La Piedra Palomina y el viejo roquero

A poco más de dos kilómetros del pueblo por una de las maravillosas veredas que hay aguas arriba del Puente sobre el Tajo, el río baja tranquilo, casi parado, en una zona de buena profundidad, pero sin remolinos. En el centro del cauce está la Piedra Palomina, que sobresale más o menos del agua según el caudal, como trampolín natural de otros tiempos sobre la superficie ondulante. Enfrente, peñas y pájaros.

Con la llegada de las piscinas municipales ya no tanto, pero hace no muchos años, a partir de los primeros calores de junio, sus pies fríos y su cabeza caliente  invitaban a los trillanos a tomar el baño. Por eso, cuando uno llega allí, inmediatamente acuden a la mente las imágenes del verano, por frío que sea el día. Dicen que los fondos, donde se hace pie, son de arena, y que hay tres metros de profundidad en el pozo. En las orillas no hay piedras, y la vegetación, generosa, protegía a los bañistas de los rigores del calor. La sombra daba pronto, y el agua generaba a media tarde esa sensación maravillosa de fresco estival.

Unos minutos haciendo fotos,  con los contrastes de cielo y piedra reflejados en el espejo cambiante del agua como modelos, y de pronto surge el símil. Es fácil que a los curiosos con una cierta edad que se acerquen a la Piedra Palomina comience a sonarles despacio el coro dulzón de una canción de Fernando Arbex que Miguel Ríos convirtió en el himno de una generación.  Corría el año 1982 cuando parecía que no había en el mundo otro disco que no fuera el Rock and Ríos. “Yo recuerdo aquel día que nos fuimos a bañar. Aquel agua tan fría y tu forma de nadar. En el río aquel, tu y yo, y el amor que nació entre los dos”, decía uno de los temas lentos que tanto bailamos en pareja quienes pertenecemos a aquella generación. Si una canción puede tener una imagen, ésta del viejo roquero puede ser perfectamente la de la Piedra Palomina.

Mucho antes de que ninguna piscina municipal estuviera construida, los gargoleños, por ejemplo, o los cifontinos, se sorprendían de que la gran mayoría de los trillanos supiera nadar. Esta playa natural en medio del Tajo fue parte fundamental del secreto.  Con el discurrir de las aguas  llegó la generación del tiempo libre y de los primeros veraneos masivos de madrileños en los pueblos. Los jóvenes de Trillo acudían, andando o en bicicleta, a este rincón maravilloso cuya ubicación no era fácilmente desvelada a los foráneos por preservar su intimidad. La distancia era la justa para que las parejas se fueran formando y consolidando por el camino.

De aquellas cuadrillas de chicos y chicas que subían a bañarse a la Piedra Palomina salieron muchas parejas que hoy son matrimonios con hijos. “Yo secaba tus manos, tu mirabas una flor, nuestros cuerpos mojados bajo los rayos del sol”. Quien pase por allí, bien puede descubrir que “el río aquel” era el Tajo.

 

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