar en la antigua fábrica de resinas con su alta chimenea que evoca años pretéritos.

Y para hablar con los paisanos, nada mejor que acercarse al Bar de Margarita, puntos de reunión habitual, donde los anquelanos juegan al guiñote y cuentan historias sobre tradiciones que aún están vivas, como la de la Vaquilla, que no es afición taurina, sino carnavalesca, donde un mozo se viste con unas amugas a la espalda, y  un par de cuernos y seis o siete cencerros y recorre las casas al fin de recoger lo que se pueda para preparar cena de todos los mozos, al son de laudes y bandurrias.

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