Maranchón saluda con tres torres

Un pueblo que sabe guardar las tradiciones

A la entrada de Maranchón, siguiendo el rumbo de la N-2011, dirección hacia Molina, sin haber llegado aún al pueblo, nos saludan con elegancia altiva sus tres torres: la de los Olmos, la del Reloj, y la torre parroquial que se deja ver hasta su mitad, tras el declive del Torojón y del monte del Altollano.


Son tres puntales que ya dejan adivinar que este pueblo tuvo aires de progreso y modernidad, mucho antes de que llegaran los molinos de viento, que ahora coronan todo el páramo, y son fuente de ingresos para la zona.
Y la sensación se confirma nada más alcanzar la calle principal, en la que a ambos lados podemos apreciar las fachadas señoriales de verdaderos palacetes, que nos remontan a ese pasado del siglo XVIII, cuando este pequeño lugar fue tomando incremento en su actividad comercial, sobre todo como mulateros, y aumentando progresivamente su número de habitantes, hasta el punto de solicitar ser eximida de la jurisdicción de la villa soriana, consiguiéndolo en 1769, mediante cédula de Carlos III que le concedía el título de villa.

 

Hasta Benito Pérez Galdós describió, en su obra “Narváez”,  la labor que tanto marcó la economía de Maranchón, durante siglos,  hasta que a principios del  XX la modernización del campo trajo el ocaso comercial del ganado y el despoblamiento y aquel largo millar de habitantes se quedó en los ahora 300.

De aquella época dorada de la villa data la iglesia parroquial del siglo XVIII, de fuertes y cerrados muros de mampostería, con una alta torre a poniente rematada en chapitel metálico. En su interior, pueden admirarse diversos retablos barrocos, que forman un conjunto artístico interesante. Tiene en su interior un órgano antiquísimo, en la segunda planta, muy parecido al de la Ermita.

Claro que la devoción de los maranchoneros, se inclina también ante la ermita de Nuestra Señora de los Olmos, por ser la patrona de Villa, con fiestas en su honor el día 8 de septiembre y con origen más remoto, allá por el siglo XII. El santuario se encuentra a poniente de la villa, no lejos de su caserío, en un lugar de amables perspectivas, flanqueada de olmos, aunque la leyenda cuenta que la virgen se apareció encima de una sabina. El santuario medieval fue reconstruido también en el siglo XVIII, levantando el que ahora existe, con una torre rematada en gracioso chapitel de reminiscencias orientales.

El paseo por el pueblo nos lleva a través de un trazado urbano programado, inusual en los pueblos de la zona, por casonas de sillería con patios, jardines y portones hasta llegar a los enclaves importantes del pueblo, como la plaza del mercado, o la del Ayuntamiento, construido en el año 1864, que cuenta con la gran torre del reloj con una altura de 32 metros.

Ya a salida encontramos la Plaza de Toros, una de las primeras que en fábrica tuvo nuestra pro-vincia. Se inauguró el 8 de septiembre de 1915. Aquí se hace la corrida de toros en las fiestas donde vienen los vecinos de los pueblos que nos rodean, el festival de Maranrock en pleno mes de agosto y otras actividades hechas por los jóvenes de la Asociación Cultural La Migaña.

Una muestra del rigor con el que Maranchón atesora sus tradiciones es la fama alcanzada por uno de sus bailes populares, que es una de las mayores representaciones folclóricas de la provincia. Es “El Pollo”, que se baila el día de San Pascual Bailón, patrón del pueblo entre seis parejas vestidas con el traje típico del pueblo, de tradición serrana.

En el pueblo, hay además de los monumentos, excelentes rutas y sendas que recorren el sabinar que rodea al pueblo, monumentos pétreos situados en medio del Altollano y sabinar, la Cueva de la Mora, las Torretas, las praderas de cosechas y entre otras el Recuébano donde hay una pradera rodeada de árboles, una fuente antiquísima y se ha hecho una cabaña para descansar.

El  Ayuntamiento de Maranchón posee cuatro pedanías: Clares, Codes, Balbacil y Turmiel con paisajes para descubrir. Los campos de Balbacil y Codes, el barranco de Valdeandaluz y las laderas del valle del río Mesa son lugares excelentes para encontrar gran variedad de fósiles, favorecidos por el escaso desarrollo vegetal del suelo y contemplar un sabinar espectacular.


La Soldadesca de Codes

Tras casi 30 años de abandono, desde 1996 se vuelve a celebrar anualmente la Soldadesca de Codes. Gracias a la labor realizada por Javier Bueno, un joven entusiasta del pueblo que puso a trabajar a la asociación cultural y a  los mayores para recuperarla. La fiesta se celebra el 16 de agosto, onomástica de San Roque, enmarcándose dentro de los festejos que se ofrecen a la Virgen del Buen Suceso.

La soldadesca de hoy y la de antes han variado en cierta manera. Antiguamente, de madrugada, un tamborilero se encargaba de "tocar diana", buscando a la gente de casa en casa y organizando poco a poco la formación del cuerpo de soldados. En casa del capitán de la soldadesca se tomaba un condumio de verdad. Según nos han contado, posteriormente se juntaban los mozos de todo el pueblo y partían juntos a cazar: liebres, conejos, perdices, codornices y algún que otro tordo servían para preparar la cena de aquella noche.
En la actualidad, los actos empiezan de buena mañana, tras la misa solemne ofrecida a San Roque. Momento aprovechado para realizar una bonita procesión en la que la soldadesca circula en formación acompañada del tañir de las campanas. Una vez finalizada la procesión, el abanderado, situado frente a San Roque, corre la bandera 24 veces sobre su cabeza. Acabada ésta el escobeta realiza un disparo al aire.

Los ancianos de Codes conservan uno de los mayores misterios de esta fiesta. Nadie ha conseguido desvelar el contenido de los juramentos que se "juramentaban" antiguamente frente a la vieja ermita.

El cuerpo que compone esta soldadesca está formado de cinco graduaciones. Primeramente, el Capitán que lleva el bastón de mando va acompañado por un chaval que hace las veces de Monaguillo. La siguiente graduación es la de Bandera, encargada de "correr" la bandera cuando la ocasión lo requiera. El Pinche primero y segundo son los siguientes; lucen unos pinchos de hierro que se custodían y exponen durante el año en el Museo Diocesano de Sigüenza. El Escobeta, encargado de señalizar mediante un tiro el instante en que finaliza el correr de la bandera. Por último, el tamborilero encargado de tocar diana de buena mañana por toda las calles de Codes, también ameniza.

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