En Valverde de los Arroyos danzan a la Cruz y a la primavera

Al Corpus en Valverde de los Arroyos, que se celebra en la octava,  no le ponen alfombras. Ya lo viste la falda del Ocejón preñando las jaras de flores blancas y salpicando con gusto natural el color morado del cantueso, en su primavera siempre tardía. Sí que le ponen altares, muchos y variados, repartidos por las distintas esquinas de este caserío, labrado en pizarra, que todavía ha sabido salvar su esencia de otras modernidades, con mucho sentido común a la hora de rehabilitar. Los visten, estos altares,  con flores y mantones, aunque no hay mejor altar que el que la naturaleza brinda en este valle privilegiado al pie del Ocejón y de los picachos de Piquerinas y Cerro del Campo.

 

Porque además, la fiesta de los danzantes ya lo era, en versión pagana, antes de que se le aplicase el sentido religioso, y en su origen festejaba a la tierra, a la fertilidad y a la primavera. Por eso es tan curioso el traje de los danzantes, todo compuesto por prendas de mujer, con otro uso. Así la falda se convierte en un sayo (el sayolín), bajo el que asoma el pantalón, y el mantón en un delantal y los pañuelos en corbatas. Una tradición de travestir que en su ancestro se escapa de la norma eclesial, aunque ahora conviva con ella en armonía.

Y son las dos escusas, la del paisaje y la de la fiesta, las que sirven de provecho al turista para acercarse hasta Valverde de los Arroyos en estas fechas y el pueblo vuelve a llenarse de visitantes, este año incluso con una neoyorquina, que portaba una chaqueta muy similar al del botarga, y que quería conocer el lugar porque le habían dicho que el origen del diseño de esta prenda estaba en este rincón perdido de España.

Es aquí, en esta fiesta con más de cuatro siglos de historia, donde la palabra ancestral tiene sentido para hablar de la tradición, heredada de padres a hijos, con orgullo y perseverancia y fidelidad, para arrastrar un profundo sentimiento de la tierra, que va más allá de la estampa turística.

Ocho danzantes, un tamborilero y una botarga “el zorra”, que bailan ante el Sacramento con el privilegio –según bula del Papa Paulo V–, de hacerlo tocados con la cabeza cubierta por un gorro lleno de flores (de plástico), en un paisaje imposible de reinventar, en las eras del pueblo a la falda del Ocejón, donde el verde de los pastos rompe el negro de pizarra de la Sierra.

Lo hacen porque lo llevan en la sangre, buscar significados es más difícil, después de tantísimos años. Ellos son ahora Mauro Benito, Miguel Montero, Ángel Chicharro, Ángel Montero, Antolín Mata, Javier Bermejo, Ángel Mata y Rafael Benito, más Víctor Monasterio, como botarga y Rafael Mata como gaitero. Unos llevan más de 30 años y otros apenas uno, y hacen lo que antes hicieron sus padres y sus abuelos, porque el papel de protagonistas de la fiesta se traspasa en familia, o en su defecto a un heredero que elija el danzante (ya que cada cual elige cuando se jubila), para que la cosa no decaiga, ni siquiera por problemas de fecundidad.

Al son de una sencilla flauta de tan solo tres agujeros (dicen que está  construida a partir del cañón de una escopeta  antigua), que convierte la melodía en gemido, y con el ritmo de un tambor que toca el mismo gaitero, sueltan los pasos que tienen ritmo de memoria y corazón. Es la danza de la Cruz, que se realiza en las eras, acompañando al Santísimo en procesión y arropados por los perfiles del Ocejón. Esta danza es la más importante de las siete que realizan los danzantes, unas con palos, otras con cordones, y otras con castañuelas. “El Verde”, “El Cordón”, “los Molinos” y “la Perucha”, son algunos de los nombres de estas danzas.

Tras la danza en las eras, se acompaña en procesión al Santísimo y se da por concluida la misa. Comienza entonces la subasta de las roscas, que han cocinado las mujeres de los danzantes, y que son previamente bendecidas. La puja se hace por pares, hasta un total de veinte, y este año el más cotizado llegó a los 35 euros.

Después hubo representación del grupo de teatro local “El Portalejo”, en esta ocasión con sainete de “Riñón y Susana”. Antes eran los propios danzantes quienes representaban el auto, pero hace ya bastantes años que pasaron el relevo a otro grupo de vecinos, para diversificar la fiesta. Las obras que se representan, en el portalejo junto a la iglesia, proceden de manuscritos originales que custodian celosamente en el pueblo, generalmente anónimos, del siglo XVII y XVIII.

Comida de fiesta, a la sobra de los robles o de los bares de la localidad y a la tarde más danzas, ya por petición del público, previo pago de propina, para recaudar fondos para la cofradía de los danzantes. Y al tumbarse el sol, poco a poco, se van apagando los sones de la fiesta, hasta que Valverde queda recogido en su intimidad y el turista de lleva un recuerdo imborrable en la retina, hasta el punto que muchos son los que vuelven otro año.

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